martes, 27 de enero de 2015

70 ANIVERSARIO DE LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ


 Auschwitz-Birkenau


Art. 1 DECLARACIÓN UNIVERSAL DERECHOS HUMANOS

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

***

Hoy se conmemora el 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Ausschwitz. Una de las grandes atrocidades de la humanidad. Sin embargo:




Auschwitz-Birkenau


Sierra Leona



Srebrenica




Bosnia-Herzegovina





Siria


Campamentos saharauis



Más de cincuenta años separan unas y otras fotografías. No hemos aprendido nada. En algunos lugares del mundo los Derechos Humanos son papel mojado y el resto lo mira como si todo fuera una película.




domingo, 25 de enero de 2015

LA BORA, TAL VEZ



Responsabilidad significa pagar el precio
y la renuncia que toda acción exige.


La intuición aparece sin que nadie la llame, y te devuelve, sin que nadie se lo pida, el mal sabor que siempre te dejó la culpa. Porque aunque ya no crees en nada, nada te libra del peso de la tradición, de una ley jamás escrita, que te ha convertido con los años en alguien vulnerable, consumido por el pecado en el que dices no creer. Y aquella libertad, apenas intuida, desaparece convirtiéndote en un ser enano, incapaz, mezquino con los demás, contigo mismo. Te enredaste en un  juego peligroso por entretenerte como sólo se entretienen los que teniéndolo todo se aburren. Amanece en Trieste. Nos barre la bora, todo vuelve a su sitio y te sé tremendamente triste, pero a nadie le importa.






jueves, 22 de enero de 2015

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (VIII)


La buena comunicación es tan estimulante como el café negro, e
 igual de difícil de olvidar al dormir.



Después de comprobar que desde hacía meses mi vida basculaba del helado de vainilla a los cigarrillos mentolados y que mi estómago empezaba a resentirse regalándome unas escandalosas jaquecas, el galeno decidió sacarme tarjeta roja. Me senté y  aguardé  en silencio mientras aquel tipo hacía gestos de aprobación con la cabeza. Después de cinco minutos de insonoras flexiones cervicales, llegó el diagnóstico: «No debe preocuparse. Está todo correcto. Salvo unos leves restos de sangre en la orina, a los que no debe dar importancia, se encuentra usted en perfecto estado». Apenas unos segundos en silencio y mi ceja, que se rige por su propia y arbitraria voluntad, se elevó hasta formar un óvalo casi perfecto sobre mi ojo izquierdo. Siempre he temido a aquellos que, sin mirarte a la cara, restan significación a las cosas que en definitiva les ha llamado la atención. Ese era el caso. 

Un mechón de pelo, el único que quedaba sobre su diminuta y rala cabeza, caía sobre la montura de sus gafas, otorgando a aquel tipo vestido de blanco una apariencia grotesca. Cuando le pregunté a qué podía deberse aquel trazo sanguinolento, casi imperceptible según decía, pero que ahí estaba, contestó que con toda probabilidad eran los resto de una actividad sexual consumada veinticuatro horas antes de la toma de la muestra. En ese momento me preocupé de verdad y fueron las dos cejas las que acompasadas se elevaron al cielo de los idiotas para volver a caer en silencio. En los últimos meses, después de su marcha, lo más caliente que me había echado al cuello era el café con leche de las mañanas.




domingo, 18 de enero de 2015

THE SOUFFLE



Tongoy opina que en general las historias de amor no son historias sexuales,
sino historias de ternura. Dice Tongoy que la gente no entiende de eso o,
 aunque sea sólo durante diez minutos, no quieren entenderlo.



La percepción que cada uno tenemos de las cosas suele ser bastante distinta. Esa diferencia está en la perspectiva, en la posición, que ocupamos al respecto de esas cosas y en la mochila que cada uno cargamos a nuestra espalda. La subjetividad en la apreciación de la gravedad o simpleza de un hecho dependerá en parte de la experiencia previa y del lugar en el que nos colocamos. Podemos magnificar, sobredimensionar, incluso convertir en nada lo que vivimos en función de todo lo anterior, de la posición y de lo acumulado. Lo mismo ocurre con la felicidad.

La felicidad es un concepto relativo al que nadie ha podido dar cabida, darle contenido, porque la felicidad como estado natural es el embuste que termina por sumergir a aquél que pretende hallarla, y mantenerse en ella, en una especie de fantasma que arrastra una bola imposible. Desconfío de los que se dicen en estado de felicidad permanente porque me temo que estamos incapacitados para ello. La complacencia permanente no puede ser más que el reflejo de una mente acomodaticia, idiotizada que se limita a mantenerse en los márgenes de lo convencional, de lo que no necesita reflexión, de lo que nos convierte en unos necios aborregados.

