VÉRTIGO Y CENIZA
I. Entras, te mueres de miedo, te estabilizan, sonríes y vuelves a casa. Suena el teléfono y veo su número. Las cejas se fruncen en un gesto automático. Si llama, es que algo no va bien. Y voy hacia allí, muerta de miedo, te veo sonreír, no comprendo en qué rincón de tu cabeza queda espacio para pensar que de esa manera nos haces la vida más fácil. Y no puedo sonreír porque, mientras a ti te sale de natural, a mí se me llenan los ojos de lágrimas y tengo que volver la cabeza, mirar por la ventana y comentar que menudas vistas horrendas se ven desde aquí, que maldito sea el mal gusto de quien pensó que ver el paso de una autopista sería una buena idea. Y me niego a mirar nada más porque mirando, aun sin buscar, puedo encontrar y no sé si quiero saber. II. Y tú ¿Qué quieres de mí? No me digas que nada. Si no quieres nada ¿Qué haces aquí? Puede que solo te busques a ti mismo. Y casi que mejor que sea así porque yo ya no tengo nada que ofrecer. Ya no soy la que era. Ya no eres ...