martes, 13 de junio de 2017

CICUTA


Hay más tesoros en los libros que en todo el botín 
de la Isla del Tesoro.

Walt Disney





Antes de salir de casa compruebo que llevo encima todo lo que creo que me puede salvarme la jornada. Un ejemplar de una novela escogido con cuidado, una libreta, unos cuantos bolígrafos de distintos colores, un paquete de pañuelos de papel, un paquete de caramelos,  un botellín de agua y un blíster con antiácidos. Lo demás (la cartera, las identificaciones laborales, entre otros cachivaches), va de suyo. Ha empezado a hacer calor, sin embargo me resisto a dejar el fular de casa, nunca se sabe qué maldito aire acondicionado va a acabar matándote. Entre el caos de mi bolsa quedará todo el verano, navegando entre las llaves y la tarjeta de transporte público.

Hago cola  esperando el autobús. Miro por última vez el teléfono el móvil antes de lanzarlo al fondo del pozo que llevo colgado en el hombro. Saco mi libro y espero. Nunca empiezo a leer hasta que consigo pertrecharme en los últimos asientos del autobús. En invierno porque es donde más templa y en verano porque esa temperatura antes templada, que se convierte en algo un tanto asfixiante en el mes de junio, ahuyenta a todo quisque.  
Esta mañana el personal debe andar rezagado, subimos cuatro gatos, y cojo asiento sin dificultad. Empiezan, posiblemente, los cuarenta y cinco minutos más gratificante del día. Los de vuelta cuentan para la descompresión cuando termine el día. Arranco el tiempo que puedo y de dónde puedo para leer cualquier cosa que nada tenga que ver con mi trabajo. Esta costumbre, con toda seguridad, me salva de mucha mala leche y pesares tenebrosos. Levanto la cabeza para ver en qué se encuentran metidas todas las  cabezas gachas que contemplo desde la cola del autobús. Veo pocos libros, muchos menos que hace algún tiempo. Puede que todas estas personas, que acaban de salir de su casa y van a pasar todo el día entregados a lo nutricio, estén, como yo, pensando en salvarse un rato pero de otro modo, y el mirar por la ventada, el teclear el móvil o el simple escuchar del éxito musical de la semana les sea suficiente.

Los libros se han convertido, para muchos, en meros objetos decorativos. Leer no está de moda aunque algunos, románticos y enfermos del papel, pensemos que si no fuera por los libros en las farmacias no darían abasto en la venta de antidepresivos y antídotos contra la cicuta; aunque el hábito que arrastramos nos acabe provocado tendinitis y la vista más cansada de lo normal.