sábado, 30 de abril de 2016

VERMUTH


"Aprecio la ironía, pero cuando viene cargada
 de veneno, trae aparejada algo más, frustración"
La juventud



No sabía como empezar y he buscado una frase cualquiera, al azar, en el libro que estoy leyendo y doy con:“a mí...si dijeran que me queda un año de vida, apuesto a que me tiraría al mar, zanjaría el asunto en un mes”. ¡Pues vaya!, pienso, y como hace apenas un par de hora que he estado en el cine, me digo que antes de tirarme al mar y morir de una forma terrible y angustíosa, sacaría una entrada, buscaría una buena butaca, me tragaría una caja o dos de algún potingue que me adormeciera y lo pasaría ensimismándome con la pantalla y en compañía de una botella de algo rico, tal vez un buen vermuth, que me ayudara a poner el punto final sin hacer demasiado ruido.

Este fin de semana dispongo de todas y cada una de las horas del día, y pese a que la mañana se ha levantado fría, las calles, son mías. Sin tiempos, sin prisas, sin obligaciones de intendencias que aparco hasta el lunes a la hora que sea posible, aunque sé que me pesará. Leo en la cafetería de siempre y un café, dos, e incluso un tercero después, decido que esta tarde, aunque me pueda la pereza insana de los sábados, iré al cine. Aunque llueva, aunque truene, y aunque juré que le esperaría para hacer una nueva visita a Sorrentino. Son las ocho, empieza a oscurecer y el corazón me bombea raro. Le escribo un mensaje para recordarle que nosotros, como dice uno de los protagonistas de la película, tampoco estamos preparados para todo, pero que, precisamente porque nadie lo está, no debemos preocuparnos, ni siquiera del vermuth. Me devuelve una cara sonriente y una flor que parece un churro, pero que es mía, hoy y desde hace mil. Que será mía mientras dure la batería, la nuestra.








domingo, 24 de abril de 2016

LA LLUVIA

A veces me pregunto si los suicidios no son de hecho
 guardianes tristes del sentido de la vida.
Vaclav Havel



Había estado lloviendo toda la noche. Al amanecer los separaron, los hombres a un lado y las mujeres al otro. Los niños quedaron dentro del edificio. Desde fuera, se podía oír el llanto de los más pequeños. Nada podían hacer. En el patio la actividad era feroz y el ruido amartillado de la reconstrucción del puente que unía las dos orillas del pueblo, ocultaba las respiraciones entrecortadas que se escapaban de las dos filas que miraban cada una de ellas a una pared distinta. Les entregaron unas palas y caminaron despacio. Les azuzaron con golpes para que no dejaran cavaran. Un viejo cayó de rodillas y ya no se levantó, una culata se encargó de abrirle la cabeza en dos. Cavar sin parar. Dos horas después, a sus pies, quedó una fosa tan larga como la fila que habían formado. Fue el miedo, y no la voluntad, la que consiguió no desarmarla. El tiempo aguantaría poco y nadie quería más agua. A mediodía, el sol seguía oculto. Por la cara de ellos corría el sudor y el barro, por la de ellas las lágrimas, y por las de ambos un miedo tan antiguo como la humanidad. Los colocaron, uno a uno, frente al agujero y, uno a uno, sin ninguna conmiseración, fueron recibiendo un disparo en la nuca. Aquel agujero se fue llenando de cuerpos desmadejados, siguiendo el orden mortal de una fila que se había formado horas antes. La precisión de la muerte no dejó ni un solo cuerpo a la vista. Entre el terror y la arcada aquellas mujeres, siguiendo el orden de su propia fila y con las palas que la aguardaban clavadas en el montículo fangoso, enterraron a sus hombres, sin saber que el más grande de los horrores les esperaba tras las puertas del edificio en el que, ahora ya, reinaba un silencio absoluto.






martes, 19 de abril de 2016

CORRER TRAS EL AIRE


La idea de felicidad es inseparable de la de jardín.
E. Cioran



Algunos afirman que la primera despedida es siempre la más dolorosa, pero no estoy de acuerdo. Es posible que la primera sea la que más desconcierta, la que más descoloca. Solo eso. La aparente magnificencia del drama la marca la falta de experiencia, lo enorme que parece todo cuando no se tienen, porque aún no hay edad para ello, nada con lo que comparar lo que sucede. Pero son las venideras, las perdidas que van llegando con los años, las que nos van labrando el lado más gris, las aristas que cubrimos con la cotidianidad para que no se noten en exceso. Es el menoscabo que llega, como una visita molesta, sentándose en el sillón de tu casa sin que consigas que se marche. Y al final todo se acaba convirtiendo en una suerte de nostalgia que, a veces, impide respirar. Nada frena el ir y venir de los sucesos, de la gente que llega y se va. Y en medio de ese movimiento que no cesa nunca, miles de efectos que golpean la razón y el ánimo porque, contrariamente a lo que pueda parecer, los años no engendra un callo lo suficientemente duro que amortigüe los envites de la vida. Las perdidas jamás dejan de serlo, ni de ser sentidas, solo se van disfrazando. 
Recorremos la vida escondiendo debajo de nuestra propia alfombra sus sinsabores, las desapariciones, las perdidas que nos duelen, y así vamos pasando los días, poniendo la mejor cara que la vida, mal que bien, nos va dejando. 


