lunes, 10 de octubre de 2016

BIOLOGÍA


¡A veces! A veces, como un buque aprisionado a las amarras, que se arranca milagrosamente del ancla hacia la tempestad.
Boris Pasternak





Hace un par de días apareció una fotografía mía en una revista. No sabía que la habían hecho, ni siquiera recordaba que en aquel acto hubiera ningún fotógrafo. Al verla, no me reconocí. Esa mujer que aparece sobre el papel satinado, tocada con gafas y las mangas arremangadas hasta mitad del brazo, con la cabeza ladeada y la mano apuntando a algún lugar indefinido, no era yo, quizá mi madre hace ya algunos años. Debo decir que la imagen me resultó perturbadora. Quizá mi aspecto empieza a mimetizarse con el de quien me trajo al mundo. Y yo misma, con todo la carga de lo ya vivido, sea una copia, seguramente empeorada, de mi propia madre. La genética es desconcertante aunque, casi siempre, eso es lo de menos, porque, al final, lo que nos moldea el gesto y la vida es la relación que mantenemos con los otros. Posiblemente por eso, a veces, mi perro me recuerda a mí misma cuando busca cobijo los días que hay tormenta, y también por eso, pese a los años que hace que ya desapareció, sigo arqueando la ceja, como hacía mi padre, cuando la cosa viene prieta.


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