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domingo, 9 de junio de 2019

UNGIDOS DE BETÚN


El corazón es centro, porque es lo único
 de nuestro ser que da sonido.

María Zambrano





Somos ricos en gigas, en megas, y entre esas unidades que una no sabe muy bien lo que son, se guardan recuerdos, imágenes de cualquier cosa. En el disco duro de mi teléfono guardo las cosas más inverosímiles, desde el prospecto de un medicamento, a la última flor que ha brotado de la maceta que tengo en el alfeizar de la ventana de mi habitación. Fotografías que pierdo cada vez que mi teléfono sufre un percance. Ya no hay álbumes de papel y hacerlos es una rareza a los que hay que dedicar un tiempo que pocos tiene. Las fotografías impresas son un tesoro en peligro de extinción que huye de la vida moderna.

Cuando falleció mi padre revolví, con el permiso de mi madre, todos sus cajones. Recuperé algunas fotografías antiguas. Imágenes de cuando era joven, entre ellas apareció una vida que yo no había conocido jamás y que descubría mediante en distintas tonalidades de gris. La vida de otro, la vida de otros. Una vida sus hijos no conocimos nunca porque por entonces ni tan siquiera éramos una expectativa. Descubrí una novia que nunca he sabido hasta que punto lo fue, un desierto obligado y un Tabor de Regulares que le permitió escribir unas cargas lánguidas que me costó reconocer como suyas. 
Nos topamos con que, aquel hombre que nos había criado, había sido un niño con zapatos flojos, de mirada despierta y pelo revuelto. Descubrimos que el cabello rojo de mi madre se transformaba en un gris extremo que escondía más pasión que la que la vida estaba preparada para darle. 
Las fotografías de entonces encierran retazos de verdad, limpios de impostura.

Este domingo de flojera y hormigón, he abierto la caja para a ver aquellas fotos que desfilan entre caballos y caireles, entre vestidos de flores y palmas de Domingo de ramos, sin buscar absolutamente nada. Intento ordenarlas, sin saber si la nevada que cubre la Plaza Universidad es la del año 62 o la de cualquier otro año; si aquella niña sentada en las rodillas de un Rey Baltasar ungido de betún es mi hermana mayor o mi hermanda mediana. Reproducir algunos instantes con la mirada fija es un entretenimiento que posiblemente no existirá en el futuro y eso es algo que se pierden los que vienen por detrás. 

Guardo la caja, cojo el móvil y cuelgo una foto en Instagram. Es mi postureo absurdo del día.



martes, 11 de septiembre de 2012

CENTAUROS



Cada día, a la caída del sol, se coloca frente a un caballete desvencijado, y mientras sostiene, apretando entre los dientes, sus pinceles de pelo de turón, idea historias que después, sin prisa, traslada a unos cartones gruesos que terminarán en el trastero. 

Sólo expuso una vez, una sola vez. Nunca más lo ha vuelto a hacer, ni lo hará, afirma. Es algo absolutamente incomprensible.

La capacidad de frustrar vocaciones, aficiones, aptitudes, provocando, incluso, su abandono, está en manos, casi siempre, de aquellos en quienes se confía. No serán pocas las veces en las que este sabotear al otro nazca de la propia frustración, de la incapacidad personal, o  incluso de una rivalidad no reconocida.

Es una de las despreciables facetas del ser humano. Es más fácil destruir que construir.

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"Fácilmente se comprende que todo ello significa una condena de la poesía. Y en efecto, jamás ha salido de labios humanos una condena tan taxativa y extremada como la de Platón. Y bien se comprende, además, por un motivo personal: Platón era poeta y abandonó la poesía por la filosofía. En realidad siguió siendo poeta, puesto que hay mercedes irrenunciables, y así, era de sí mismo de quien se defendía al condenar a los poetas. Es justamente en Platón en quien ya la filosofía se despide definitivamente de la poesía, se independiza de ella y para hacerlo hasta el fin, tiene que atacarla, como a lo que en realidad es: su mayor peligro, su más seductora enemiga, a la que nada hay que conceder para que no se quede con todo. Como Ulises ante las sirenas, tiene que taparse los oídos para no escuchar su música, pues si escuchara, ya no volvería a escuchar otra cosa. Platón el poeta, «el divino», tiene que cerrarse a toda justificación del poeta y tiene que alejarlo de su República, pues si le diera entrada, ¿qué iba a hacer él, Platón, sino poesía? Había que elegir y nadie podía sentir con más fuerza el conflicto que quien llevaba dentro de su ser ambas posibilidades; quien era poeta por naturaleza y filósofo por decreto del destino. (Como no es ahora de Platón de quien nos proponemos hablar, no podemos detenernos a mostrar cómo en los trances supremos de su filosofía acude al mito poético para revelarnos las verdades supremas y entonces las largas cadenas de razones quedan atrás, ante la luminosidad del misterio revelado. ¿Sabría Platón entonces, que estaba haciendo poesía?)".
María Zambrano