martes, 22 de julio de 2014

EN REALIDAD, NO ME IRÍA SIN TI



"Entre tú y yo siempre ha estado siempre presente mi mujer. Entre mi mujer y yo has estado tú presente, y eso me ha servido para darme cuenta de lo mucho que la quiero a ella. La tercera persona, Claire. En toda relación hay que buscar siempre a la tercera persona."


No acostumbro a hacer recomendaciones literarias, y no lo hago por muchos motivos. El primero de ellos es cierto pudor. El resto va desde la incapacidad para conseguir transmitir a otros el entusiasmo o la gran decepción, o incluso la indiferencia, que me puede producir un libro; pasando por la pereza que yo misma me produzco y terminando porque soy la peor persona del mundo haciendo reseñas. Las cosas son así. Pero pese a ello, pese a que recomiendo muy poco, esta vez no me queda más remedio que hacerlo. Y hacerlo empezando por señalar que las críticas que se hacen a la literatura que se escribe en este momento, tildándola de bufa, vacía y poco elaborada, es muy injusta.

Hace unas semanas Ediciones Alfabia publicó el último libro de Álvaro de la Rica, "No te vayas sin mí". Una semanas que los que seguimos los libros de Álvaro estuvimos expectantes y un tanto desconcertados, porque después de su anuncio y su presentación, la novela  fue retirada de las librerías. Por suerte, en poco tiempo, el percance que fuera que llevó a su salida de las estanterías se solucionó y actualmente no hay problema alguno para conseguir un ejemplar de su libro.

"No te vayas sin mí" es una novela difícil de catalogar porque, a primera vista, uno podría pensar que se encuentra frente a una novela que trata sobre la historia de un hombre y una mujer que luchan y buscan su posición en el universo del otro, pero es mucho más que eso. Es una novela sobre sentimientos, sobre las terceras personas, sobre las complejas relaciones personales. Estamos frente a una historia que guarda tanta intimidad dentro de su trama, tan reconocible, que es imposible no sentirse vapuleado hasta el tuétano a medida que uno va avanzando por ella. Somos todo y no somos nada.



Acercarse a la novela de De la Rica requiere tranquilidad de espíritu y un paréntesis sosegado en la vida porque si el lector en el momento de acercarse a ella se debate sobre el alambre de las relaciones sentimentales, sobre el complejo entramado de las personalidades embriagantes, puede acabar con un nudo en la boca del estómago que le impida digerir ni que sea un vaso de agua fría. 
Pero uno solo puede saber que se precisa llegar a su lectura en ese estado de tranquilidad personal, cuando se ha sabido subyugado, entregado y derrotado por la novela que la precedió en el tiempo, "La tercera persona" (de la que es continuación la que ahora les recomiendo). No hacerlo con una mínima paz de espíritu puede suponer que el lector se desangre por sus propias costuras.

No podría decir si estamos frente a una novela que gira entorno al amor o al desamor. O si gira alrededor de los encuentros que se convierten en tremendos desencuentros, o si estamos frente una novela que nos habla sobre la necesidad de sobrevivir a toda contingencia emocional. Sinceramente no lo sé, puede que se trate precisamente de todo ello a la misma vez.

Ambas novelas, "La tercera persona" y "No te vayas sin mí", no son de fácil trago en lo emocional. Pero ya que hoy la cosa va de recomendaciones, puestos a recomendar, les recomiendo la lectura de las dos novelas, aunque para comprender y poder seguir la segunda, no sea imprescindible haber leído la primera. La escritura de Álvaro de la Rica emborracha, emociona y noquea aunque aparentemente utilice un lenguaje sencillo y próximo. Pero solo es una sencillez engañosa, de manera que con toda seguridad, se empiece por la que se empiece, el lector quedará atrapado por la escritura de este novelista.



Entramos en esa época del año en que se hace acopio de libros para leer. Sin embargo, no es la playa, al menos no en agosto bajo un sol abrasador y cientos de miles de personas rondando alrededor, el lugar más adecuado para adentrarse en el universo de Claire y Jacob, los protagonistas de las dos novelas que se mencionan en este texto. Puestos a escoger, para la lectura de "No te vayas sin mí", escogería una habitación solitaria, con la ópera Lákme sonando de fondo, y cerca de una ventana cubierta del vaho del invierno.

