martes, 15 de abril de 2014

ARENA


“Las traiciones durante la guerra resultan infantiles
 comparadas con nuestras traiciones en tiempos de paz.
 Los amantes, primero se muestran nerviosos y tiernos
 hasta que lo hacen todo añicos, porque el corazón es un órgano de fuego.”


Tal vez fuera en abril, aunque puede que fuera en julio, o tal vez en septiembre.  Creímos que el mundo estaba a punto de explotar.  Y explotó.  El tiempo lo ha ido desdibujando todo y apenas puedo precisar lo sucedido entonces, solo que la vida viró en sentido inverso a su giro natural. 
Aunque ahora no tiene la menor importancia, sólo me preocupa que el paso de los días me deje sin algunos de los recuerdos que quiero creer que valieron la pena. 

En mi cuaderno de bitácora solo queda un borrón, algo de arena tibia y debajo no puedo asegurar que esté tu nombre, un nombre que en realidad ni tan solo soy capaz de recordar, pero que aun sé que existe.


lunes, 14 de abril de 2014

MONOLOGOS INTERNOS


"Una nación que gasta más dinero en armamento militar
 que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual."


Cada treinta minutos entra por la puerta una persona que aboca un sinfín de problemas y angustias para los que no tenemos recursos y por tanto, pocas soluciones. Los que codo con codo nos batimos el cobre con la desesperanza hemos pensado en cambiar el nombre del servicio. Hace algún tiempo, los políticos decidieron ponerle uno muy rimbombante y progresista, pero por obra y gracia de los recortes, aquella “cosa” tan innovadora que iba a traer seguridad, cooperación y tranquilidad al ciudadano, se ha quedado en menos que cero. Hacemos lo que podemos y eso se circunscribe, en la mayoría de ocasiones, a escuchar a quien tenemos enfrente, hacerlo con verdadero interés y no juzgar las decisiones que esa gente que acude angustiada, porque no queda otra, se ve en la necesidad de adoptar.

Dicen los que entienden sobre recursos humanos, que las personas que trabajan con “material sensible”,  material humano para ser más concretos, precisan, para que el grupo funcione, que no se desmorone y de un buen servicio, que se les cuide y se les de soporte y áreas de recuperación incluso emocional. Intentar que  formen una piña compacta, unida, pero conseguir algo así, una base solida, es tan difícil como hacer pasar un camello por el ojo de un alfiler. Pero, en esto, aquí, al menos hemos tenido suerte.

En los últimos meses esa capacidad de escucha la hemos desarrollado de un modo espectacular, hemos bordeado los límites de las condiciones de trabajo para que quienes nos buscan pudiera sacar, ni que fuera por un instante, la nariz fuera del agua para tomar aire y poder seguir buceando, mientras llega la tan cacareada mejoría. Recomendar trabajar en la economía sumergida no es políticamente correcto pero es socialmente necesario cuando las cosas están como están en este momento. Por eso no me duelen prendas cuando a alguien le digo que no pague determinadas cosas, impuestos o tasas por ejemplo, porque primero está el comer, o cuando tengo que suscribir o rubrico algunas cosas que a otros les parecen una temeridad.

En estos momentos no tenemos nada, y cuando digo nada, es nada que ofrecer en cuanto a recursos económicos para solventar los dramas que caen cada ciertos minutos como los granos de arena del reloj imaginario que manejamos. La magia no existe y los poderes sobrenaturales tampoco, por eso los problemas que llegan han conseguido convertirnos en perfectos escuchantes y en elaboradores de soluciones imaginativas que sostienen la precariedad de muchos, como se puede, intentando que no pierdan la dignidad, ni la esperanza. De vez en cuando el encaje de bolillos del “oye, yo tengo a alguien que...” con un “acabo de ver a fulanito que puede...", funciona y lo que parecía imposible se convierte en una realidad aunque se sostenga sobre unos mimbres flacos y un tanto secos.  

