Mostrando entradas con la etiqueta Manual para mujeres de la limpieza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manual para mujeres de la limpieza. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de octubre de 2018

FUNNY GIRL



"Estaba tan cansada que me entró la risa, con lo que se enojó aún más. Violación estatutaria. Me asaltan visiones de Pigmalión o algún italiano violando la Pietà.
LUCIA BERLIN, A ver esa sonrisa






La primera luz se cuela por el estor de la habitación. Llevas un tiempo con los ojos abiertos, no puedes dormir pero necesitas descansar y te esfuerzas por mantenerte en la cama, por no moverte demasiado y esperar a que con un poco de suerte, aunque sea por un rato corto, puedas volver a conciliar el sueño y que el domingo sea un domingo de verdad, desde primera hora. Pero van pasando los minutos, que no sabes si son muchos o pocos, y sigues esperando. Esperando y desesperando pero en la cama, con la colcha cubriéndote hasta el mentón y la mano sujetándola fuerte para que se mantenga ahí. Todo se mueve despacio. Desde la cama el futuro es inmediato y sin ninguna expectativa. Cierras los ojos y aflojas la respiración, imitando el dormir inicial, pero sabes que es mentira y la cabeza se te va, vuela sola hacia las cosas del día a día, y te das cuenta de eso, de lo poco que queda en la imaginación y de las escasa ganas que te quedan de tocarte aunque sea solo por reconocerte el cuerpo. Te preguntas en qué momento la rutina se comió el mundo de las ideas y cuándo se empezaron a borrar las cuatro cosas que servían para escapar sin mover un dedo. Miras el reloj y sigues con los ojos el filo de luz que ahora ya atraviesa el cuarto. Alguien olvidó quitar la alarma al despertador, aunque no sabes si es en el segundo o tal vez en el tercero. Una cisterna se vacía al ritmo de una tos bronca. Quedan muy pocos domingos de verdad para nadie.












domingo, 22 de abril de 2018

TIEMPO DE DESCUENTO


Un domingo por la tarde el señor Wise nos llevó a Willie y a mí hasta la mina, a ver nuestra antigua casa. Entonces me embargó la añoranza, al oler las rosas trepadoras de mi padre, caminando bajo los viejos robles.

Lucia Berlin






Esta mañana mientras hacía cola para comprar el pan del desayuno he escuchado parte de una conversación ajena que me ha llevado a pensar que el que llevaba la voz cantante de la charla, que intentaba impresionar a su interlocutor con las expresiones que utilizaba, no era más que un pobre hombre. La cola era larga y la plática de aquel tipo bien podía alargarse un buen rato, pero he perdido el interés a los pocos minutos. Pero las esperas, aunque solo sean para comprar el pan,  dan para mucho y,  entre ese mucho,  da para plantearse si somos lo que creemos que somos o si en realidad no somos más que la imagen que damos a los demás. Y de ahí un paso, entre el murmullo de la voz de aquel tipo ya  indiferente, me ha venido a la cabeza la cantidad de veces que nos llevamos una decepción por creer que alguien era de una determinada manera que al final resultó no ser como creíamos. Nos generamos ideas extrañas sobre las personas que nos rodean, sobre todo cuando las conocemos poco  y basamos nuestro juicio en cuatro palabras de complacencia o conversaciones intrascendentes en las que, en la mayoría de ocasiones, no se muestra nada en absoluto.
Me he llevado dos barras de cuarto y unos cuantos croissants, dejado en la esquina al de la charla. De vuelta, mientras deshacía los dos kilómetros que he recorrido para desayunar pan blando, no he podido obviar que no en pocas ocasiones también yo me he equivocado y he generado en mi propio imaginario personal seres inexistentes cuya realidad me ha llevado a una cierta decepción.  Con toda seguridad yo misma he  podido ser una decepción para cualquiera que, esperando alguien creado a partir  de cuatro datos,  se ha dado de bruces con mi realidad. Debo decir que al llegar a casa, he puesto la mesa con esmero (soy de las que cree que la excelencia se encuentra en el detalle), y mientras colocaba las cucharillas para el café (cada uno la suya) y una común para el bote de la mermelada (una que entra en el bote y nadie puede relamer),  la sombra de cierta decepción se ha paseado se ha paseado por mi propio imaginario aunque deteniéndose poco porque ando en tiempo de descuento y no puede quedarme varada en veredas tristes. 