Les dejo un fragmento:

"Claire, no sé muy bien como despedirme de ti. Sobre todo porque se trata de una despedida definitiva. Tú misma has dicho que yo no formo parte de lo que comenzó a mi alrededor y con mi concurso. Qué duro es despedirse de alguien cómo tú. En realidad ya lo he hecho hace tiempo y cualquier cosa que escriba para finalizar esta carta será una pura formalidad. Pero me gustaría que supieras que para mí has sido alguien. Como una estrella nocturna brillando en el cielo. Una guía. Un resplandor que se ha metido dentro de mí. Eres la persona de la que no me olvido. Tuyo, Jacob."



lunes, 21 de julio de 2014

COSAS QUE A VECES PASAN


"El campo de batalla sólo revela al hombre su propia locura 
y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y tontos."



No tienes que representar ningún papel conmigo, Steve. No tienes que decir nada ni hacer nada. Sólo silba. ¿Sabes silbar, no? Juntas los labios y soplas".

Nadie dijo que tuvieras que ser siempre como Marie 'Slim' Browning en “Tener y no tener”. La vida no es cine. La vida es un mañana que nunca llega, una cuerda que se deshilacha mientras tiras de ella, y un pozo en el que apena queda agua fresca. Eso y poco más. 





sábado, 19 de julio de 2014

EN LA CIUDAD



Los poetas y los filósofos tienen lazos secretos con los dioses y los demonios.


Esta mañana el cielo está cubierto. Mirado hacia el norte, se ve bajando desde el Tibidabo una bruma que al llegar a la parte baja de la ciudad se transforma en un bochorno irrespirable, pegajoso, pesado. Salgo a caminar antes de que las agujas del reloj me indiquen que debo abandonar el ocio para dedicarme a algo que se supone mucho más importante aunque no lo sea, pero que al final, importante o no, se convierte en el pan que llevamos a casa. Un paseo sin destino que me convierte en el objetivo de mi propio envite endiablado. Es difícil imaginar las cosas que nos pasan a cada uno por la cabeza, el motivo por el que en un momento dado alguien rompe amarras y se aleja sin que el otro haya tenido capacidad de colocarse en un nuevo sitio. La vida es complicada, a veces.

Me cruzo con un par de ciclistas que corren por las aceras como gamos y cuando creo que voy a terminar en el suelo me sortean casi sin sentir.  A estas horas la ciudad parece abandonada y nada presagia que en unas horas los extranjeros tomarán las calles, convirtiéndonos  a los paisanos en extraños en nuestra propia casa. Mostramos al mundo las bondades de una postal que al acercársela para contemplarla mejor desprende aroma a orín y cierta decadencia resplandeciente, una especie de engaño mágico del que es fácil quedar prendado porque lo feo, lo triste, lo contradictorio queda escondido bajo la alfombra. A veces quedar atrapado entre dos mundos, el real y el que se muestra, es ciertamente una mala faena.







martes, 15 de julio de 2014

DANDO TUMBOS


"Volvió a aflojársele el interés. Bebió más ginebra."


En el cajón encuentro una biblia y una flecha que apunta a la Meca.  En la habitación, además de tres camastros hay un cuadrito de Buda que decora la estancia que el sol calienta hasta convertirla en un horno. Es la única habitación que encontramos en Fanishwi, en el único hotel de todo el pueblo. No es más que una pensión de tres al cuarto pero nos parece una mansión después de días combinando trenes, estaciones y aeropuertos maltrechos. Va a hacer su función, peor que mejor, pero su función a fin de cuentas. Un techo, un camastro y un rincón donde aparcar las botas. No tiene baño, lo compartimos con los dueños de la casa y con algunos inquilinos que descubrimos tumbados en las hamacas de sus cuartos abiertos a los cuatro vientos. Son trabajadores del ferrocarril según deducimos, aún no sé cómo. Somos los únicos extranjeros y eso nos da el privilegio de contar con una llave para poder cerrar el baño cuando queramos usarlo.

