martes, 17 de enero de 2017

SOMANTA DE PALOS Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN



Si no creemos en la libertad de expresión para la gente
 que despreciamos, no creemos en ella para nada.
Noam Chomsky




Por esta parte del mundo se vive, pese a que algunos claman a feroces retrocesos, un momento histórico de esplendor por lo que a derechos se refiere. Nunca antes las personas habían gozado de un abanico tan amplio de derechos y libertades, al menos desde un punto de vista formal. Entre esta consagración de haberes personales, circulan lo que algunos consideran “sus derechos” que no son más que prerrogativas que se irrogan algunas personas pero que de derecho tienen más bien poco. En la cabeza, de esta marcha de entes o sucedáneos de derechos, está el insulto fácil y la falta de respeto a los demás que algunos intentan cubrir con el  manto de la libertad de expresión para que la cosa quede como lo que en realidad no es.

Parece que cualquiera puede soltar por la boca, o por el teclado, aquello que le parezca oportuno sin tener en cuenta que cuando ejercitan ese “derecho” a insultar o a menospreciar a otro (o en términos de derechos, la obligación), la consecuencia a soportar no es otra que la de tener que lidiar con que alguien le salga respondón y le zurre (también en el ejercicio de su legítimo derecho a replicar lo que quiera), una buena tunda cargada de razones o incluso sin ellas. Por lo general, a los lenguaraces las somantas de palos que más les duelen son las que van cargadas de argumentos; las que aparcan fuera de su contestación el insulto y la chanza facilona. Los sopapos argumentados duelen, sobre todo en el amor propio del vociferante. El ejercicio de “derechos” comporta que te puedan dar tanto como pretendías dar, sino más. Algunos tienen la lengua demasiado larga para lo fina que tienen la piel, por eso les escuece hasta el tuétano cuando no se les ríen las gracias de enfant terrible trasnochado al que solo le queda volver a la casa de la complacencia pública y graciosa a lamerse las heridas, aunque no sea navidad.






sábado, 14 de enero de 2017

DIARIO 2.0


Corta tu propia leña y te calentará dos veces.
Henry Ford





Un madrugón importante y más de cien kilómetros de niebla y frío para dar una charla de apenas cuarenta y cinco minutos. He llegado pronto, muy pronto, vestida como la mujer que viene del espacio, solo me ha faltado la escafandra. El frío de estos días me está matando. Dejo el coche aparcado en el centro del pueblo aun desierto. Nadie en la calle. El suelo está cubierto de una escarcha helada que recuerda a los más madrugadores que la noche ha sido dura, y que a mí me obliga a poner atención para no perder pie. En el único bar que encuentro abierto me siento a tomar un café y a hacer tiempo.  En el televisor van pasando las noticias, las miserias, de cada día; se me va la cabeza y escribo en el móvil una nota peregrina. A veces me busco líos sin necesidad pero también sé que, en estas cosas, no aprenderé nunca y caeré una y otra vez, por contagio, en propuestas que ilusionan a otros. Hoy tocaba alagar las horas de sueño y cuidar el resfriado que me lleva toda la semana a maltraer. Pero aquí estoy, helada hasta el tuétano y sin perder de vista la puerta de la dependencia municipal que se abrirá en un rato. Y sigo pensando, porque tengo tiempo y poco que hacer, que ya que estoy aquí, que nadie me obligó a comprometerme, lo menos que puedo hacer es animarme e intentar no defraudar a lo que seguramente, al igual que yo, esta misma mañana, mientras dejaban la cama caliente, han barajado la posibilidad de no volver a inscribirse en charlas que, al final, cuando hace un frío que pela, uno no sabe si sirven de demasiado. 



martes, 10 de enero de 2017

NI HARRY, NI SALLY


Cuando compro un libro nuevo, siempre leo la última página primero. Así, si me muero antes de terminarlo sé como acaba. 
Eso, amiga, es un lado sombrío.