Dicen que las cosas están cambiando, dicen que vamos a mejor, pero yo no lo veo, y lo que es peor, ni siquiera lo creo.  Solo sé que sigo escuchando, poniendo parches, bordeando el límite para que el que asoma la cabeza por mi cubículo, en el que ya solo tengo un teclado y un par de oídos, crea y confíe en que nuestro servicio sirve para algo, aunque los que mandan, los que de verdad deciden, crean que ya no servimos para nada nos tengan en el limbo de lo prescindible.





domingo, 13 de abril de 2014

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (V)


“Tienes que divertirte. En el fondo no ha cambiado nada. Ahora no tienes ningún compromiso con nada, ni con nadie. Es la felicidad completa”. Frases por el estilo que te repiten una y otra vez, como si fueran un salmo, esperando que te entren en la cabeza y te transformen en algo que los demás creen que no eres, o que eres pero que ahora no eres. Respondo que sí, que lo sé, aunque me da igual lo que digan, llevan semanas sermoneando con discursos que ni ellos se creen. 

Sé lo que no quiero pero aun así aquí estoy, sin saber demasiado bien si la que está soy yo o la que otros quieren que sea. Esperan que mañana les confirme que por una noche me he transformado en una zorra absoluta. Porque la libertad y el divertimento cuando te han dado la patada se transforma en algo que debe de convertirte en una desinhibida del que todo el mundo se enorgullezca. Como si acostarte con cualquier cosa fuera una muestra de la superación de la ruptura, de la apatía.

Se ha hecho tarde casi sin querer, pero no ha está mal, al menos ha sido agradable, el vino bueno y la conversación interesante. Ahora su mano se desliza entre mis muslos y le dejo que juegue un rato, que se entretenga, que sus dedos devuelvan un poco de gracia y humedad a mi entrepierna. Pero no siento nada. Debe notarlo porque su lengua se vuelve cada vez más ávida, como si espera encontrar en mi boca el resorte que no encuentra dentro de mi vagina; y yo, un poco ida por la maría del cigarrillo que me fume al terminar la última copa, peleo con los botones de su vaquero con la torpeza de una primeriza y el desinterés de saber lo que me voy a encontrar. El que se lo está pasando en grande es el taxista que sube el volumen de la radio para disimular los ecos de un mal revolcón. Lamentable a su edad, a la mía y a la del mismo conductor.

Alguien va a pagar la carrera y voy a ser yo. Dejaré un par de billetes sobre el asiento en cuanto me baje, que va a ser en el próximo semáforo, que el coche siga y se lleve a mi compañía a aliviarse como pueda.


Mañana tengo que ponerme una mascarilla, no solo para el pelo; vaciar el buzón de voz y pasar por la farmacia a por una caja de preservativos y unos antidepresivos.


jueves, 10 de abril de 2014

¿HAY ALGUIEN AHÍ FUERA?


- ¿Houston podría estar malinterpretando los datos?
- Bueno, no estamos recibiendo ningún dato.


No soy ni la primera ni la última persona a la que le roban nada. Así que no debería lamentarme en exceso porque mi teléfono haya abandonado el bolsillo de mi chaqueta y esté ahora entre las manos del tipo al que de un modo nada violento, todo muy sutil. Sólo  un levísimo roce en el costado que no he interpretado más que como el desliz del que sin querer, con las apreturas del lleno, acaricia el tejido de otro exento de toda libido. Y sí, sin libido habrá sido, pero con un evidente ánimo de lucro y de jodienda personal. Ha sido rápido, casi evanescente como un suspiro, pero terriblemente gravoso como un tiro certero. He perdido toda la agenda personal, profesional, anotaciones, próximos eventos y compromisos de trabajo que viajaban con él.

Solo me queda el consuelo de a estas horas el autor de ese hurto, que me ha dejado desconsolada, no tiene más que una carcasa y una tarjeta muerta. A veces hay que ser tan rápido como ellos, o al menos, intentarlo.


Ahora vago por el universo más ligera de equipaje aunque, debo reconocer, se hace francamente raro. Si alguien quiere algo, ahora de verdad, va a tener que silbar o enviarme una paloma mensajera.


martes, 8 de abril de 2014

KELSHAN


“No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están”.