A la caída del sol, cuando parece que el calor empieza a dar un poco de tregua,  salimos a la puerta de la calle. Nos invitan a un refresco que aceptamos por cortesía y con la seguridad de que si lo tomamos estaremos estomacalmente muertos. Nos ofrecen unas sillas de enea, como si estuviéramos en cualquiera de nuestros propios pueblos, y entre ellos se ríen sin que entendamos nada. Nos miran con caras complacientes y asienten cada cierto tiempo como si estuviéramos manteniendo una conversación fluida. Su extrema amabilidad lo hace todo sencillo, aunque tremendamente misterioso.

Tengo que encontrar una oficina de correos, en casa esperan noticias, pero aquí, en este curioso rincón del mundo, dar con ella va a ser toda una odisea. Dibujo en un cuaderno un sobre y un avión, y lo muestro como si fuera una obra de arte importantísima. Intento explicarles, con unos trazos más bien malos, que necesito enviar unas cartas pero no consigo hacerme entender, o eso me parece. ¿Qué sabrán aquí de aviones, ni de cartas, cuando todo está al alcance de la mano? Una nueva conversación se inicia entre las seis personas que ahora ya se agolpan a nuestro alrededor. Soy incapaz de comprender absolutamente nada, discuten entre ellos dando voces y por un momento me pregunto en qué va a terminar esta reunión y si realmente comprenden qué es lo que busco. Un corro de gente se forma frente al portón, nos hemos convertido en un espectáculo sin quererlo. Sonríen y hablan cada vez más alto, como si de golpe todos nos hubiéramos vuelto sordos. Las mujeres, las más resueltas, aprovechan el barullo y se acercan de un modo cauteloso, con los dedos preparados para pasarlos por nuestras caras en cuanto hacemos un gesto afirmativo con la cabeza.  Es nuestra piel blanca, las pecas, una rareza pocas veces vista por aquí. La tentación es grande, pero mis dedos, menos avispados o atrevidos que los suyos, se entretienen sobre mi regazo para no cometer la osadía, que podría ser malentendida, de pasar mis manos por sus caras curtidas por el sol. Pero la boca desdentada de una mujer nos sonríe como si esa sonrisa fuera la llave que da paso a poder tocar su rostro que está tan arrugado que bien podría tener cien mil años. 








lunes, 14 de julio de 2014

PORGY AND BESS


Desde el pasado viernes y hasta el sábado 19 de julio, en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, se representa “Porgy and Bess”, la ópera jazz de George Gershwin, interpretada por el coro de la Ópera de Ciudad del Cabo junto con la Orquesta sinfónica del mismo teatro, y dirigida por Tim Murray. “Porgy and Bess” fue en su momento una ópera rompedora, vetada en numerosos teatros del mundo por aquello de que la ópera no era cosas de negros. Cosas de la estupidez humana. La trama es una historia de amor que se sucede en un barrio pesquero de Charlestown (Carolina del Sur) a mediados de los años 30, entre la comunidad afroamericana. Una historia que mezcla el crimen, la pasión, la fidelidad y la dignidad. 
Sobre el contenido y desarrollo de cada uno de los tres actos que la componen pueden encontrar información en cualquier lugar. Es una obra mundialmente conocida, tanto en lo musical, como por la novela escrita por Heyward DuBose y en la que se basó el musical. "Summertime" y "I love you Porgy" son dos de sus piezas más reconocidas

Este sábado noche tuve el enorme placer de asistir a su representación. Una auténtica gozada para el oído, que no para la vista. No porque la puesta en escena no estuviera bien, que lo estaba, sino porque la butaca de la que disponía era nefasta. Encaramada en el quinto piso del teatro, en la segunda fila de éste, y ladeada de modo que medio escenario quedaba escondido a mi visión (salvo que permaneciera en pie durante las tres horas que duró la representación), me impidió disfrutar plenamente de la obra. Me conformé con que fueran los oídos quienes lo hicieran y dejé de cuestionarme absolutamente nada más, al menos mientras estuve allí.
Sin embargo, soy del género tozudo y a la salida no pude dejar de preguntarme sobre la conveniencia de adquirir entradas que no garanticen poder disfrutar ampliamente del espectáculo por el que se paga. Y aquí es donde se centra el tema  de este texto, sobre el coste de algunos espectáculos y su consecuencia sobre ellos.