Cuando Harry encontró a Sally





Nos encontramos frente a la facultad. Nada más verle pensé que seguía tan guapo como siempre. Una superficialidad como cualquier otra que no dudé en decirle en cuanto nos cruzamos los dos primeros besos. Hacía mil años, quizá dos mil, que no nos veíamos y sin embargo el encuentro navegó entre lo afectuoso por el que siempre nos movimos. Era una buena persona y sé que ahora, pese a la vida, sigue siéndolo. La bondad algunos la llevan tatuada en el fondo de su persona. Nos contamos la existencia a trompicones. Lo de siempre: un par de casamientos con divorcio de por medio; las pérdidas afectivas que con la edad van en aumento; un cáncer que de momento respeta pese a enseñar los dientes cuando le place; adolescentes que dan guerra y un ictus que aun hoy hace que la sonrisa se tuerza un poco. Caminamos unos metros hasta llegar al patio central y allí nos abrazamos como si el tiempo no hubiera pasado, deseándonos que la vida nos sea leve y que podamos seguir cruzándonos de aquí a mil, o tal vez dos mil, años sin tener que pedir hora, y sin que que la realidad nos aplaste demasiado. Al cruzar el porche, me giré y le vi parado ante la puerta del aula al fondo del patio. Había hecho lo mismo, nos saludamos con la mano en un gesto casi infantil y seguí caminando bastante más ligera.





miércoles, 4 de enero de 2017

TRABAZONES



La oscuridad llenó la sala toda

cuando saciado y satisfecho quise irme.
En la puerta (ella como mi sombra me seguía),
al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos
quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.

Luís Cernuda





Bastaría una pregunta, una simple pregunta, para volver al mismo punto y seguir. Sin embargo, el silencio. En el vértice del desencanto duermen las despedidas más tristes. Coserse la boca, el bajo vientre, perder poco a poco la poca razón que queda, si en algún momento existió alguna y, sin remedio, anestesiarse para poder continuar viviendo entre preguntas perdidas, alineadas con multitud de rutinas y malas costumbres. Pero en el extremo de la duda, siguen vivos cientos de trabazones desbaratados. Saberte es vivir de otro modo.






martes, 3 de enero de 2017

DE LO PRINGOSO

¿Es usted un demonio? Soy un hombre. 
Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.

Gilbert keith Chesterton




No es extraña la sensación, con el avanzar del tiempo, de que la mayoría de planes trazados  y  de proyectos que,  durante meses tal vez incluso años dieron vueltas en la cabeza, acaban en un estrepitoso fracaso. Invertimos un tiempo fabuloso en planificar, en meternos en harina, en intentar que todo salga adelante del modo esperado. Pero un día lo proyectado se quiebra y, de todo aquello que tenía que resultar, solo quedan las horas invertidas, mucho esfuerzo y la sensación de que es difícil que los renglones no se tuerzan, por mucho empeño que se ponga, cuando la peste asoma la cara. La tenacidad no siempre es un arma segura y las ganas son sólo un aliento frente al infinito. El empeño dura lo que se puede. Remar contracorriente es difícil, cansado y no ayuda, en absoluto, esa especie flojera en la que vivimos. Es el triunfo pringoso de lo banal, de la ignorancia, de los arribistas y de la mala leche.   



sábado, 31 de diciembre de 2016

SALUD Y FUERZA



La nostalgia no sólo es desvergonzada, también es traicionera.
Karl Ove Knausgård





A pocas horas de acabar el año surge el eterno conflicto entre enterrar lo viejo y ensalzar lo que tiene que venir que, una vez venido, intentaremos enterrar también al cabo de cierto tiempo. Se nos despide un año bastante extraño, bastante inútil, bastante cansino. Un año de sentimientos encontrados, de proyectos frustrados, de risas incontroladas, de carreras sobre una rueda que acaba llegando al mismo sitio, de penas negras como la pez y de enormes dosis de esperanza. Un año de grandes aciertos y de errores morrocotudos de los que cabe lucirse un rato y también lamentarse pero, en esto, solo un poco, porque uno no puede andar toda la vida pensando en lo que pudo haber sido y al final fue. Un año en los que, como siempre, he ganado pero también he perdido; un año que he echado de menos a algunas personas y he echado de más a algunas otras. Pero el balance, al final y como casi siempre también, queda en tablas.  Hace tiempo que decidí calzarme las gafas de lo relativo, así que desde ahí creo que todo está medianamente bien, relativamente bien. Llega la hora de los deseos y el primero, como no puede ser de otro modo, es que la vida no se cebe con nosotros; que podamos vivir en una calma que aliente pero que no mate; que busquemos y encontremos; que no molestemos, ni nos molesten, más que lo imprescindible, lo necesario. En lo particular solo pido seguir comiendo y conociendo, lo que resume mi filosofía sobre el control mediano entre el físico y psíquico; ser capaz de seguir ardiendo por el interior (aunque sea un poco), y que el tiempo, si quiere, me devuelva algunas cosas que perdí por el camino, aunque sé que eso no es más que una chiquillería. Salud y  fuerza.



