La sujeto por el brazo mientras levanta
el pie y se agarra a la barra. Lo hace con fuerza, como si temiera que, a medio
camino, mientras levanta el otro pie, fuera a desaparecer y todo el peso de su
cuerpo la empujara a besar al suelo. Pero estoy aquí, como ella estuvo antes, y
no me moveré. Pero no se fía, ni de mí, ni de ella misma. Su mano se pone
blanca y sobre su cuerpo empieza a caer el agua tibia como la lluvia que llega como
una bendición. Mamá, ¡qué mala eres! No
lo digo yo, lo dice ella, porque el jabón le entra en los ojos y yo, que no soy
su madre, no me doy ni cuenta. Y no sé si soy mala, o buena, pero odio los
domingos en los que el viaje al pasado es una inversión que ya no cabe. Odio el
olor a desinfectante y a crema hidratante. Y pienso que tal vez la maldad está
en esas pompas de jabón que dejaron de ser preciosas y divertidas, que se transformaron
en una condena chica. Pero después sonríe, con su olor a limpio recién importado,
y su mano me acaricia la cara mientras le coloco los pendientes de aguamarinas
que le regaló mi padre. Por un instante vuelve a ser ella y en mi cara guardo
el calor de madre.
