miércoles, 9 de junio de 2010

ASTEROIDE AN269


Acababa de descubrir que era un asteroide. Corrió hacia el espejo. Necesitaba ver si aquella cara que siempre le había acompañado, el ondular de sus manos cuando realizaba cualquier gesto, continuaban allí o, si todo eso, había desaparecido al revelarse que sólo era un asteroide.
Frente a él, ninguna imagen. Se palpó las mejillas, se palpó el pecho, los muslos y sintió por primera vez la rugosidad de una roca. Con cierto recelo, colocó la mano derecha sobre el corazón. Encontrar un latido le confirmaría que estaba equivocada, que continuaba siendo humana. Lo intentó por dos veces, primero con la mano derecha, después con la mano izquierda. No sintió nada. Tal vez, golpeando suavemente con los dedos, el mecanismo marchara de nuevo. El sonido metálico no le gusto.
Se sentó en el sofá. Indudablemente se había convertido en un asteroide. Ahora sólo tenía que dar un paso más, convertirse en algo inanimado. Había dejado de ser alguien. Se reclinó sobre el brazo, colocando bajo su lengua el último resquicio de lo humano. Antes de cerrar los ojos pensó que le gustaría adoptar la bonita forma de una estrella, o la de un cometa, que orbitara alrededor del sol.