domingo, 8 de febrero de 2026

POMPAS DE JABÓN

 


La sujeto por el brazo mientras levanta el pie y se agarra a la barra. Lo hace con fuerza, como si temiera que, a medio camino, mientras levanta el otro pie, fuera a desaparecer y todo el peso de su cuerpo la empujara a besar al suelo. Pero estoy aquí, como ella estuvo antes, y no me moveré. Pero no se fía, ni de mí, ni de ella misma. Su mano se pone blanca y sobre su cuerpo empieza a caer el agua tibia como la lluvia que llega como una bendición. Mamá, ¡qué mala eres! No lo digo yo, lo dice ella, porque el jabón le entra en los ojos y yo, que no soy su madre, no me doy ni cuenta. Y no sé si soy mala, o buena, pero odio los domingos en los que el viaje al pasado es una inversión que ya no cabe. Odio el olor a desinfectante y a crema hidratante. Y pienso que tal vez la maldad está en esas pompas de jabón que dejaron de ser preciosas y divertidas, que se transformaron en una condena chica. Pero después sonríe, con su olor a limpio recién importado, y su mano me acaricia la cara mientras le coloco los pendientes de aguamarinas que le regaló mi padre. Por un instante vuelve a ser ella y en mi cara guardo el calor de madre.



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