domingo, 4 de septiembre de 2016

EL REGRESO


No hay ninguna guía para la muerte. 
Nadie para decirte qué hacer, qué es lo que te espera.
Lucia Berlin




Acaban las vacaciones de verano sin  señal alguna de la llegada del otoño. Este año, las lluvias de finales de agosto se han desvanecido entre los vapores de un calor de justicia. Sin embargo, el final es el final, y como todo aquello que acaba, también este tiempo nuestro terminará dejando un poso de nostalgia que con suerte tardará algunos días en manifestarse. El tiempo pasa y la vorágine de la vida urbana nos devuelve a las prisas en el vivir. Todo se va colocando en su sitio, las maletas lo primero y los recuerdos de los días sin ocupaciones van asaltando, sin tregua, su puesto en la memoria. Septiembre no es un buen mes para hacer planes, aunque es difícil sustraerse al juego del inicio de un curso que llenamos de cosas que sabemos que, con toda probabilidad, aparcaremos en cuanto nos alcance la rutina.  Mientras, esperamos que el tiempo pase, tan rápido como el que engulló nuestro tiempo de independencia, para volver a disponer de ese que nos permite la dispersión y abandonarnos en aquello de lo que es menos es más. El tiempo es fugaz y el ansia de tenerlo entre los dedos, modelándolo a voluntad, es mucha. Siempre nos quedan cosas en la recamara, cosas que nos importan y que poco tienen que ver con lo palpable. Quedará para el recuerdo, que cicatrizará con las primeras tormentas de septiembre que aún están por llegar, la tranquilidad de un tiempo sin sobresaltos, de compañías calmas,  y el calor mediterráneo que en poco tiempo desaparecerá.



sábado, 30 de abril de 2016

VERMUTH


"Aprecio la ironía, pero cuando viene cargada
 de veneno, trae aparejada algo más, frustración"
La juventud



No sabía cómo empezar y he buscado una frase cualquiera, al azar, en el libro que estoy leyendo y doy con:“a mí...si dijeran que me queda un año de vida, apuesto a que me tiraría al mar, zanjaría el asunto en un mes”. ¡Pues vaya!, pienso, y como hace apenas un par de hora que he estado en el cine, me digo que antes de tirarme al mar y morir de una forma terrible y angustíosa, sacaría una entrada, buscaría una buena butaca, me tragaría una caja o dos de algún potingue que me adormeciera y lo pasaría ensimismándome con la pantalla y en compañía de una botella de algo rico, tal vez un buen vermuth, que me ayudara a poner el punto final sin hacer demasiado ruido.

Este fin de semana dispongo de todas y cada una de las horas del día, y pese a que la mañana se ha levantado fría, las calles, son mías. Sin tiempos, sin prisas, sin obligaciones de intendencias que aparco hasta el lunes a la hora que sea posible, aunque sé que me pesará. Leo en la cafetería de siempre y un café, dos, e incluso un tercero después, decido que esta tarde, aunque me pueda la pereza insana de los sábados, iré al cine. Aunque llueva, aunque truene, y aunque juré que le esperaría para hacer una nueva visita a Sorrentino. Son las ocho, empieza a oscurecer y el corazón me bombea raro. Le escribo un mensaje para recordarle que nosotros, como dice uno de los protagonistas de la película, tampoco estamos preparados para todo, pero que, precisamente porque nadie lo está, no debemos preocuparnos, ni siquiera del vermuth. Me devuelve una cara sonriente y una flor que parece un churro, pero que es mía, hoy y desde hace mil. Que será mía mientras dure la batería, la nuestra.