martes, 5 de febrero de 2013

BASTARDOS


"La primera pequeña mentira que se contó en nombre de la verdad,
 la primera pequeña injusticia que se cometió en nombre de la justicia, 
la primera minúscula inmoralidad en nombre de la moral, 
siempre significarán el seguro camino del fin".

 Vaclav Havel


Algo huele a podrido desde hace mucho tiempo y uno no puede evitar preguntarse por el germen de las revoluciones. En casi todas ellas, la insatisfacción de los ciudadanos que de un modo extremadamente lacerante sufren la opresión de quienes dirigen los designios de sus estados, de sus reinos. Giramos la cabeza y aquella revolución francesa que nos parece tan lejana, producto del conflicto social y político entre los partidarios del llamado Antiguo Régimen y los que abogaban por una nueva forma de gobierno, no nos parece tan lejano. 
Los medios hoy son otros, quizá no haga falta derramar litros de sangre por el camino, ni haga falta tomar la Bastilla, pero el germen del cambio ya está servido y alguien debe empezar a pensar en tomar los mandos de un nuevo sistema y dejar atrás un modo de gobernar que se ha agotado en sí mismo.


Esta vez, si la anestesia no termina con nosotros, no va ser menos. El aborrecimiento por la clase política, al que hemos llegado a través de la manipulación de las ideologías para salvaguarda de intereses espurios, sucios, encaminada a que la casta gobernante (inculta, nefasta y con falta de vocación de servicio que la política de per se implica), se enriquezca a costa de los sufridos ciudadanos, no puede dar lugar  a otra cosa que a certificar la muerte de nuestro actual sistema de gobierno, de un sistema de representación parlamentaria de listas cerradas más que caduco, etc. Un sistema corrupto en lo económico y en lo ideológico, desleal con la voluntad del ciudadano a la que se desdeña una vez alcanzadA la capacidad de decidir o de influir de modo decisivo en la decisiones a adoptar.


Pero la degradación de nuestra clase política no es un mal que sólo a ella asola. No nos engañemos, ellos son la muestra, elevada a la máxima potencia, de la gente de a pié, de nuestra sociedad. Aún hoy, cuando clamamos, con toda la razón, contra la putrefacción que, día sí y día también, de modo interesado nos muestran los medios de comunicación que están al servicio de la mano (política y empresarial) que les da de comer, no es extraño escuchar aquello de “con IVA o sin IVA” a la hora de girar o pagar una factura; ni que algunos simulen gravedad en sus afecciones para conseguir que se le reconozca una prestación que en derecho no les corresponde; que se sigan cobrando las ayudas de la Ley de la Dependencia cuando el dependiente ya ha fallecido; o que se arriende una vivienda y no se declaren los ingresos obtenidos por ello. Este es el país de la picaresca, de la palmadita al hombro al golfo que con gracia nos la mete doblada. De ahí que esos polvos trajeran estos lodos. 


No estaría de más que, junto al continuado bramar contra el sistema, entonáramos un mea culpa consciente y tras ello, “armarnos” y darle una vuelta a todo el sistema como si fuera un calcetín sin dejar que la descomposición y bajeza moral nos engulla de un modo definitivo.