Nada me desagrada más que el frío de Kelshan. Aun no sé qué hacemos aquí, en realidad, que hago yo aquí. Debo haberlo murmurado un punto más alto que lo que mi consciencia reconoce porque de inmediato intentas explicarme que es por la crisis, estamos aquí por la crisis. Tiene gracia que precisamente tú me hables de crisis, de debacle internacional, y aún tiene más gracia, cuando lo haces mirando por la ventana de este lujosísimo hotel que alguien pagará por ti, por mí y por los cinco más que venimos por esas cosas de la crisis. El tono irónico de tus palabras te convierte, sin lugar a dudas, en alguien absolutamente aborrecible.

Naturalmente, sonrío sin ganas, me va en el cargo, y lo hago esperando a que del cielo encapotado de esta ciudad del norte descienda un rayo y te parta por la mitad. Nada me gustaría más. Las tormentas secas, eléctricas, no entienden de crisis por eso, aunque sea de un modo ridículo, confío en ellas. Cuento los días que nos quedan para regresar, los días que aun tendré que cubrirme con tantas capas de ropa que ni yo misma no me encuentre debajo de ellas.

Me pides un café y que vaya a por tus cigarrillos, una impertinencia por tu parte. Pero tengo ganas de perderte de vista y tampoco tengo demasiada opción. Salgo a la calle para que tus deseos, que se convierten en órdenes en virtud del salario que me pagas, se hagan realidad. 
Es difícil caminar sobre la patina de hielo que deja este frío atroz, pero puede que tenga suerte y después de recorrer arriba y abajo este desolado bulevar, conserve mi cuerpo en buen estado, helado pero entero.

Debería aprovechar y llamarte, explicarte que esto no fue una buena idea. El norte siempre será el norte, y un imbécil, simplemente, será siempre un imbécil. Por eso te echo de menos, a ti, a tus tostadas, a tus caricias un tanto atolondradas y al sol de invierno.

Nunca creí que pudiera ver una aurora boreal en el mes de diciembre, simplemente porque durante ese mes nunca existen, ni pensar que con un simple mensaje de texto mi vida cobrara un sentido mediano entre tanta mundanidad rota.


domingo, 6 de abril de 2014

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR


Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones, se cierran igual que empiezan. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree. Julio Medem en su película “Los amantes del círculo polar” también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final



Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una Ópera clásica. La primera de ella nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, un juego intrascendente, unirá a los padres de los dos niños. En una segunda parte, el despertar sexual del amor adolescente, del amor prohibido de los que conviven como hermanos, sin serlo, haciendo creer al mundo que no se importan cuando la vida de uno pende de la del otro, ya en ese momento. Durante la tercera y última parte de la película, los Ana y Otto siguen ocultando su relación aunque la viven de una manera estable. Un acontecimiento dramático le alejará y como no puede ser de otro modo, el tiempo servirá para amortiguar pero no para olvidar. Ella se convertirá en maestra, trabajará en la misma escuela en que los dos se conocieron. Él se hará piloto. Cada uno por su lado mantendrán relaciones sentimentales ruinosas sin olvidarse jamás. Un mañana plagado de amantes que no se concretan en nada, parejas que doblan la edad y que postergan la felicidad para un mañana que no va a llegar.  

Pero la vida es circular y uno y otro, de manera inconsciente, seguirán buscándose, porque la necesidad no cesa aunque uno lo quiera. Ana escapará al círculo polar ártico y allí vivirá días en las que las noches no existen, esperando, lejos de todo, recuperarse a sí misma. Otto seguirá volando, trabajando para el servicio aéreo postal de la zona. Ambos sueñan con un reencuentro y un cúmulo de casualidades desastrosas, mientras la búsqueda interior y la de uno y otro espera, llevarán al dramático final de su historia, como no podía ser de otro modo.



Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser los amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. La dependencia de lo que no se controla adormece y al final mata de pura perplejidad. 