lunes, 26 de diciembre de 2016

QUIERO PENSAR



"Nada vivo se mantiene sin esforzarse continuamente por realizar su específica naturaleza, y es por eso un mero conato o aspiración de cumplimiento de cierto sí mismo, lo cual significa parecerse a un "estar" antes que a un "ser".
Antonio Escohotado





Quiero pensar que aquellos que vendrán por detrás nuestro, que ahora no son más que una esperanza en crecimiento, no se torcerán como nosotros. Que serán capaces de sobrevivir a un mundo que hemos destrozando generación tras generación. Que sus risas de ahora serán la voluntad de un mañana en que tendrán que enderezar lo que nosotros no supimos. A veces me pregunto si les habremos dejado margen suficiente, si la suma de sus errores junto a los nuestros no será un paso más hacia el despeñadero por el que el hombre parece destinado a acabar sus días. Quiero pensar que no será así, que serán más inteligentes que nosotros, que serán capaces, en nuestra ausencia,  de  hacer de la vida un lugar más amable, que doblegaran el destino que les vamos marcando y que acabarán sobreviviendo a la angustioso mañana que ahora les entregamos.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

DÍA RARUNO



Te diría que te fueras al infierno pero 
la verdad es que no te quiero volver a ver.
Mad men






Aquel día empecé a sentir que todo me empachaba. Recurrir a notas que dejaba escritas por cualquier sitio, con intención de no olvidar lo que consideraban que eran hechos objetivos que reforzaban la decisión que había adoptado semanas atrás, me estaban transformando en una especie de escriba, con tintes de notario venido a menos, que solo ponían de manifiesto que los años me estaban convirtiendo en un ser más que extraño. ¿Por qué dejar testimonio de presuntas de objetividades muy poco objetivas? ¿Era una especie de munición que acumulaba para lanzarla contra aquel que perturbara el normal discurrir de mis decisiones? Al final las fui buscando una a una, hice una bola con todas ellas y las tiré al cubo de la basura. Dejé una, solo una, pegada en la puerta de casa que me recordaba que en dos días acababa el plazo del pago voluntario de una multa que recibí por culpa de otro. La puerta de la nevera, el espejo del baño y cualquier otro sitio en el que pudiera pegarse el papel engomado quedaron limpios como una patena.  A partir de ese momento, y salvo por la triste evidencia de que la multa iría incrementándose a base de intereses de demora porque no estaba dispuesta a pagarla, mi vida dio un giro radical. Era ya una mujer liberada del yugo testimonial de las imbecilidades de otros que, poco a poco y sin remedio, me habían convertido en una persona tan imbécil como aquellos a los que les apuntaba la falta objetiva, siempre presunta. Pensé que me merecía una recompensa y, en aquel momento, como no había nada con lo que satisfacer aquella gloria que había hecho que me viniera arriba, anoté en un papelito, también engomado que, al día siguiente y sin demora, me recompensaría del modo lo más extravagante posible por mi decisión de poner fin a mi notarial entrega a la causa de la objetividad mundana, como método paliativo de las injusticias universales que consideraba inflingidas por culpa de otros. Porque eso sí, la culpa siempre es de otro, menos de Don Draper por supuesto.






domingo, 18 de diciembre de 2016

DE LO MENUDO




Nuestras escenas de amor eran mudas e intensas, un desvanecimiento a las profundidades de la inmovilidad. Fanny era toda languidez y sumisión, y yo me enamoré de la suavidad de su piel, de la forma en que cerraba los ojos siempre que yo me acercaba a ella silenciosamente por detrás y la besaba en la nuca.