sábado, 16 de abril de 2016

OJO MÁS OJO


Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla. 
Gilbert Keith Chesterton



Empecé a llevar gafas a los seis años. Cuando pude escapar al control de unos padres obsesionados con la cuestión de la vista, me las quitaba, las olvidaba en cualquier sitio y finalmente aparecían en los lugares más variopintos. Opte por las lentes de contacto. Un solo ojo parapetado tras ella y, de golpe, una visión más nítida, aunque solo fuera por fuera. Solo una, no necesitaba la otra, para completar las imperfecciones de este cuerpo asimétrico. Un ojo ciego y el otro más avispado, y la solución solo para uno de ellos, como los antiguos nobles de monóculo aunque sin sangre azul. Pero el tiempo no pasa en balde y aquella extravagancia del parche en el ojo con un dibujo que mi hermana imprimía con fuerza apretando sus “Carioca” contra aquel pegadizo transpirable, ha traído a mi vida las lentes progresivas como un salvavidas al trasiego de visión con el que me entretengo en los últimos tiempos.  Ahora ya solo me falta que la próxima semana me confirmen que los dolores de cabeza solo eran cosa de cristales y giros de cabeza. Cruzo los dedos. He perdido en vista y he ganado en perspectiva, con ello me consuelo.






martes, 12 de abril de 2016

CORAZÓN PIRATA


Tienes dos hermosos malos ejemplos por padres. Limítate 
a hacer todo lo que no hicimos y estarás perfectamente a salvo”.
F. Scott Fitzgerald



Frente a noticias de aquel calibre nunca sabía si debía alegrarse o si por el contrario era mejor mostrarse contenido y esperar a estar solo para desbordarse. Aquello era lo que su madre le repetía desde siempre, aunque no sabía bien qué quería decir. Aquella idea, machaconamente repetida, le había vuelto reservado. Siempre le habían inquietado los que se mostraban excesivos, los glotones de helados enormes, los que repartían guantazos a los más enclenques durante la hora del recreo, y todos aquellos a los que no comprendía. Missy, a los ojos de cualquiera, también podía parecerlo. Pero era un gran día y nada lo podía cambiar. Para él era perturbadora, enorme en su naturalidad. Saber que había aceptado integrarle en su equipo de estudio era algo increíble. Siguió leyendo como si no pasara nada aunque, desde hacía unos buenos minutos, ni uno de los renglones que intentaba reseguir con el dedo índice parecía recto. Las letras se confundían unas con otras, un borrón oscuro en mitad del papel. 
Hacia una semana que había cumplido los trece y, desde entonces, el mundo parecía un poco más raro. Aquel día Missy le besó en la mejilla, le deseó que tuviera un día feliz y salió corriendo. Siempre corría, aunque no tuviera que ir más allá de la cerca de la escuela. Desde entonces, cada vez que la veía, el bom-bom de su corazón parecía un jilguero aleteando, intentado buscar una ventana por la que salir. Su mano se iba al pecho para intentar que siguiera ahí.
Ya no había vuelta atrás, al verla, su contenida presencia le transformaba en un bucanero, en un Capitán pirata en busca del pupitre más cercano.




sábado, 9 de abril de 2016

EN LA CIUDAD

...i ara tanco els ulls, per pensar-te, per veure't....i jo reposo en tu,
 i et penso tendrament, i et veig, i et tinc.
Martí i Pol