¿Quién no ha vivido una historia que por excesiva incluso ahoga? Los humano nos parecemos todos por eso somos capaces de llorar con Ana y sentir el abrazo invisible de Otto mientras esperamos frente a una laguna  que nos queda tan lejos y tan cerca a la vez.

¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine que es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que podemos sentir lo que ellos siente; vivir lo que ellos viven. Y es esa misma magia la que nos permite, cuando la pantalla se funde en negro, volver a ser un poco más nosotros a fuerza de haber sido otro durante no más de dos horas. 


“Los amantes del círculo polar” es una película fascinante, llena de silencios que lo dicen todo. El círculo perfecto.


miércoles, 2 de abril de 2014

POLVO


Mezclar lo tuyo con lo mío y que al final lo que resulte sea tan aburrido que no quede otra opción que lanzarlo a la hoguera o guardarlo en un cajón para que el polvo y las polillas acaben con ello. 


"Hay mucha poesía en los abandonos, vuelves a pensar mientras escuchas el hondo rumor guerrero del Pacífico. Y recuerdas unos versos de Philips Larkin, donde puede leerse que en el fondo detestemos nuestras habitaciones, con sus trastos especialmente elegidos por nosotros, con esa leve bondad de los libros y la felicidad de la almohada propia y nuestra vida tan perfectamente en orden."

-El mal de Montano-


domingo, 30 de marzo de 2014

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (IV)


"Odioso para mí, como las puertas del Hades,
 es el hombre que oculta una cosa en su seno y dice otra".

Cuando los discos eran de vinilo cabía la posibilidad de lanzarlos contra el suelo, romperlos con furia, llorar hasta inundar los surcos y dejarlos muertos. Ahora solo queda el lamento digital. Tengo que ir a trabajar. Dos días, cuarenta y ocho horas después, sobre la cómoda sus llaves, la nada y el resguardo de la tintorería. Dos chaquetas, un pantalón, una blusa y una gabardina. A la vuelta lo recogeré todo. Lo suyo lo dejaré sobre la silla, esperaré a que por arte de magia desaparezca, aunque sé que antes de que eso ocurra se derretirán los casquetes polares. Del gris marengo al azul marino y vuelta a empezar.

Buscar un poco de felicidad para ahogar cualquiera amago de desánimo. Pero la tristeza es tenaz y maneja la rutina con la habilidad de un prestidigitador de tercera, intenta esconderse sin demasiado éxito y acaba mostrando el hocico. La tristeza es como el agua, fluye y empapa, te convierte en algo resbaladizo, inaccesible. Ahora falta aire y sobra agua.

Tengo que cambiar la placa del buzón. Mañana la encargaré, compraré un emparedado de atún con mayonesa, una botella de vino; y un cepillo para el cabello que, en silencio, ofreceré como sacrificio a los dioses para que me concedan el sueño tranquilo.


miércoles, 26 de marzo de 2014

PRÓXIMA PARADA: LEXATIN


“Extraño ser de un universo donde el pepinillo es la cumbre de la sofisticación".

mudanza.
1. f. Acción y efecto de mudar o mudarse.
2. f. Traslación que se hace de una casa o de una habitación a otra.
3. f. Inconstancia o variedad de los afectos o de los dictámenes.
4. f. Cierto número de movimientos que se hacen a compás en los bailes y danzas.
5. f. Mús. Cambio convencional del nombre de las notas en el solfeo antiguo, para poder representar el si cuando aún no tenía nombre.


Dicho lo anterior, pocas veces uno sobrevive íntegramente a una mudanza. La mía, que ha empezado hoy, bautizada (como toda gran batalla, tormenta o huracan que se precie) con el nombre de "Operación Moñigón el último", si todo va bien, terminará el mediodía de este próximo sábado.
Mudo con la primavera, y debe ser por la primera: la mudanza; y por la segunda: la primavera, todo ello junto y en comandita, que tengo la sangre que me circula a una velocidad de vértigo que, a ratos sí y a ratos también, me lleva de acelerón en acelerón y de soponcio en soponcio. Cuadrarlo todo, para que el lunes todo funcione sobre ruedas, solo se puede calificar de "Infierno".