En este caso, el precio de las entradas oscila entre los 9 euros (nunca he visto entradas a la venta por ese importe, las debe tener guardadas bajo llave y no las sueltan ni en peligro de extremaunción) y los 139 Euros (de las que se puede encontrar las que uno quiera). Cierto es que entre ambos extremos las hay de 19 euros, 29 euros, 44 euros, 59 euros y 89 euros. En este grupo, de las primeras hay muy pocas, muy buscadas y están colocadas en los lugares más inhóspitos del teatro, del resto pues las hay, de más y de menos.

Cuando compré las entradas, hace ya bastante tiempo, lo hice a través de internet. Y con independencia de que ni mi economía en estos momentos, ni mi conciencia, me permite desembolsar los 139 Euros de las supuestamente butacas buens, lo cierto es que en el momento de la búsqueda el aforo estaba completo, salvo en las entradas de mayor coste. Apenas quedaban localidades. Pocos puntitos verdes entre un mar de puntitos rojos que hacían presuponer un “completo” para la función del sábado noche. 
Pero ya antes de los avisos del pronto inicio de la representación, y también durante el entreacto, puede observar que, salvo en el gallinero que estaba completo, las clapas vacías en el aforo del teatro no eran pocas. Solo la platea, donde los abonados son legión, se veía llena. Algo no va bien, o el personal, pese al pago realizado, había desistido de acudir a última hora, o es que, tal vez y sin que pueda asegurarlo, cuando intentan vendernos las entradas por internet nos mienten, dejando solo al alcance del espectador las más costosas. Este es un tema que da para mucho hablar, pero no será hoy.




Sé que los montajes musicales y los espectáculos, en general,  tienen un elevado coste y sé que es muy difícil obtener financiación para los mismos y que gran parte de ellos sobreviven a base de la subvención. Pero sé también, porque no es la primera vez que lo veo, que los teatros (al igual que los cines), no se pueden llenar cuando los precios de sus entradas son intocables para una economía media.

Desde mi butaca económica de diecinueve euros (desde la que sólo veía parte del foso de la música y la esquina derecha del escenario), pude contemplar las butacas vacías a las que hacía referencia (las de coste medio/alto, y mejor visibilidad que en la que me encontraba), mientras que el gallinero (casi a tocar el cielo y de rascarle la cocorota a los dragones que culminan las lámparas del gran teatro), estaba lleno hasta la bandera. Esta situación pone de manifiesto que si las entradas de los espectáculos tienen un precio razonable la gente va pero, cuando por el contrario, el precio del papel se dispara, la imposibilidad acude a vaciar las salas.
A pesar de lo que se pueda pensar, la carestía de las entradas y el consiguiente vacío de las salas solo perjudica a los propios espectáculos, a la divulgación de la cultura y desde luego al espectador. Al final es el pez que se muerde la cola: Entradas caras, menos gente, menos dinero, menos representaciones, menos cultura, y así seguimos. Una pérdida más para todos.

No sé lo que ocurrirá durante los próximos días en los que la ópera seguirá en cartel. Pero si sigue la línea de este pasado sábado (el viernes había sido el estreno), los resultados, en cuanto al lleno del teatro, no creo que sean demasiado buenos. Y es una pena de verdad, porque en este “Porgy and Bess” el Coro de Cape Town trabaja fenomenalmente. Tienen unas voces espectaculares. Cuando el coro canta al completo están más que sobresalientes, pero hay que decir que, en general, son las voces de las cantantes femeninas las que se presentan mayúsculas, destacando la de Xolela Sixaba (en el papel de Bess) y la de Siphamandia Yakupa (como Clara). 

Alguien podría pensar que es una obra menor, interpretada por unos cantantes menores, pero no es cierto. Dos ejemplos de que no es así son las interpretaciones gloriosas del famoso “Summertime”, de Sixaba y Yakupa, que culminan la obra, aunque sin desmerecen el resto de interpretaciones.