En primavera, los mediodías de sol, los jardines del Palau Robert se llena de oficinistas con tarteras, periódicos y libros. Hombres y mujeres que almuerzan abaratando la pitanza del menú a doce euros con las fiambreras que vienen de casa. Son tiempos de economía corta que ha traído costumbres que antes encuadrábamos en los jardines que rodean los Inn de la City de Londres, patios de manzana en los que jovencitas secretarias inglesas, pálidas como espectros, apuraban los escasos rayos de sol que alcanzaban la primavera británica mientras mordisqueaban sándwiches que nos parecían una infinita pobreza gastronómica.
A unos bancos de distancia un tipo lee. Intento ajustar la vista, alargarla todo lo que puedo, para descifrar el título entre los borrones de una portada de la que solo distingo el negro y anaranjado que abandera una conocida editorial. Pero no veo nada. 
Unos cuantos rayos de sol, escapados de entre las tormentas que nos abruman las últimas semanas, nos calienta las primeras horas de la tarde. Esta hora escasa de parón convierte la grava y los bancos de este rincón en un tesoro buscado para olvidar, aunque sea durante un breve instante, lo ofensivo que, en ocasiones, es la vida burda y rutinaria que nos rodea.
El tipo se recoloca las gafas, suspira mirando al frente y su mediana edad se trasforma en algo distinto, algo lejano que solo él ve. Sé que en las miradas de algunos se puede descubrir la verdad pura de las cosas, aunque no en este caso en el que no soy capaz de ver más que la silueta, el contorno de un tipo con el que coincido desde hace algún tiempo y del que puedo imaginar una vida corriente, como la de todos, en realidad. Entre el rumor de los que descansan, bajo la sombra de unas palmeras, que parecen tan extranjeras como los que pasean un poco más allá de los muros de este jardín, aparecen seres anónimos que convierten el tiempo en un abanico de posibilidades antes de que el reloj nos arrastre de nuevo al averno de la rutina que nos da de comer.


miércoles, 6 de abril de 2016

EL TIEMPO


Las montañas se doblan ante tamaña pena 
Y el gigantesco río queda inerte. 
Pero fuertes cerrojos tiene la condena, 
Detrás de ellos sólo "mazmorras de la trena"
Y una melancolía que es la muerte. 

Ana Ajmatova


Nos creemos mejores que los que nos precedieron en el tiempo, más evolucionados, más civilizados y en realidad  somos exactamente igual que nuestros muertos. El ser humano solo se sofistica en los medios que tiene a su alcance para continuar haciendo las mismas barbaridades que sus antepasados. El refinamiento del mal y el mismo bien de siempre que a todas luces se queda corto.






Quien tenga interés puede acceder al vergonzoso acuerdo entre la Unión Europea y Turquía sobre personas refugiadas clicando sobre el siguiente enlace:






domingo, 3 de abril de 2016

TIA JULIA

La existencia no es más que un episodio de la nada.
Arthur Schopenhauer



Si le miraba bien, siempre acababa descubriendo que sus cejas se arqueaban un poco más de lo normal cuando intentaba colarle a otro una pequeña mentira no demasiado elaborada para camuflar una verdad de las grandes. Verdades que consideraba debía guardar para su intimidad aunque, en realidad, se le escapaba por ahí, por el arqueo de las cejas, y que siempre terminaban por complicar la vida de los demás. Lo aprendí cuando apenas levantaba un par de palmos del suelo y mi madre servía en aquella casa de locos burgueses, y ya no lo olvidé nunca.
Ahora había un seminario en una ciudad de provincias que no sabía muy bien dónde colocar en el mapa, pero eso era lo de menos, le enviaban los billetes y una reserva para hospedarse en un hotel del que aún no tenía los datos. Todo muy cómodo, afirmó. Dicho de aquella manera, no parecía raro aunque desde hacía años, más de los que podía recordar, ya nadie le había encargado nada, absolutamente nada y nadie, ni siquiera los suyos, tenía interés en saber si seguía vivo, salvo la tía Julia.
Vivía a remolque de la fama pasada, de unos pocos ahorros y de la conmiseración de una tía nonagenaria, con la cabeza absolutamente perdida, que decía ver en sus ojos los de su difunto cuñado, al que siempre profesó una gran devoción, sobre todo las tardes de verano cuando se colaba por la ventana para darse alivio a la entrepierna que legalmente era propiedad de su hermana. Pero de eso hacía mucho tiempo y ahora apenas quedaba nada. Una casa destartalada en el Ensanche, la fortuna de la tía y unas ganas inmensas de pegarse un tiro que solo se debilitaban cuando alguien aparecía por su casa para ver si seguía respirando.
Aquel domingo le encontré sentado en el salón, hacía ver que leía un libro que sostenía vuelto del revés con las gafas colgando del cuello. Se tapaba las piernas, ya muy flacas, con una chaqueta roída y sin botones que había sido de su padre. Empezó a hablar de una manera embrollada, era el argumento de una novela que empezó a escribir cuando vivía en París a finales de los sesenta, pero que, según decía, ahora, pendiente de que un editor que no fuera medio imbécil se la publicara, le dolían los dedos los huevos, y un poco la razón, como para terminarla. 
Ordené la casa, aireé su alcoba y dejé sobre la mesa de la cocina una nota para la mujer que previo pago le cuidaba. Al pasar por su lado olí el orín que le recorría ya la pantorrilla. Después de escuchar, mientras le aseaba, una buena sarta de enmarañadas historias y sus argumentos sobre la necesidad de reventar las aceras de la calle Aribau para acabar con las ratas que se colaban por la galería para acampar sobre su cama; le besé en la frente y aprecié ese olor a pelo ralo de viejo chiflado. 
Salí de su casa con el aroma a agua de colonia en las manos. Bajé por la escalera y pensé que, tal vez sí, llegados a un momento como aquel, lo mejor era pegarse un tiro y que sobreviviera, con la calentura entre las piernas, la tía Julia.






