jueves, 24 de junio de 2010

MUNDOS LIVIANOS



Llevo buena parte del día holgazaneando, ensimismada. No tengo prisa, por eso me siento en el escalón de la terraza, café en mano. Descubro que en mi terraza viven dos salamanquesas. Una de ellas es una vieja conocida, se instaló, hace ya unos cuatro años, tras la maceta de las azaleas. Ahí vive desde entonces. Antes sola, ahora parece que en compañía. Me alegra saber que el viejo geco no está sólo. No era fácil verle, aparecía unos pocos minutos al caer la tarde, con la llegada del fresco y desaparecía hasta el siguiente día.
El suelo parece evaporarse, el calor lo vuelve temblón. No debe importarle demasiado al viejo geco. Ha abandonado su oscuro refugio y ahora se tuesta al sol junto una diminuta salamanquesa. Cambio de rutinas.
Procuro no hacer ruido, contemplo un espectáculo increíble. Me gusta verlas. Cruzan la pared de extremo a extremo trazando una perfecta horizontal. Delante, el viejo geco, conoce el camino mil veces recorrido que va de la azalea hasta la maceta que cobija una monumental buganvilla (el invierno casi la dejó convertida en un triste leño. El verano la ha devuelto más esplendida que nunca). La joven salamanquesa le va a la zaga.
Desaparecen. Una lluvia de hojas rojizas cae sobre el almohadón que reposa bajo la inmensa buganvilla. Quiero pensar que ahora están cobijadas tras el barro del enorme tiesto, chirriándose los secretos de una larga vida en un patio cualquiera.
Es jueves. El mundo convertido en algo liviano.