martes, 5 de agosto de 2014

MÁS DE LO MISMO


La tristeza inexpresiva abrió sus dos ojos enormes. 
El florero al despertar del cristal arrojó las flores.





No sé si es demasiado apropiado clasificar los libros, su lectura, en función de las estaciones del año, como si algunos libros debieran leerse en invierno y jamás en un julio angosto y caluroso. Y aunque sé que más de uno y más de dos se llevarían las manos a la cabeza si conocieran este modo de repartir mis lecturas, en función de la meteorología, en mi caso, no son pocas veces que lo hago así. Por eso, por esta conocida manía que tengo, que en pleno mes de agosto me encuentre releyendo “La aguja dorada” de Montserrat Roig (*), un libro espléndido que habla de Rusia en general y del sitio de Leningrado en particular, no ha dejado de causar, incluso a mí misma, cierta sorpresa. Pero el escenario, el mío personal, lo acompaña. Cierto recogimiento pese al calor, el estado mundial de ruina humana generalizado y un cierto desfallecimiento circunstancial, no han hecho más que abonar el terreno para agarrarme a lo ya conocido, a leer, nuevamente, sobre el sitio de Leningrado y, en consecuencia, sobre la maldad humana. ¿Qué clase de seres son capaces de asediar a los suyos hasta matarlos de hambre, de reventarlos por dentro y por fuera? Sólo el hombre. Somos la única especie capaz de convertir a nuestros congéneres en infrahombres. Son estas situaciones las que me convencen, cada vez más, de la maldad del hombre en lo general y de la grandeza del ser humano en lo particular.  Algo que parece incompatible pero que no lo es en absoluto.

El sitio de Leningrado por el ejército alemán duro aproximadamente novecientos días. Durante todo aquel tiempo no dejaron de bombardear la ciudad ni un solo día. Ayudados por los finlandeses, los alemanes cortaron todo acceso a la ciudad, con la finalidad de matar a la población de hambre. Era el modo más económico que los alemanes encontraron para reducir la resistencia rusa. Cientos de miles de personas murieron en los tres años que duro la infamia, cientos de miles quedaron sepultados bajo la nieve del invierno hasta que, al llegar el deshielo en primavera, pudieron ser enterrados en las fosas comunes que invadieron la ciudad. Aquello empezó en el año 1941 y finalizó en 1944.



En uno de los fragmentos del libro, la escritora relata como quiso entrevistar a Boris Kostiurin, uno de los ingenieros civiles que, en los días del sitio, se dejaba la vida construyendo vías en lo que llamaba “la carretera de la vida” para que los alimentos pudieran llegar a una población ya desfallecida y casi desahuciada y, por otro lado, permitieran ir evacuando a la población. Kostiurin se encargaba de construir puentes que enlazara el tren con los barcos que llegaban a las poblaciones cercanas y que  debían permitir que, circulando por encima de los lagos helados, los camiones transportaran las reservas de harina que debían mantener con vida a los sitiados en Leningrado. Sin embargo, la escritora no consiguió arrancarle una sola palabra sobre la guerra, ni del hecho de guardar un par de condecoraciones que se había ganado durante el sitio. Y nada tuvo que ver en esta negativa a hablar de todo aquello el hecho que, en el momento de la fallida entrevista, el ingeniero sufriera las severas consecuencias de dos grandes embolias. Fue la necesidad de no volver sobre un pasado negro que le marcó de por vida. Kostiurin no es más que una muestra de los muchos que vivieron aquel infierno. En los días del sitio, mientras trabajaba en uno de los improvisados muelles que se construían entonces, había presenciado el bombardeo de un barco  que llevaba las tres cruces rojas que indicaba el transporte de niños y civiles. Mientras el barco se encontraba zarpando, a pocos metros del muelle, los cazas alemanes lo bombardearon. La sangre de los niños, de las personas que viajaban escapando de la hambruna y de una muerte probable, se mezclaba con la harina que se transportaba en el barco y que debía alimentar a los muchos que quedaban en Leningrado.  Dicen que algunos niños intentaron alcanzar la orilla, pese al agua helada y al agotamiento físico, pero los cazas les dispararon hasta que se hundieron en las heladas aguas rusas. Casi ninguno de aquellos niños sobrevivió. Todo aquello quedó clavado en el corazón del ingeniero, y jamás mostró ni una sola de sus condecoraciones, ni siquiera cuando su vida ya llegaba al final. 

Terminado el libro de nuevo, mirando las noticias de la televisión sobre la guerra entre Israel y Gaza, sobre el desarrollo de la misma, no puedo dejar de pensar que no hemos aprendido absolutamente nada. Pero nada de nada. Y no es una cuestión de política sino de humanidad. Para la maldad no hay estaciones del año, eso está claro.





(*) La aguja dorada hace referencia a la aguja dorada, rematada por una veleta de oro en forma de pequeño barco, que se encuentra en el Almirantazgo de San Petersburgo, que fue la sede de la Escuela de Almirantes Imperiales Rusos. Está situado en el extremo occidental de la avenida Nevski, es uno de los monumentos más famosos de la ciudad.






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