miércoles, 18 de octubre de 2023

VIVIR EN EL HARTAZGO

 




¡Qué harta estoy! Creo que he resoplado un poco mientras el quejido se me escapa entre los dientes. Cierro la nevera y sigo empujando el carrito hasta el siguiente lineal. Miro la etiqueta, sigo harta, pero es lo que hay. Hablar de los yogures, la quinoa o de las compresas para las pérdidas de orina, es entrar en el hiperbólico mundo de las mentiras y las medias verdades. Lo que ocurre en el supermercado no es muy distinto a lo que ocurre en cualquier otro ámbito de la vida. Ni los yogures son yogures, ni nada es lo que parece. La desinformación; las noticias enmascaradas para que parezcan una cosa o la contraria en función de quien las da; los muertos buenos y los muertos malos; la negligencia y la impericia; la falta de moral y de decencia. Cada uno somos hijos de nuestro tiempo y que eso sea así, como lo es, nos convierte en una masa viscosa a la que nadie querría acercarse ni con un palo.

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Me froto lo nariz por encima de la mascarilla, aunque a ratos, casi sin darme cuenta, cuelo el dedo para rascarme un poco más fuerte y casi de inmediato me siento mal. No me he lavado las manos desde hace un par de horas y, con esa mala suerte que nos persigue, cabe la posibilidad de que me lleve a casa el bichito que a ella la tiene hospitalizada y a los demás dando tumbos entre el miedo y la rabia. 

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Me pruebo los pantalones. La cinturilla baila un poco y eso es siempre una alegría Pero la fiesta en un probador siempre es fugaz y dura hasta que te da cuenta que, entre las dos prendas elegidas, has escogido la de tallaje mayor para probarte primero. Se diluye la alegría y llega el hastío. Se los devuelves a la chica que pliega la ropa entre la resignación y el cabreo porque lo del cuerpo normativo será una esclavitud pero ahí está, dando por saco a diestro y siniestro por mucho que cada día te cisques en la norma.

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Intento tomar un café en Villanueva, nada. Bajo hasta Serrano, nada. Subo al apartamento, enciendo la cafetera y nada, no funciona. Me tumbo sobre la cama y, desde el hueco que dejan los edificios que me rodean, veo el único metro cuadrado de cielo en el que brilla el sol. Anuncian bajada de temperaturas y una lluvia que tarda en llegar. Tengo todo el día por delante para buscar quién repare la cafetera; para acomodarme a una habitación que se ha convertido en mi casa; para echarle de menos, y para olvidar que en algún lugar del ordenador espera una historia preciosa que ya no es mía.

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No hablo de la guerra. Hoy no.




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