sábado, 25 de septiembre de 2010

MUDITOS



He descubierto que las esperas en los aeropuertos me enferman. Me deprimen. La sensación de pérdida caóticamente ordenada que allí se respira termina por traspasarme siempre. Supongo que es por eso que, cuando la demora es larga, termino el viaje (el de vuelta por lo general), hecha unos zorros. Con el tiempo he aprendido a desplazarme por las terminales portando todo tipo de cachivaches (ordenador, teléfono, libros, revistas, cordaje para macramé, plastilina sintética, etc.), de todo para evitar tener tiempo muerto que me lleve a pensar en el ambiente deprimente de las salas de espera. Prefiero no hacerlo, ese  entorno y estado de ánimo, entre derrotista y melancólico que huele a queroseno y que lo invade todo, me agota.
Ayer mi avión sufrió una demora terrorífica. Agoté la batería del portátil, la del teléfono, terminé el libro que llevaba encima, me negué a leer el “Hola” y mi puerta de embarque, a esas horas de la noche, estaba lo suficientemente desolada como para no intentar emprender una excursión en busca de destinos más animosos. Apenas diez personas esperando para volver a casa. Me resistí hasta que pude, intenté no pensar. Me leí el prospecto de los ibuprofenos que llevaba enchufándome todo el día, y lo hice con tal intensidad que cualquiera hubiera podido afirmar que estaba descifrando el Código de Amurabi. Pero no, sólo estaba demorando la entrada al terreno pantanoso del “debería”, “tengo”, “voy a…”. Terrenos al que se entra solo, porque en él flotan decisiones, sobre cosas y personas,  que únicamente en solitario podemos tomar. Reflexiones que aparcamos porque nunca se encuentra el momento oportuno para empezar, terminar, poner sobre la mesa cuestiones que lo requieren ya sin demora. Así que, sin poder evitarlo, caí ahí, en un submundo personal, íntimo y solitario. Eché de menos un guiño y me contuve para no preocupar a nadie.
Recordé, y no pude evitar sonreirme, la conversación que el jueves, a última hora de la tarde, entre cañas y guiris, tuve con un tipo estupendo. Pensé en que, como a él, los años me han convertido en un ser más mudito. Puede que sea, por no preocupar a nadie o porque los años te enseñan que algunas cosas son sólo propias y llegué a la conclusión que, quiza, eso, no sea tan malo. Tal vez en las próximas cañas se lo diga. No, con toda seguridad, se lo diré y yo, por supuesto, procuraré coger más el tren.

Manolo Garcia - Pajaros de Barro