Dicen que la foto no está hecha en Teherán, sino en Canadá. Y quienes lo dicen deben creerse ungidos de un poder sobrenatural que les protege de que los demás creamos que son unos imbéciles redomados. La cuestión es otra muy distinta. En Irán, las protestas y el grito, ahora ya no sordo, de las mujeres que reclaman su libertad, sus derechos, ya no hay quien lo pare. Hay que ser muy valiente, muchísimo, para salir a la calle a reclamar lo que por tu condición de ser humano te corresponde. El derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad. Las protestas de las mujeres iraníes descubriendo su pelo, desafiando a la policía de la moral, es de una contundencia aplastante, por las que vienen jugándose la vida desde hace mucho tiempo. Son mujeres fuertes, valientes y vivas, puntales de una sociedad que ha dicho basta a la represión, y que busca de nuevo su camino. Algunos dicen que las protestas las motivan la penuria económica y la galopante inflación, consecuencia de las sanciones y embargos internacionales. Se equivocan, la revolución iraní nace del hartazgo de sus mujeres a una sumisión violenta en la que no quieren seguir viviendo, no hoy, sino desde hace ya muchos años. Por el camino han quedado un buen número de jóvenes que han perdido la vida a manos de un régimen cruel, de ideología asesina. Jóvenes que se han visto obligadas a abandonar su país, sus casas, sus vidas, por la mortal persecución de los radicales que les gobiernan. Pero todos esos cimientos de terror y violencia han empezado a tambalearse. Vienen nuevos tiempos para Irán. La famosa fotografía de una joven preciosa quemando el retrato de un ayatolá, es un símbolo de un valor incalculable. Da igual que la fotografía esté hecha en Teherán, Isfahan, Shiraz o en Toronto, Montreal o en Winnipeg. Un nuevo aire de libertad empieza a recorrer Irán de norte a sur, de este a oeste. Las mujeres de Irán se merecen nuestro respeto y admiración, aunque en nuestro país, algunas políticas que abanderan un feminismo enfermizo, guarden un silencio que apesta.


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