El transcurso del tiempo, y de la propia experiencia personal, es una de las realidades que transitan como una apisonadora y modifican nuestra propia manera de ser, de entender la vida. Es por eso que llegados a la edad madura solo podemos esperar disfrutar de algunos momentos buenos, sabiendo que éstos son efímeros, porque la vida es precisamente eso, un acontecer fugaz, finito. Sabiendo que cada minuto que pasa, cada persona que aparece en nuestra vida es la oportunidad de aceptar, sin estridencias, los cambios que nosotros mismos producimos en el mundo, en definitiva, en nosotros mismos. Envejecemos, porque estamos vivos, porque durante el transcurso de nuestro tiempo, ese que no sabemos cuánto va a durar, la vida nos proporciona algunos momentos grandiosos y otros tremendos. 

La felicidad, como tal, no existe. Una de las maneras de evitar las frustraciones con el pasar de los años es asumir que la cosa va a así, que debemos disfrutar y sufrir sin estridencias, intentando no convertirnos en seres resentidos ni idiotizados que guardan en el libro de afrentas de la vida, la imposibilidad de llegar a un estado de felicidad permanente, porque ese es inexistente desde que el hombre es hombre; y aceptar las derrotas, al igual que las victorias, con cierto desapego.

domingo, 11 de enero de 2015

COLAS QUE NO SON RABOS


"Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo y hechizar las autopistas.
Creo en la migraña, en el tedio de la tarde, el miedo al calendario,
 la perfidia de los relojes... creo en las gasolineras abandonadas 
(más bellas que el Taj Mahal)... creo en nada". 


Casi todas las cosas tienen un algo que las hace diferentes, puede que tenga algo que ver con la manera en que las miramos y en cómo se las explicamos a otros. Ambas cosas tienen mucho que ver con el estado de ánimo en el que nos encontramos en cada momento. De manera que puede que algo tan fastidioso como una cola ante un mostrador de facturación pueda darte feliz oportunidad de descubrir, si el tiempo y el humor de acompañan, que en las Islas Aran se cría la mejor lana del mundo, que esa información te produzca una una enorme satisfacción que almacenas en tu disco duro para que en la próxima oportunidad que tengas de pisar la verde Irlanda intentes hacerte con un jersey que protegería la mismo Amundsen del gélido hielo. O puede que en esa misma cola, en la que ni el tiempo ni el humor te acompañen, saques a la peor bestia que habita en tu interior y aparezca ante el niño que berrea y que aunque no levanta un palmo del suelo, ya ha tirado dos maletas, ha lanzado el botellín de batido contra la abuelita Paz que acompaña a la familia vecina y tengas ganas de estrangular, no al infante, sino a los padres que lo parieron por no frenar a tal engendro del demonio.

Puede que por eso precisamente, porque cada uno vemos lo que vemos aunque frente a la nariz tengamos exactamente lo mismo, esta misma mañana, la demora en mi vuelo a la que suscribe le haya parecido una tortura, una especie de castigo a su díscolo comportamiento y, sin embargo,  a los muchachos que me precedía en la cola (uno que debía embarcar un par de horas más tarde hacia una ciudad del norte y una que debía embarcarse en mi mismo avión), ese retraso les pareciera una especie de premio de consolación ante la inminente separación y por eso lo celebraban comiéndose a besos ante el resto del pasaje.

Ver y mirar nada tienen que ver. Lo mismo que nada tiene que ver la ida con la vuelta, el amor con el querer, el vicio con el fornicio, ni la lana de aran con la lana merina. Aunque yo de esto último no sé mucho, pero por si acaso y como el humor esta tarde me acompaña, puede que anote en la lista de propósitos hacerme con un jersey de las islas Aran, pues nunca se sabe y, al final, como es bien conocido, a la que suscribe, que tiene intención de terminar en una mecedora sentada en el porche de una granja en Las Feroe, el suéter en cuestión le venga fenomenal.


jueves, 8 de enero de 2015

NADA


"La defensa de nuestros derechos y nuestra dignidad, así como los
 esfuerzos para nunca dejarnos vencer por el sentimiento de odio.
Este es el camino que hemos elegido".



He comenzado a realizar una serie de ejercicios diarios encaminados a mantener despejada la mente y ágil el verbo desde primera hora. Cada día, entre los vapores de una ducha que parece más cocerme que asearme, recito algunos de los mandamientos que me invento para cada día. A veces, entre los rumores de mi voz disociada, los maullidos de un gato viejo que relame los goterones que se abandonan cortina abajo, escucho a mi vecino salmodiar y le imagino, maquinilla en mano, poniendo orden a su propio micro-mundo.

