Sucumbir al desánimo es fácil. Acabado el año, tocamos madera esperando que el gesto nos libre de disgustos en el siguiente. Pero la madera debe ser de mala calidad, una madera fake a la que el ritual con el que se pretende exorcizar la mala suerte y el desastre, deja tan pancha que, si pudiera, se reiría en nuestra cara. Y cuando aún estamos deseando un feliz año nuevo a los que no hemos visto en las últimas semanas, el subconsciente toma el pensamiento al asalto y nos pone en alerta porque el nuevo año, de momento, no está trayendo nada bueno. El panorama es desolador y los charcos cada vez más grandes.
Mirar atrás intentando coger perspectiva y relativizar el presente nefasto y el futuro incierto, es un juego de malabares en el que alguien lleva las cartas marcadas y te la va a meter doblada. La situación asusta, agobia y cabrea. El panorama político y social dan ganas de salir corriendo. Pero estamos aquí y ahora. Borrar de un plumazo las desgracias, la mala suerte, la enfermedad y la muerte es imposible. Borrar a los que nos complican la existencia no es nada fácil, como tampoco lo es acabar con los corruptos que nos arrastran por el lodo que nos arruinan la vida y el futuro. Plantarse no es una opción, es una obligación, incluso moral. Pero mientras el momento llega, mientras nos carcome la impotencia del trato desigual, de la coacción, de la ruina económica y moral a la que lo nos están llevando, hay que respirar y desear que el maldito año 2026 se esté quietecito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario