martes, 28 de enero de 2014

PRODIGALIDAD, LA MÍA


"Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros."
Franz Kafka

Supongo que más pronto que tarde acabarán declarándome pródiga y arrancándome la tarjeta de crédito, inscribiéndome en alguna lista de esas que prohíben el acceso a determinados lugares porque esa es la única manera de evitar que, mes sí y mes también, acabe cargando el saldo deudor de mi tarjeta de crédito con la compra de libros. En eso iba pensando mientras terminaba de quitar el plástico con los de “Galaxia Gutenberg” envuelven últimamente sus libros y que, por lo general, me molesta en sobremanera. En este caso no me importa, sé lo que quería, y sé lo que me he llevado, “Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal.

No es fácil encontrar, al menos en Barcelona, los libros de Hrabal, algo absolutamente incomprensible, al menos para quien como yo, considera a Hrabal uno de los mejores escritores centro europeos del siglo pasado. Pocas letras tan lúcidas, inteligentes y bien recreadas como las de este autor. El primer libro suyo que leí, "Trenes rigurosamente vigilados", lo compré en una librería de viejo en Praga, una edición traducida al español que algún uruguayo había dejado caer por aquellas tierras. ¿Qué como sé lo del uruguayo? Sencillo, un tal Rafael Escriche, el nombre que consta en su solapa, bajo una rúbrica inteligible así lo hizo constar. Una letra en redondilla, curiosa, que si no fuera porque dejaba testimonio bastante (al menos en apariencia) de que la misma había sido estampada por un caballero (que yo imagine, bajo el frío que resulta del siempre desconcertante río Moldava, de pelo cano, entrado en años y con las manos adornadas por las cientos de marcas que dejan la edad), la hubiera atribuido a una mujer, también entrada en años pero menos adornada por el paso del tiempo.


Ahora estoy sentada frente a mi ordenador, con el libro de Hrabal a mi izquierda. Lo miro de reojo, porque sé que he hecho mal y dos diminutos seres se me cuelan por dentro, cada uno de ellos por un oído para recordarme, uno, que lo malo es gastar en imprevistos, y el otro para recordarme que los libros nunca son imprevisibles y que incluso podría cerrar la puerta y ponerme a leerlo ahora mismo, mientras simulo estar haciendo algo para ganarme el pan. Pero ha sido inevitable, supongo que tan inevitable como le debió parecer al autor dejarse caer al vacío, de un modo casual, mientras intentaba dar de comer a los pájaros que se acercaban al alfeizar de su ventana.

Tengo mala conciencia porque he caído de nuevo en mi propia trampa, la de la chispa en ojo ajeno, en este caso, la chispa de Bohumil Hrabal. Espero que mi banco, o mi tarjeta de crédito, puedan entenderlo y sobre todo soportarlo, para algunas adicciones no existe la metadona.