El respiradero del baño se ha convertido en la caja de resonancia de las miserias, de los anhelos, y de las trifulcas personales de cada uno de los vecinos de esta escalera, sobre todo de los que vivimos en el bajo segunda y en el primero segundo. Nos hemos convertidos en espías forzosos que se siguen a través de las conducciones de ventilación.
Pero esta mañana, su habitual discurso animoso se ha transformado en cortos y repetidos: “¡Ay, Dios mío! Pero, ¿En qué mundo vivimos? ¿A dónde vamos a ir a parar?” Lamentos que se han colado por todas partes a medida que su transistor le ha ido vomitando las noticias del día. Posiblemente, porque mi vecino vive en su mundo particular, hasta esta misma mañana no ha tenido conocimiento de la matanza de ayer. Es posible. Sus gemidos de hoy son el eco de los que se escuchan por todo el mundo desde ayer. Interrogantes entonados con tristeza pero que tienen respuesta conocida. Vivimos en la clase de mundo que el ser humano, nosotros mismos, hemos creado durante siglos. Nos encaminamos hacia la nada y mientras vamos sobreviviendo.
La matanza perpetrada ayer en Francia no tiene excusa ni justificación posible. Ninguna la tiene. No es la primera y también sabemos que no será la última.
Y aunque hoy estamos consternados, indignados y pedimos justicia, somos de fácil olvido y de tomar pocas decisiones que impliquen mojarse hasta más arriba de la cintura. Por eso, mañana, mientras vuelvo al agua caliente y a recitar los mandamientos del día, yo misma estaré pensando en otra cosa, forjando mi propia nada, y mi vecino (del que soy su espejo, como él lo es el mío), tarareará alguna de las canciones que le amenizan el afeitado. Porque nuestro corral es nuestro corral en el que nos creemos a salvo y en el casi nunca pasa nada. Pero ese nada, al final y sin que casi nos demos cuenta, sí que es algo, es la perdida de la condición de persona en toda la extensión de su palabra y eso es peligrosísimo.



sábado, 3 de enero de 2015

ARISTAS



No me gusta la gente que nunca ha tropezado ni caído. 
Su virtud es sin vida y no vale mucho. 
La vida no les ha revelado su belleza.


El hombre se construye a base de gestos repetidos, costumbres individuales o generalizadas por los que nos antecedieron en el tiempo. Es por eso, por pura costumbre, que ante la inminencia del cierre de una etapa, de un periodo, de un año, realizamos balance sobre lo habido y lo que debería haber habido. Los balances contables, con su "debe" y su "haber", se parecen un poco a esta recapitulación que hacemos sobre nuestra vida cada vez que se acerca el final de algo. Sin embargo, cuando se empieza a pensar en el transcurso del tiempo como en una sucesión encadenada que no se fracciona nunca, la necesidad de hacer balance deja de precisar de espacios temporales concretos y queda para momentos vitales determinados que marcan un antes y un después en el acervo de cada uno. Por eso es pura casualidad que en estos momentos, coincidiendo con el final del pasado año y el inicio del actual, quiera reconocer y reconocerme algunas metidas de pata espectaculares, algunas faltas de tino y, porque no decirlo, alguna andanada que ha podido doler. No me escondo de ello. Todos damos y todos recibimos, a veces de una manera oportuna y en otras, menos deseables, mucho menos oportunas.

Decía Rojas Marcos en una artículo publicado hace unos días sobre cómo ser mejor persona (y así titulado también) que “solo las personas singulares se detienen y tratan de rectificar y limar algunas aristas de la vida personal”Mientras lo leía me preguntaba si la “singularidad” del individuo es previa a la capacidad de pararse (a pensar) y rectificar, o si esa “singularidad”, a la que Rojas hace mención, se alcanza precisamente cuando uno es capaz de pararse (a pensar) y, si toca, rectificar (porque no siempre pensar nos conlleva a rectificar nada). La que suscribe cree que es precisamente lo segundo, porque la singularidad en sí misma, prima facie, no existe.

Las aristas forman parte de la condición humana por eso aunque se pare y se rectifique, las aristas siguen ahí porque éstas, por su propia naturaleza, crecen al amparo del desarrollo personal de cada uno, engordando a la sombra de la repetición de comportamientos y emociones y, casi siempre, esos costados rugosos y punzantes son el terreno sobre el que se abonará parte de una manera de ser y de entender la vida que en ocasiones nos aproximarán a la mezquindad y en otras a la grandeza. 



martes, 30 de diciembre de 2014

DEL AÑO QUE ACABA. LEGADOS



La primera pequeña mentira que se contó en nombre de la verdad,
 la primera pequeña injusticia que se cometió en nombre de la justicia, 
la primera minúscula inmoralidad en nombre de la moral, 
siempre significarán el seguro camino del fin.