Quizá los organizadores, o el teatro, o a quién corresponda (no sólo para esta obra, sino para las futuras) deberían repensar el tema del coste de las entradas y la distribución que se hace de las mismas. Quizás abaratándolas, sin que el espectador tenga que dejarse la hijuela, la pérdida para todos, en todos los sentidos también, sería menor. Y es que a la ópera hay que poder acudir con vaqueros y zapatillas aunque en escena brille el estrás y la purpurina.

viernes, 11 de julio de 2014

LÉGÉREMENT ROSE

                                                                                                
                                                                                            "El sol parece una boca"


Es difícil encontrar el lugar adecuando en el que colocarte. Aquí nadie mira a nadie, nadie escucha a nadie.  El rumor de un televisor amaga cualquier palabra, cualquier gesto. La nostalgia del Martini seco asoma por las esquinas y no hay donde guardarla. Bolsillos rotos que nos desmerecen, que rompen y pierden apuestas. Un perro ladra al sol y quema el desastre de no poder susurrante al oído “Le ciel est légérement rose”.



jueves, 10 de julio de 2014

MACMINE BRIDGE


"Y mientras el tren cruzaba Macmine Bridge en dirección a Wexford,Eilis imaginó los años venideros,
 cuando aquellas palabras significarían cada vez menos para el hombre que las había escuchado y cada vez más para ella. Casi sonrió al pensar en ello, después cerró los ojos e intentó no imaginar nada más".


El manido “las casualidades no existe” es un dicho al que recurro con frecuencia porque realmente creo que es así. Una cosa llama a otra, o la atrae, o la repele, pero no hay nada que se presente sin una motivación previa, o lo que sea previo. Lo creo de verdad. La vida de cada uno se conforma a base de los eslabones, a modo de cadena, que se van formando con las elecciones que realizamos en cada momento. Escoger una cosa u otra, relacionarse con unos o con otros, va a configurar el mañana de una manera muy precisa. No creo en la predeterminación de nada, pero tampoco en un azar misterioso y mágico que lleva a que las cosas sucedan porque sí. Nuestras decisiones, para bien o para mal, nos llevan a un futuro que poco a poco se dirige hacia el lugar en el que terminaremos, lo queramos o no, porque somos la consecuencia de nosotros mismos.

Si tuviera que explicar el motivo por el que esta tarde me hago esta reflexión podría simplificarlo en un: Al final nada fue casual, ni siquiera ésto que ahora escribo. Hace apenas unas semanas leía un artículo de Enrique Vila-Matas  en el que mencionaba a Colm Tóibín y  su modo de escribir. Pocos días antes había comprado un ejemplar de bolsillo de “Brooklyn” para leer en el AVE. Tres horas de ida y tres horas de vuelta, con el móvil apagado y sin que nadie te moleste, dan para mucho leer. Y leí intentando que mi ánimo no se viera influenciado, por Eilis*, por los giros que va dando su vida a fuerza de decisiones que parecen siempre adoptadas por otros que no sea ella misma, y por esa fotografía banal que cobrará una trascendencia simbólica con una carga vital absoluta. Difícil, sinceramente. Los que leemos leyendo de verdad tenemos complicado el abstraernos de lo que les pasa a esos compañeros de viaje que escogemos entre el papel si, como es el caso, el que lo escribe lo hace de un modo tan absolutamente bien que terminas incrustado dentro de la novela, colocado de un modo expectante sobre el hombro de alguno de los personajes, en mi caso y con “Brooklyn”, sobre el hombro de Eilis.

A finales de la semana pasada, recibí una invitación. Colm Tóibín estaría en Barcelona. Nada de literatura, al menos de la propia, y sí alguna referencia a la de George Orwell. Tóibín venía a casa para hablar precisamente sobre el “Homenaje a Cataluña” de Orwell, de su estancia en la Barcelona de 1.936, de los movimientos anarquista catalanes, del destino del POUM, de las posturas burguesas ante los cambios sociales de la época, de la transición de Orwell desde posicionamientos antifascistas a posicionamientos anti-stalinistas, de su huida a Francia antes de terminar en manos de unos u otros (al parecer, todos tenían algo por lo qué perseguirle). Continuó su charla hablando sobre la transición de este país, de su propia vivencia en el año 75, de la democracia que hoy nos duele por las costuras, y de la necesaria reconciliación entre los bandos de una guerra civil fratricida.




