lunes, 28 de junio de 2010

VILA-MATIZADA POR OBRA Y GRACIA DE ENRIQUE VILA-MATAS


He descubierto, con los años, que comparto con Vila-Matas muchas más cosas de las que creía. Una, el gusto por la ciudad en la que vivo; dos, el gusto por Paul Auster; tres, los cafés con hielo; cuatro, el gusto por los relatos que él escribe. Podría continuar la lista porque he encontrado más de una coincidencia pero esas son ya demasiado personales y sólo me importan a mí.
Diferencias, todas las del mundo. Él es un genio, yo no. Él muestra el mundo, yo no y así hasta el infinito y más allá.
Este gusto por Vila-Matas se acrecentó hace unos días, a propósito de su relato, “No soy Auster”. Con asombro (pensaba que las cosas que él explica en ese relato sólo me ocurrían a mí), descubrí que ambos tenemos la fácil tendencia a tener adicción a esas personas que nos despiertan simpatía. Personas a las que, con el tiempo, terminamos admirando sin ningún tipo de envidia y a las que disculpamos, humildemente, sus defectos. Como dice el propio Vila-Matas son personas que nos estimulan. Él, en su relato, se refería a Paul Auster. A mí, me pasa con Auster,  no lo negaré, pero me pasa con otros personajes y personas mucho más cercanas. Estos sujetos, que nos llenan de gracia, pero a los que no quisiera parecerme jamás, son motivo para que continúe avanzando en solitario. Ellos son ellos, yo soy yo. Me gusta llevarlos conmigo, a veces en la distancia, pero siempre desde la realidad de lo que son, nunca desde lo imaginado. Dice Vila-Matas que no hay peor desprecio hacia otro que imaginarlo, vaciándolo de su propia realidad. Estoy completamente de acuerdo con ello.
Debo reconocer que admiro a muy pocos, que mis filias son muy limitadas y que, cuanto mayor me hago, más contadas son las personas a las que encuentro encanto y por las que siento aprecio.
Sin embargo, los que me gustan, me gustan mucho y a esos, los quiero siempre conmigo. El resto, me sobra.