miércoles, 30 de marzo de 2016

BENIDORM


"Es importante, si alguien te pregunta cuál ha sido el momento más feliz, que
 reflexiones no solo sobre la pregunta, sino también sobre quién te la ha hecho".
Jenny Ofill



Termino “Departamento de especulaciones” de Jenny Offill. Empecé su lectura un tanto desmayada, casi como por accidente. Por dos veces, sin contar aquella en la que dejé olvidado el volumen en la mesa de la cafetería en la que había desayunado, estuve por abandonar su lectura, pero al final, como casi con todo en lo que se persiste, le encontré la gracia. Todos especulamos y el que diga que no es así falta a la verdad. Y de eso, entre otras cosas, trata la novela: del nacimiento de la duda, de la frustración, de los cambios de rumbo que no siempre se esperan y de la posibilidad en el mañana.

No hay relación íntima que no pase por momentos de reflexión y distanciamiento. Los años pasan factura y las parejas, al menos las de carne y hueso, pasan por crisis de mayor o menor envergadura. Cuantos más hilos tiene una madeja más se enmaraña. La vida no es pacífica, ni desde luego estática y con el trascurso del tiempo, de los sinsabores que te regala, a veces hay que escarbar mucho y buscar en el epicentro del corazón los motivos para continuar con el proyecto iniciado. Es preciso abandonar la frivolidad de lo inmediato, de un futurible que se imagina de algodón de azúcar lejos de la turbación de la vida diaria, y replantearse el qué, el cómo y el porqué de todo, para poder reconducir (si es lo que se quiere), lo que el tiempo, la rutina y el cansancio tiñó de un gris a veces un tanto oscuro. 



sábado, 26 de marzo de 2016

LANGOSTAS



Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías. Y lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados... No sé cómo pueden soportar la vida, me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables". 
Annie Hall


Decides que las procesiones y los pocos días de fiesta que te regalan esta semana, santa para algunos, los dedicarás a estar en tu casa, a poner orden a todo aquello que se va acumulando en pilas que convierten las dos estancias de las que dispones en un auténtico bazar. Y mientras ordenas, haces por ver a los amigos que como tú han decidido que el mejor descanso es dejar el coche aparcado en el garaje y no hacer más kilómetros que los que marcan el perímetro de la ciudad. A veces, el tomar distancias es una postura mental que no requiere más que colocarse dónde uno quiere y alejarse, también mentalmente, de todo aquello que aburre, incomoda, angustia o, ¿por qué no?, torpedea el ánimo.

Estos días la ciudad está tomada por los turistas y uno se siente un poco extranjero en su propia casa. El tiempo no acompaña, pero los recién llegados son inasequibles al desaliento y los atisbas subidos en los autobuses turísticos descapotados, soportando una ventolera más que desapacible, y agradeces no ser tú quien anda dando tumbos de norte a sur y de este a oeste de cualquier sitio que no sea el salón de tu casa.

— ¿Quieres que bajemos al puerto?

La pregunta queda suspendida en el aire porque ataca la sordera selectiva y nos hacemos los suecos cuando el plan no interesa, es costumbre de la casa. El café con leche se enfría sobre la encimera mientras lee los artículos del periódico de hace par de días. Desde el jueves, aquí, no hay ni un quiosco abierto.

— ¿Cuándo abre Cristóbal? En este barrio no hay quien compre un triste diario.

—Supongo que cuando terminen las procesiones de su pueblo. 

Nos acercamos al mercado. Un kilo de manzanas reineta y una base de hojaldre, una botella de verdejo,  medio kilo de mejillones de roca, dos lubinas, y unos cuantos buñuelos de bacalao porque, aunque andamos empatados en aquello de las creencias y de la fe, culinariamente hablando somos como una ONU que se respeta y firma tratados aunque soto voce se cuele algo de jamón o de queso de oveja. Helado de vainilla para mí, palo de trufa para ti.

Y mientras pasan las horas entre de música que escogemos por turnos, cerramos una sesión de cine, sin palomitas, de las que no le gustan a él pero me chiflan a mí; y una cena para seis que improvisaremos con lo que queda en la nevera y las muchas ganas de quedarse en casa rascándose la barriga sin tener que cumplir ni un solo horario.