Leviatan -Paul Auster-





Compro un bocadillo para tomarlo a mediodía mientras me doy una vuelta por el centro.  No me importa comer por la calle, no tengo manías en ese aspecto. En la esquina me encuentro con Carmen. Hoy, además de los ciclámenes, los potos y algún que otro ficus enano, ha traído los ramilletes de hojas de eucalipto. Se acerca la navidad.  Le digo que me guarde un par, con las flores un poco cerradas, menuditas, que mañana me los llevo; y como sé que con toda seguridad no ha desayunado, desando los pasos y recojo un café con leche en vaso de cartón y otro bocadillo igual que el mío. Me da las gracias y dice que se lo tomará más tarde, que ahora no tiene hambre.  Desde que murió su marido, un hijo, con más desgracias que gracias, le ayuda a tirar del carrito que cada día, aunque llueva, planta en la esquina de casa.  Hablamos del tiempo, de su dolor de piernas y de que habría que adelgazar. Mal de muchos, le digo, mientras pienso en la regañina que me regalará la ginecóloga cuando vaya en enero. Debes perder peso, nada de ganarlo. Pero la naturaleza es cabrona y mientras vas poniendo años, vas sumando kilos, es una ley incontestable. Me despido hasta mañana, con el deseo en la lengua de que no llueva y de que el frío sea moderado. Tengo ganas de llevar el eucalipto a casa y de que Carlos se muera de gusto cuando entre por la puerta de aquí unos días. Demasiadas semanas ya sin vernos, demasiados kilómetros de por medio. Hay destinos que son como una media condena.











domingo, 11 de diciembre de 2016

CHICO

¡Todos se han perdido menos yo! Porque no tengo ningún maldito título universitario con el que lavarme el ojete. Porque acaban de llamarme ''displicente'' en mi puta cara... y he tenido que buscar en el diccionario qué coño significa esto. 
Oh boy



Nos cruzamos a la altura de correos. Nos saludamos sin demasiados protocolos. Nos dijimos las cuatro cosas corrientes, mostramos la sorpresa por ese encuentro tan curioso. Hacía tiempo que habíamos agotado los temas en común y pocas cosas quedaban ya por hablar. Un comentario sobre las casualidades, rebatido por otro sobre que las casualidades no existen, nos llevaron a la falsa promesa de llamarnos con calma, vernos de nuevo y ponernos al día. Nos despedimos con un apretón de manos que se prolongó un poco más de lo que marca la indiferencia. Había poca cosa que contar. El día a día de cada uno no deja de ser una sucesión de hechos vulgares que nada dicen a quien no los vive y, a veces, ni siquiera a ese. Continué caminando por la misma acera, acelerando un poco el paso y busqué en el bolsillo la lista de la compra que Brândusa me había entregado al salir de casa. Leí la nota que recogía todo un baile de productos de limpieza y una aclaración sobre las marcas blancas a las que no debía ni acercarme. Parecía un presagio. Me volví y ahí seguía, clavado sobre la acera. Pensé en acercarme, preguntarle si se encontraba bien, pero fue solo un instante. Sabía que no había nada que desandar, que mi futuro próximo se encontraba en el supermercado de la esquina. Nuestra historia común, prohibida entonces, había ocurrido hacía demasiado tiempo y, ahora, cada uno en su sitio vivía lo que le correspondía y, en aquel momento, lo que me correspondía era comprar las cuatro cosas que aquella mujer, que procuraba que mi vida no se convirtiera en un auténtico desastre, me había encargado. Brândusa había sido uno de los pocos aciertos en los últimos años. A diario me cruzaba con ella en el portal, trabajaba en casa de los del tercero. Por mi aspecto desastrado, sin afeitar, arrugado y un tanto encorvado, debí de darle una pena tremenda, la misma que un penco viejo, como dijo. Se ofreció a pasar por casa y echarme una mano por un precio razonable. Convenimos unas horas a la semana y, desde entonces, aunque mis hombros siguen en el mismo sitio, mi semblante ya no es el de un impresentable. 
Pagué y salí a la calle. Pensé en dar un rodeo, bajar unas cuantas manzanas y volver a subir. Con esa vuelta evitaría otro encuentro fortuito que iba a dejarme mal cuerpo y con la sensación de que el pasado me pisaba los talones. Empezaba a hacerse tarde pero necesitaba volver al presente. Caminé cargado el peso de la bolsa de la compra. Me puse nervioso. Cambié de dirección, entré en un bar y pedí un café mientras fingía leer el diario. Me repetí, con el sonido de fondo de las noticias de la mañana, que la memoria es engañosa. Rocé con la punta de los dedos la palma de la mano y convine, conmigo mismo, que somos mucho más frágiles de lo que creemos y que el tiempo es una mera convención que no rige en la cabeza.