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domingo, 13 de septiembre de 2020

ANTIBES



“Me miró con comprensión, mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía —o parecía ofrecerse— al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti, exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor”.

El Gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald






Busco la hamaca más retirada. Apenas hay nadie en la piscina. Estos días, aunque raros, parecen pintados para bajar a la playa, aunque para llegar haya que hacerlo con mascarilla y la suerte de frente. Los aforos han abortado muchos planes estos días y caminar, aunque sea a buen paso y bajo el calor sofocante del sol mediterráneo, no garantiza una plaza en la que acomodar la toalla y reposar la pereza a la hora de la siesta. Pero yo, que he aprendido a improvisarlo todo, decido quedarme en la finca y busco la sombra de la buganvilla que se descuelga del muro que la divide en dos.  A un lado, la piscina. Al otro, un jardín en el que los pinos se mezclan con hibiscos, los romeros y lavandas que al anochecer regalan el perfume de un verano que se agota.  Sopla una brisa suave y las gotas del chapuzón del niño de la casa me refrescan por unos segundos. Desde la tumbona miro al horizonte como si desde aquí, tan lejos y tan cerca, pudiera ver la silueta del cabo y el color verdoso del agua que lo bordea. La imaginación es un motor poderoso que nos rescata sin necesidad de pagar ni un solo céntimo. Llega hasta aquí el bullicio de la alegría de los que saltan las olas que, de modo intermitente, van barriendo la orilla de la playa. A la sombra de las hojas que cobijan las flores más diminutas del mundo, dejo que la razón se pierda y fluya, como el agua que se extiende al llegar a la orilla del mar, la idea tan extraordinaria como estúpida de volver a verte.



viernes, 22 de enero de 2016

OTOÑO


Hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que
 por las no atendidas. Tienes que ir con cuidado con lo que pides.
-Cosas que nunca te dije-




Te empeñabas en repetir que éramos excepcionales y, aunque la realidad se empeñaba en desmentirte una y otra vez, insistías como si de esa manera consiguieras engañarla. Cada una de las cosas que hacías, dirigidas a sentirte diferente, te convertían en un loco del que necesitaba distanciarme para no caer en la misma locura  con la que nos mentimos durante algún tiempo. Cruz sobre otra cruz, borrón sobre borrón. Nos volvimos tristes, oscuros porque sabíamos que no todo valía y las risas, cada vez más cortas, cada vez más huecas, solo ocultaban el miedo al precipicio al que nos acercábamos cada día un poco más. Con tus esquizofrenias, que pretendían enrolarte en una cercanía que aun tenías pero  que creías perder con la caída de cada tarde,  vendías horas al diablo para prorrogar un final conocido desde el principio. Y en la última vuelta, la contumaz realidad y un par de lágrimas muertas que quedaron en nada.



domingo, 16 de noviembre de 2014

AVISTAR



"Brilla el sol; se disipa la bruma que nos ha ocultado un instante la vista de la tierra, 
y queda al descubierto un glaciar de donde brotan torrentes de luz. 
Es la mañana más alegre que he disfrutado en mi vida".


Imagino que hace diez años, cuando los científicos de la Agencia Espacial Europea enviaron al cielo la nave Rosetta, debieron sentir una gran agitación mezclada con una aun mayor incertidumbre sobre qué iba a pasar con aquel artefacto, sobre el futuro de aquella aventura espacial que se iba a prolongar durante varios años. Mientras leía la noticia y veía las imágenes del módulo Philae abandonando la nave Rosetta, para posarse sobre la superficie el cometa ansiado, me ha venido a la cabeza que algo parecido, aunque actualmente de un modo muy descafeinado, debieron sentir aquellos marinos que siglos atrás se hacían a la mar en busca de nuevos mundos. Años de travesías, de calamidades, e imagino que bastantes pocas alegrías, en busca de lo desconocido, de lo intuido por alguien dispuesto a la aventura para mejorar la vida de lo ya conocido. Avistar tierra con los propios ojos debía ser un momento tremendamente emocionante, e imagino que mucho más intenso que la visión a través de una pantalla plana de un artilugio inanimado posándose sobre una superficie extraña. Y tampoco he podido dejar de pensar en cuántos de los científicos que iniciaron aquel proyecto, hace ahora más de diez años (dicen que todo se inició hace unos quince), siguen en la agencia. No sé el porqué de este último interrogante, supongo que algo tendrá que ver con la precariedad científica en la que vivimos y de algunas cosas como la fugacidad de todo, incluso de los proyectos más entusiastas.

Pero para una, que tiende a ensimismarse con cosas que sirven para poco, la noticia de esta aventura espacial la ha transportado a tiempos pretéritos donde la vida era un valor en alza y las grandes hazañas precisaban de una cohesión brutal entre los que formaban parte de ella, aunque fuera a la fuerza.
Entre las maravillas espaciales, descubro de la mano de Amalia Ercoli-Finzi, algo tan fantástico (y casi literario) como que tal vez, sólo tal vez, seamos hijos de las estrellas. Y ahí, navegando por el espacio que imagino, porque esa es la única manera de ver lo que se escapa a los ojos, veo todas esas cosas que creía que podrían llegar a ser y no fueron, y aquellas otras que nunca imagine pero que actualmente forman parte de mi vida. Por eso, como aquellos antiguos aventureros, intento, siempre que puedo, avistar el horizonte sin achicar los ojos porque tal vez allí, donde la línea del mar se confunde con el firmamento, exista la respuesta a todo lo que aun me queda pendiente y espero, o incluso aquello que ya no espero y que vaya una a saber si aun se encuentra pendiente.