De las cinco acepciones que la Real Academia Española me ofrece cuando me planto ante el término "Mudanza", puedo prometer y prometo (sirva de homenaje al recién fallecido Adolfo Suárez), que ando con las cinco a la vez, todas ellas a retortero. Navegando en tiempos revueltos, convulsos e intrínsecamente complejos, ahí estamos.

C’est la vie. Lo dije desde el principio de esta cibervida y así sigue siendo.




sábado, 22 de marzo de 2014

DÍAS DE VINO Y ROSAS


Blacke Edwards y Henry Mancini, una combinación explosiva en el mundo del cine. Han sido muchas las ocasiones en las que el tándem “Edwards-Mancini” se ha puesto en marcha (“La pantera rosa”, entre otras) y, sin embargo, procurando no menospreciar ninguna de las obras que ambos genios han realizado, me quedo con “Días de vino y rosas”. Un clásico entre los clásicos del cine dramático. Premiada hasta la saciedad: Oscar a la mejor Canción, Golden Laurel en la categoría de Drama, mejor actriz y actor dramático, premio Concha de Plata del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, son una muestra de algunos de esos premios.

Que la vida es pendular, que los seres humanos vamos de un extremo a otro en determinados momentos de nuestra vida, no es ninguna novedad. Perderse en la ínfima línea que separa la felicidad desmedida de los infiernos más profundos, arrastrados por la poderosa fuerza del amor enfermizo, es una realidad tan cierta como que la tierra es redonda. 
“Días de vino y rosas” muestra todo eso en la pantalla, y lo hace desde la apasionada interpretación de Jack Lemmon (Joe Clay) y de Lee Remick (Kristen Arnese). 


Joe Clay, un representante de vida chisposa y sumida en el alcohol, conoce a la joven y anodina Kristen Anersen. Se enamoran perdidamente. El matrimonio y una convivencia presidida por los apasionados momentos que el amor les proporciona, combinados con el horror más espantoso al que el alcohol les arrastra, convertirán su vida en un infierno de infelicidad y mentiras. Anersen, inicialmente reacia a sucumbir a los paraísos artificiales por los que termina vagando Clay, se verá arrastrada a ellos, perdiéndose definitivamente en un mundo inexistente con olor a ginebra. Y ahí quedará, sola, cayendo por la pendiente de un vacío destructivo, porque Clay dejará atrás la bebida sin conseguir que su esposa le siga esta vez.


¿Es posible pasar de la alegría desmedida y artificial, a las ganas de morirse y terminar con todo? ¿Es posible vivir en el terror más absoluto del qué pasará mañana? Pues lo es, en el cine, como en la vida, todo es posible, pero estos tránsitos vitales en la ficción sólo pueden llevarse a cabo cuando para mostrarlos se cuenta con grandes actores. La interpretación de Jack Lemmon es genial. Sus registros en el cine son múltiples y variados y es capaz de hacernos desternillar de la risa ("Con faldas y a lo loco") y al tiempo, con un rotundo cambio de registro, en un estado de shock ("Días de vino y rosas"). Su interpretación en esta película es desgarradora. En una de las escenas Clay (Lemmon), completamente enloquecido grita su desgracia bajo la lluvia, una escena que muestran la capacidad dramática, a veces olvidada, de este gran actor.

Si alguien ha vivido de cerca, en la manera que sea, el horror de las relaciones dependientes, del infierno de la vida mediatizada por el color de la última copa que se tomó, de las resacas insoportables, del miedo a perder el control y no reconocer ni siquiera la cama en la que se encuentra al despertar, de las mentiras como sistema, comprenderá que ésta, y no otra, es una de las mejores películas que muestra estos infiernos personales.

“Días de vino y rosas” nos sitúa al borde del abismo para que, una vez en el filo, nos asomemos con cuidado, nos horroricemos con el infierno de otros y volvamos a nuestra realidad mirando de reojo a cada uno de nuestros costados.

Una película grandiosa, tanto como Jack Lemmon, tanto como Blacke Edwards, tanto como Henry Mancini. Tremenda.