viernes, 4 de junio de 2010

DOMESTICIDADES (III) como convivir con un minino


Siento especial predilección por los cepillos para el pelo. Pero no cualquier cepillo sino esos que tienen gordos mangos de madera y gruesas cerdas naturales. Esta filia me ha llevado a tener "el cesto de los cepillos,"  y rellenarlo no  con uno, ni con dos; sino con varios más. Nunca menos de tres, nunca más de seis. 

Este capricho no hace daño a nadie o eso creía yo, pero, al parecer, al gato (que es el amo de esta casa), no le gusta. Por lo general, no discuto con mi gato, no por falta de ganas, sino porque tiene bastante mala leche y, en los últimos tiempos, cuando se le lleva la contraria o no se le satisfacen sus gustos (latas de lomitos de atún, arena de sílice y collar de terciopelo azul cielo con perlas drapeadas), se pone de muy mal café y se venga dejando trazas de su ADN donde menos te lo esperas, lo cual es bastante molesto pues sales a la calle y todas las gatitas del barrio maúllan a tu paso. Así que evito las hostilidades con el minino que, además, ya tiene una edad y empieza a chochear.

Pero hoy, el tema ha pasado de castaño oscuro.

Mientras voy camino de casa, muerta de cansancio, con sueño y hambre, después de un día duro, pienso que me merezco un regalo. Algo sencillo, un té moruno, musiquita relajante, un baño con burbujitas, cremitas por doquier y una pedicura en condiciones. Eso puede ayudar a que mi desastroso día mejore sustancialmente. ¿Frivolidad? Sí, y ¿Qué?

Llego a casa y lanzo un ¡Holaaaaaaaaaa!. Un eco resuena: hola, hola, hola….. Del minino ni rastro. Es extraño, normalmente tiene comportamientos perrunos y en cuanto pongo la llave en la cerradura ya está sentado frente a la alfombra de la puerta esperando cucamonas. Hoy, no está. 

Cuelgo mi abrigo en la percha, dejo el bolso sobre la mesa y mientras camino por el pasillo de casa, empiezo a ver unas extrañas y oscuras trazas en el suelo. ¿Césped artificial importado de la Selva Negra? ¿Cientos de filas de hormigas procesionando por la casa?

Empiezo a tener una cierta sospecha. Doblo el espinazo y recojo del suelo un puñado de cerdas naturales. Me están entrando instintos asesinos. Entro en el salón. Sobre el sofá está el mishino en cuestión rodeado de media docena de palos de madera más pelados que la cabeza de Kojak. 

Siento la sangre que asciende a mis mejillas, que una furia interior empieza a poseerme. Mis cepillos convertidos en un manojo de estacas. El felino, que me mira como si yo no estuviera, sostiene un mango entre sus dientes. Me acerco con cara de mal café dispuesta a arrancarle el resto de mí adorado cepillo, pero el gato de marras, pese a gordo y viejo, se da media vuelta, levanta el rabo con dignidad y, cuando ya juro en arameo y prometo que lo voy a despellejar para hacerme una bufanda, serenamente  lanza una ventosidad al viento mientras se encamina a su nuevo reino, el cesto de los cepillos.

Esto va a acabar mal, pero que muy mal.

Rosario flores - Mi gato