Debo decir que fue un absoluto placer escucharle, sobre todo porque más allá de lo anecdótico o incluso de la carga ideológica que su charla pudiera tener, hay algo que siempre es de agradecer a los buenos oradores y es que estén informados, sean capaces de provocar que cuando vuelvas a casa sigas pensando en lo dicho, aunque puedas no estar de acuerdo y extraer tus propias conclusiones. Sin embargo, cuando me preguntaron qué me había parecido la jornada, además de decir que total y rotundamente estupenda, no pude evitar decir que me había quedado con mi copla por dentro, con mi necesidad de agarrarle de la pechera, con la intensidad que mi propia comezón demanda, y preguntarle: ¿Cómo se puede escribir algo como “Brooklyn” y no morir en mitad del camino? La casualidad no existe y yo estaba allí para preguntarle sobre ello, debí preguntárselo allí mismo, lo sé.




* Eilis es la protagonista de la novela "Brooklyn" de Colm Tóibín.


sábado, 5 de julio de 2014

YERMO


Porque la juventud del mundo ha pasado 
y el vigor de la creación ya se ha agotado
 y el advenimiento del tiempo está cerca. Todo ha pasado,
 y el cántaro está cerca del pozo, y la nave del puerto
 y el camino de la ciudad, y la vida de su consumación.


La desaparición de una persona a la que se ama es invariablemente una fuente de dolor. Y navegando entre ese dolor, casi siempre tan intenso que paraliza, se acaba descubriendo parte de una fortaleza desconocida. El tiempo, relativo como pocas cosas lo son, devuelve el sosiego. Una calma un tanto huera y ligeramente perezosa. Pero aun así, los huecos nunca se llenan y al final, transformado en alguien más sabio, el corazón se convierte en una porosa  e indolente esponja de mar. 


martes, 1 de julio de 2014

HACIENDA SOMOS TODOS, PERO UNOS MÁS QUE OTROS


La primera pequeña mentira que se contó en nombre de la verdad, 
la primera pequeña injusticia que se cometió en nombre de la justicia,
la primera minúscula inmoralidad en nombre de la moral, 
siempre significarán el seguro camino del fin.


Ayer terminó el periodo voluntario para presentar la declaración del impuesto sobre la renta. Millones de declaraciones presentadas al socaire de una publicidad muy malintencionada, aunque parezca lo contrario, que pretende generar un sentimiento de culpa colectivo basado en el discurso “si tú defraudas, estás acabando con todo”.

Y si no fuera porque estamos en un país en la que los principales partidos políticos y parte de sus dirigentes están procesados, entre otras cosas, por financiación ilegal, malversación de caudales públicos, tráfico de influencias; y que nos desayunamos, día sí y día también, con las fabulosas SICAV de algunos políticos que se llenan la boca de izquierdismos trasnochados que ya no casan con el mundo que nos ha tocado vivir, por decir algo, o con los coches de lujo que aparecen por arte de magia en los garajes de imponentes chalets unifamiliares, pues puede que la campaña incluso tuviera algún sentido, y hasta podría servir para remover la conciencia de aquel que pretende ahorrarse unos cuantos euros al evitar el pago del IVA.
Pero es que resulta que en este país las grandes defraudaciones no provienen del señor o de la señora que le pide al mecánico que no le cargue el IVA en el importe a pagar, o de cosas similares. Porque esa “defraudación” (que lo es), en realidad y en la mayoría de casos, solo sirve para que los bolsillos del contribuyente que vive de una nómina, de una pensión  o de una prestación por desempleo, el mes que le llega el palo del gasto extraordinario, no queden limpios como una patena y pueda, aunque sea malamente, hacer frente al resto de gastos y necesidades diarias hasta que llegue el siguiente el cobro, si éste llega.