Con el año que está a punto de cerrar las puertas, la lectura de la prensa se convierte en un agónico sinvivir. Esta mañana, con una temperatura que apenas alzaba el termómetro por encima del cero, las hojas del periódico pesan más que otras veces, quizá porque empujados por el pesimismo general en el que vivimos, somos incapaces de destacar lo bueno y son las desgracias las que se hacinan unas sobre otras, un día tras otro, sin darnos tregua. 
Estamos a punto de tachar el último día del calendario y nada cambiará sustancialmente en la vida de casi nadie. Sin embargo, como en aquellos programas de año nuevo, pienso en los niños que nacerán con los primeros minutos del nuevo año, criaturas a las que les espera todo, lo bueno, lo malo y un mañana que lo que hemos llegado a la edad adulta vaticinamos como más que confuso, más que difícil, más que oscuro. Sin embargo, somos los que peinamos canas a los que, por responsabilidad universal, nos corresponde poner algo de luz en ese mañana que está por llegar antes de pasarles el testigo. 
La historia de la humanidad no puede escribirse desde el oscurantismo de la maldad, o al menos eso creo, a pesar de los cientos de miles de acontecimientos que parecen mostrar lo contrario. Hace unos días, en una red social leía un fragmento que decía: “la mayor creación de la inteligencia humana no es el arte, ni la ciencia, ni la tecnología. La mayor creación de la inteligencia humana es la bondad”. Sin embargo, pese a lo bonito de la composición, no estoy de acuerdo, la bondad nada tiene que ver con la inteligencia humana, no se crea en absoluto. La bondad es una de las características con las que nacen todos los seres humanos. Todos, absolutamente todos, nacemos con ella (de eso estoy segura) y es la edad, la vida, la mala leche, la que la hace añicos. Solo los más valientes consiguen conservarla intacta.
He conocido la maldad en toda la extensión de su palabra, pero también la bondad extrema. Sé de la virulencia de la primera y del gran error que es dejar que campe a sus anchas. La responsabilidad nos llama a todos y aunque ya no nos quede un ápice de inocencia y sepamos que estamos a merced de una maldad que vaga libre, debemos armarnos de valor (no solo por nosotros mismos sino también por los que acaban de llegar y los que llegarán con los últimos estertores del año que acaba y la primera respiración del que llega de nuevo) y ponerle cerco antes de que acabe con todo. Conservar la bondad, como una de las mejores cualidades del ser humano, requiere un esfuerzo tenaz y ese debe ser nuestro trabajo, nuestro legado.

Feliz año nuevo.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

NAVIDAD



"No está en mi naturaleza ocultar nada. No puedo cerrar mis labios cuando he abierto mi corazón".


De los once que habitualmente nos movemos pasillo arriba pasillo abajo, que trajinamos papeles como si no hubiera una mañana, somos tres los que seguimos aguantando el barco. Dos por devoción mal entendida y uno por obligación (es lo que suele pasar con el grumete). Los teléfonos guardan silencio, los teclados suenan más livianos de lo habitual y Bill Evans recorre las dependencias, colándose por todos los rincones gracias a que hoy, día de Nochebuena, las necesidades se relajan y hay tiempo para entretenerse un poco más de lo habitual.

Llegué a esta casa hace apenas siete meses. Un cambio importante que precedía a otros cambios anteriores que ahora, vistos con la perspectiva del tiempo y de las circunstancias, parecen un previo a modo de ensayo.  ¿Quién me iba a decir que este 2014 iba a ser el año en que acabaría cerrando un círculo que comencé hace un buen puñado de años? La vida es compleja y casi siempre increíble. Sé, porque lo he visto al llegar esta mañana que, pese a que la gran mayoría de los que nos movemos por esta casa han desertado en pos de las lucecitas navideñas, las compras de última hora y los niños que no hay lugar en el que colocarlos, este mediodía brindaremos por la buena estrella y la buena fortuna que a veces nos trae la vida, más en lo inmaterial que en cualquier otra cosa.

Quedan apenas unas horas para que las familias se reúnan alrededor de la mesa. La mía este año es más pequeña de lo habitual (cosas de la vida, también). Y aunque, como esta mañana decía, la que suscribe echará de menos a los que no están, una tampoco olvida que es Navidad y que esos que  sí que están se merecen que estemos de verdad. Así que disfruten centrando la atención en los que tienen cerca, intenten alegrarles la vida, aunque una parte de su corazón se contraiga y ustedes sepan el por qué.

Feliz navidad.