domingo, 5 de octubre de 2014

VLADIVOSTOK


Lo podía haber hecho cualquiera, y también podía no haber tenido lugar nunca, 
en esta única y concreta forma y en esta concentración 
de los acontecimientos aparentemente fútiles.



El único sentido que tenía tanto misterio era preservar lo poco que teníamos. Vivíamos inmersos en una tormenta extraña. Cualquier camino parecía una encrucijada que nos obligaba a apostarlo todo al “uno”. Perdimos por el camino algo más que inocencia. Perdimos el entusiasmo del que no ha recibido golpes extremos porque las heridas no eran más que grietas que había que volver a saltar una y otra vez. Pero aun así, cualquier ruina era una excusa, una manera de acercarse y refugiarse del deshecho que nos espiaba sin darnos tregua, una manera de sabernos, de protegernos sin más. 
Leías en voz alta a Kuśniewicz mientras la lluvia se batía contra los cristales de aquella casa que nunca fue nuestra. Pero aquella calma aislada, mínima, apenas encerraba un amable mañana y el aire terminaba frío, casi muerto, imposible de respirar.
Las calles están desiertas y el aire huele a brea. Ya no queda ningún misterio, solo el agua que encharca las aceras mientras tus secretos duermen a mi vera, para siempre.