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VÉRTIGO Y CENIZA

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  I.  Entras, te mueres de miedo, te estabilizan, sonríes y vuelves a casa. Suena el teléfono y veo su número. Las cejas se fruncen en un gesto automático. Si llama, es que algo no va bien. Y voy hacia allí, muerta de miedo, te veo sonreír, no comprendo en qué rincón de tu cabeza queda espacio para pensar que de esa manera nos haces la vida más fácil. Y no puedo sonreír porque, mientras a ti te sale de natural, a mí se me llenan los ojos de lágrimas y tengo que volver la cabeza, mirar por la ventana y comentar que menudas vistas horrendas se ven desde aquí, que maldito sea el mal gusto de quien pensó que ver el paso de una autopista sería una buena idea. Y me niego a mirar nada más porque mirando, aun sin buscar, puedo encontrar y no sé si quiero saber. II. Y tú ¿Qué quieres de mí? No me digas que nada. Si no quieres nada ¿Qué haces aquí? Puede que solo te busques a ti mismo. Y casi que mejor que sea así porque yo ya no tengo nada que ofrecer. Ya no soy la que era. Ya no eres ...

LO SÉ Y TÚ TAMBIÉN

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  Digamos que no he cumplido ni uno solo de los planes de los que en febrero pensaba para estas vacaciones. Digamos que la responsabilidad la tuvo un segundo contagio de covid, un susto, la falta de previsión, las dudas y un simpar incremento de la vagancia. Durante días he dejado el piloto automático puesto. He dejado que las cosas fueran solas, que fluyeran y fueran como tuvieran que ser. El pensamiento ordenado quedó aparcado para que el desbarajuste campara a sus anchas, como de vez en cuando es preciso. Me he empachado de cosas buenas, entre ellas, de Charles Lloyd y de agua con gas. Ahora, a cuatro días de la vuelta al mogollón, la pereza se ha instalado dentro de mí y ni con un sacacorchos creo que pueda sacarla fuera. Pero aún así, he decidido comenzar la descompresión para disimular la debilidad en el empeño de la vuelta. La haré poco a poco, muy poco a poco. Mañana me pongo a lo mío, aunque sólo sea para que la indolencia empiece a plegarse a un lado y consiga aparcarla e...