No estoy justificando de ninguna manera que la gente no haga frente a los impuestos que le corresponden, que nadie se lleve a engaño, De hecho soy de las que piensa que es necesario la contribución de todos los ciudadanos al sostenimiento del gasto que todos generamos en común y que esta participación debe ser proporcional y progresiva a la capacidad de cada uno. Es cuestión de solidaridad social, al menos así lo entiendo yo, por eso he pagado mis impuestos religiosamente. Me han dejado la cuenta temblando y antes de que acabe el mes en casa sufriremos otro buen mazazo impositivo. La cosa está así.

Pero aunque está así, y pago porque lo debo, lo que me parece de escándalo y me provoca verdadera nausea es que encima sean "ellos" quienes quieran dar lecciones de moral a tutiplén. Porque son precisamente quienes mueven los hilos del sistema quienes intentan darnos sopas con hondas con sus triquiñuelas de salón y sus intrigas palaciegas, quienes nos sacan hasta el tuétano sin pestañear mientras se lo llevan crudo de manera continuada. Con todo lo que llevamos soportando, solo nos faltaba la publicidad moralizante entre telediario y telediario, mientras te cenas un nuevo escándalo financiero o político, envuelto en el anuncio de una rebaja de impuestos que es absolutamente falsa.

Así que si alguien habla con alguno de los de la “casta”, la que sea, (por lo visto la “casta” es mucho más amplia que lo que se decía inicialmente), que les haga saber que sus anuncios nos la chuflan y sólo nos dan ganas de plantear la objeción fiscal. Que les diga, también, que dejen de vacilarnos de una vez, y que les pida que si entre ellos queda alguno honrado que no se apiaden de sus corruptos compañeros de siglas, que los lleven ante los Tribunales para que esta panda de malvados no siga robándonos a espuertas, no solo el dinero, sino también las ganas y la propia democracia.  




domingo, 29 de junio de 2014

FUERA DE AQUÍ


Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.

A las cuatro de la mañana, después de haber sudado tanto que apenas me quedaba  sola gota de vida, pensé que había llegado la hora de saltar por la ventana del dormitorio. Pero aquella idea tragicómica que me rondaba desde hacía varias noches, siempre sobre la misma hora, no contaba con un inconveniente nada insignificante.  Años atrás, con la felicidad roída de los primeros años de convivencia, instalamos un sofisticado sistema de seguridad que debía preservarnos de los malos. La falta de medios de entonces, y una cierta tendencia al desastre que nunca corregimos, terminó en unos cuantos barrotes sujetos al hueco de la ventana con una mezcla de cemento y silicona. Pero cuando ya no quedan restos de aquella precaria gloria, aquella reja improvisada es un contundente argumento disuasorio para poner fin a tantos días de canícula nocturna y de horas fulminadas por el insomnio; tan disuasorio como lo es el vivir en la planta baja de un bloque de apartamentos.

Me levanté arrastrando los pies, cerrando de portazo el baño y subí el volumen del transistor. Mientras vaciaba la vejiga, supe que en el otro lado del mundo un gol había desatado la ira de unos cuantos que habían arrasado la ciudad y vaciado los escaparates de los comercios de televisores, DVDs, cremas anticelulíticas y pantalones vaqueros. 

Calenté un vaso de leche que no iba tomar y pensé que de seguir las cosas de ese modo, debía apagar la radio (nunca me gustó el fútbol, ni las obligaciones cosméticas), subir al terrado y saltar desde allí, simulando un suicido sonámbulo. Mientras mordisqueaba una rosquilla herencia de las navidades pasadas, medité sobre la conveniencia de cambiarme las bragas que durante las primera horas del sueño quedaron demasiado húmedas, y ponerme un sujetador bajo la camiseta que utilizo para dormir y con la que pensaba subir a la azotea. Las erudiciones maternas sobre las conveniencias higiénicas y estéticas, a la hora de la verdad, no se olvidan nunca, ni siquiera cuando estás desbordado por el asfixiante calor del vecino Mediterráneo que te gira la cabeza.

Quizá fue el influjo de la ropa interior limpia, pero algo parecido a un pensamiento positivo se presentó sin pedir hora y me encontré buscando un martillo y un destornillador que dejé sobre la repisa de la ventana, antes de volver a la cama, y que pensaba poner en marcha tan pronto como por la radio anunciaran el estado de la circulación de la M40.




Fotografía Harry Gruyaert