lunes, 27 de septiembre de 2010

LIPSTICK


 
A veces me siento incómoda por desear que reviente. Se convirtió en un saco de carne asquerosamente blanda y apestosa, con un permanente hilo de sudor sobre el labio. Me da asco hasta la arcada. Se ha transformado en un globo que arrastra su hedor allá por donde pasa. No recuerdo si alguna vez la quise, tal vez sí por eso, a veces,  cuando deseo que reviente este amasijo de mierda que es, me truena la cabeza.
“Te vistes y pintas como una puta.” Son las únicas palabras que me vomita cuando cruzo por delante del sofá en el que vive. Allí come, duerme y consume su vida.
Me visto, me pinto y me muevo como una puta porque es lo que soy.
Sus palabras me resbalan como salmos lejanos, no me dicen nada, ni siquiera me duelen.
Empecé a venderme cuando tenía catorce años, algo había que hacer. Ella, mi madre, andaba todo el día colgada del caballo. No teníamos nada, sólo miseria. Vivíamos en el mismo cuarto en el que ella continua haciéndolo hoy. Un sofá cama que compartíamos, una mesa vieja y cuatro sillas rescatadas de un contenedor. En las paredes, nada, mugre y un calendario del año 1978, el año en que nací.
No sé quien es mi padre. Creo que no existió nunca. Los hombres de mi madre iban y venían sin solución de continuidad, nunca se quedaban más que unas horas. Sólo recuerdo a uno. Un tipo nauseabundo que esperaba en la puerta de casa hasta que la veía llegar. Media papelina a cambio de una felación en el mismo portal. El precio se incrementaba cuando mi madre quería la papelina entera, entonces subía a casa y se quedaba allí toda la tarde. Lo vi en varias ocasiones al volver del colegio. Me aterrorizaba.
La tarde que encontré a mi madre medio muerta, tirada en el mismo sofá que en el que ahora mata las horas, con la jeringuilla clavada entre el pecho, como si hubiera buscado el corazón, me oriné encima de miedo. A su lado, roncando, el tipo del caballo. Intenté salir de allí sin hacer ruido pero no pude. Me tiró contra el camastro en el que vagaba mi madre. Me aplastó la cara contra el almohadón y casi me ahoga, no podía respirar. El pelo de mi madre me llenaba la boca y por la nariz no me entraba nada más que el hedor del perfume que usaba. Me levantó la falda, me arrancó las bragas y me penetró mientras me decía al oído que era mejor así, continuaría siendo virgen. No pude gritar.
No sé lo que tardó en dejarme marchar. Nada volvió a ser lo mismo.
Me pinto los labios frente al espejo que hay junto a la puerta. Le dejo unos billetes sobre la mesa mientras la veo tumbada en el sofá. Tengo que ir a trabajar, soy puta, la carne fétida no reventará jamás y el mundo es una mierda.