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viernes, 12 de septiembre de 2025

PURGATORIO


 
Llegaba tarde, pero aun así entre corriendo al baño de la primera planta para recolocarme las medias, peinarme un poco y enviar un último mensaje de despedida. Reconozco que no muy amable, pero era el último y, después de enviarlo, pensaba borrar su número por siempre jamás. Y fui expeditiva, rápida, veloz y envié un “Muérete imbécil”, seguido de un emoticono en forma de berenjena. Me recoloqué la falda justo antes cruzar la puerta, con el corazón latiendo a mil por hora, y las medias torcidas a la altura de los tobillos. Priorizar el desamor tiene como resultado que la cabeza se dispersa y uno olvida incluso lo principal.  Me esperaba y no parecían de muy buen humor. Veinte minutos son suficientes para que quien espera se moleste y te reciba como si llegaras con un sobre de purgaciones o el mejor ántrax del mercado negro. Me esperaban porque no les quedaba otra, porque era yo la que había ido a recoger las maquetas a la otra punta de la ciudad. El caso es que llegué (tarde), y con un cuidado extremo coloqué sobre la mesa el diminuto prototipo en el que estábamos trabajando. Ahí acababa mi encargo. Ya lo teníamos sobre la mesa. Lo siguiente ya le tocaba a otro, así que me senté y me limité a perderme en mis cosas. Y ahí estaba, pensando que tal vez no tenía que haber borrado el número tan rápido, que tal vez debería de haber esperado a confirmar con el azulísimo doble “check” que su “muerte” y el “que te den”, ya habían sido recibidos. Y ahí seguía, en mis cosas, cuando del fondo de la sala me llegó un murmullo y vi, al levantar la cabeza, ocho pares de ojos clavados en mí, mientras mi jefe, con idéntico hermoso nombre que el interfecto que tenía que recibir el recadito, mostraba la pantalla de su móvil a la galería y, con voz poco caritativa, me animaba a abandonar el purgatorio, sin sueldo, claro.





domingo, 1 de octubre de 2023

AUTUM LEAVES O ESO PARECE

 



Me levanto con picor en la garganta y, como alma que lleva el diablo, me lanzo a por un paracetamol. ¡Lo sabía! Lo supe ayer mismo nada más subir al autobús. En el exterior Cancún, en el interior algo parecido a Siberia en un día tonto. Y ahora ya, casi veinticuatro horas después, los estornudos y el goteo de nariz confirman la predicción formulada entre Balmes y Muntaner. No hizo falta más. Fuera hace un sol espatarrante que no voy a disfrutar. Paso el día regular, leyendo cosas viejas de otros viejos que, como yo, combaten el tedio escribiendo cosas que a nadie interesan. La blogosfera y sus cosas. No tengo hambre, no huelo y me saltan unos lagrimones tristísimos cada vez que intento reprimir un estornudo para no matar de un infarto al perro. Si fuera Nora Ephron, y viviera en Manhattan, esperaría que un ex amante bondadoso o incluso el conserje del Apthorp me trajera una sopa de pollo para arrasar la colonia de virus que campa a sus anchas. Pero solo soy yo, tirada en un sofá mirando a una ladera del Tibidabo que queda tan lejos como Pekín, agotando la única caja de pañuelos de papel que mañana tendré que reponer sin falta y una infusión hecha con agua del grifo. Ahora sí, el otoño ya llegó. Felicidades.