sábado, 16 de febrero de 2013

LA ÉPICERIE


"La carne contra la carne produce un perfume,
 pero el roce de las palabras no engendra sino sufrimiento y división".
Anaís Nin


Mientras apagaba el cigarrillo, murmuró quedamente, intentando ahogar su último lamento: “Cuando estás cerca se me oscurece el alma y me engaño. He reconstruido mi vida negándote y, sin embargo, han bastado dos minutos de saberte aquí, tan cerca, que he sentido la necesidad de buscarte, de reencontrarte, aún sabiendo que con toda seguridad, contigo, me equivocaba de nuevo. Pero necesitaba recorrer tu espalda, oler tu cabello y perderme en esa humedad que escondes y que muestras a medias jugando al más perverso de los juegos, sabiendo que no habrá un mañana. Cuando me vaya, reduciré el mundo al recuerdo de esas milésimas de segundo en las que me llevé los restos tu piel cálida con mi lengua desesperada. Con el tiempo, sin olvidar nada, lo anotaré todo con la consternación del loco que por primera vez toma consciencia de su locura. Pero ésta es la última vez, aunque ahora no me creas”. 
La miró un último instante queriendo guardar el recuerdo de su imagen indolente, seductora. Eva recostada ofreciéndose al diablo, mordisqueando con desgana una manzana que intensificaba su veneno. 
Cerró la puerta pensando que la vida era una ironía, siendo ella la que daba el último bocado, iba a ser él el que muriera al pie de la escalera de un apartamento anodino