En mi pequeña burbuja todo anda bien. El movimiento es pequeño, suave como si estuviera dentro de una matriz invisible, protegida y caliente. Fuera de aquí, la situación es siniestra. Al ver las noticias me preocupo y siento de inmediato un pellizco por dentro. El colmo de la mala suerte existe y ojalá lo haya esquivado. Salgo de mi inventada envoltura amniótica para buscarle. Ahora ya sé que está bien. Vuelvo a lo mío, a escuchar la música que abandoné, pero tengo frío. Un frío que se agrava cuando escucho a los imbéciles que nos gobiernan y a los que son incapaces de tener el más mínimo sentido crítico. No va de los tuyos o los míos, es otra cosa. La cosa de todos. Pero qué más da. Intento moverme despacio, detenerme en los detalles que me pierdo de lunes a viernes. Bebo el café en la última taza que me queda de un juego que compré en el Rastro pocos días antes de que la pandemia nos redujera a casi nada. Y en casi nada nos quedamos. Los días se acortan y se llevan parte de la vida, de mi vida. Solo queda esperar que en esa pérdida infinita, el futuro sobreviva al algoritmo que nos trastorna.
