No hay ninguna guía para la muerte.
Nadie para decirte qué hacer, qué es lo que te espera.
Lucia Berlin
Acaban las vacaciones de verano sin
señal alguna de la llegada del otoño.
Este año, las lluvias de finales de agosto se han desvanecido entre los vapores
de un calor de justicia. Sin embargo, el final es el final, y como todo aquello
que acaba, también este tiempo nuestro terminará dejando un poso de nostalgia
que con suerte tardará algunos días en manifestarse. El tiempo pasa y la vorágine
de la vida urbana nos devuelve a las prisas en el vivir. Todo se va colocando
en su sitio, las maletas lo primero y los recuerdos de los días sin ocupaciones
van asaltando, sin tregua, su puesto en
la memoria. Septiembre no es un buen mes para hacer planes, aunque es difícil sustraerse al juego del
inicio de un curso que llenamos de cosas que sabemos que, con toda probabilidad,
aparcaremos en cuanto nos alcance la rutina.
Mientras, esperamos que el tiempo
pase, tan rápido como el que engulló nuestro tiempo de independencia, para volver a disponer de ese que nos permite la dispersión y abandonarnos en
aquello de lo que es menos es más. El tiempo es fugaz y el ansia de tenerlo
entre los dedos, modelándolo a voluntad, es mucha. Siempre nos quedan cosas en
la recamara, cosas que nos importan y que poco tienen que ver con lo palpable. Quedará
para el recuerdo, que cicatrizará con las primeras tormentas de septiembre que aún
están por llegar, la tranquilidad de un tiempo sin sobresaltos, de compañías
calmas, y el calor mediterráneo que en
poco tiempo desaparecerá.
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