Todos buscamos nuestros momentos, esos que son sólo nuestros.
“Martín Marco vaga por la ciudad sin querer irse a la cama. No lleva encima ni una perra gorda y prefiere esperar a que acabe el metro, a que se escondan los últimos amarillos y enfermos tranvías de la noche. La ciudad parece más suya, más de los hombres que como él, marchan sin rumbo fijo con las manos en los vacios bolsillos –en los bolsillos que, a veces, no están ni calientes-, con la cabeza vacía, con los ojos vacíos y en el corazón, sin que nadie se lo explique, un vacio profundo e implacable”.
La busca con la mirada sin verla, pero sabe que está ahí. La intuye sentada en el mismo rincón de siempre. La luz es tan tenue que la oscuridad es casi total, pero no necesitan más. Sobre el escenario, un hombre; en la sala, una mujer. Unos acordes de fondo, y el mundo se detiene sólo para ellos dos. Contienen la respiración, cierran los ojos, empieza la transformación y nace un mundo. Ella se convierte en humo y, deslizándose cadenciosamente, lo envuelve en un etéreo abrazo que la acomoda transformada en un perfecto cordaje en el mástil de su contrabajo. Transfigurado por la existencia de un efímero momento, puntea voluptuosamente las cuerdas modelando la banda sonora de una vida fugaz. Dos últimos acordes y desaparecela magia. Sobre el escenario un hombre sólo, una melodía de fondo y en la escalera, una sombra que se pierde. Mañana, se reinventarán de nuevo, cada uno por su lado, pero nada volverá a ser lo mismo.
Ayer, alguien que ahora mismo sufre, me preguntaba si se puede vivir sin amor. Puedo caer en mil tópicos e intentar disfrazarlo y decir que sí, pero sé que sin amor no somos nada y que sólo como adultos conscientes y esperanzados podemos disfrutar de él. Pero esto no lo he descubierto yo. Hace siglos, otro más sabio que yo, ya nos lo contó:
“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”.
"De dónde provienen las historias. No del aire, de algún lugar deben venir. Así que cada cosa sobre la que he escrito significa que algo de eso ha sucedido realmente o al menos lo he escuchado, he sido testigo en alguna forma.Me imagino que recolecto y combino, como cualquier buen escritor hace.Nadie puede escribir con método estrictamente autobiográfico –sería el libro más insípido del mundo. Pero extraes algo de aquí y algo de allá. Bueno, es como una bola de nieve rodando cuesta abajo por una colina, recogiendo todo lo que encuentra a su paso –cosas que hemos escuchado, hemos visto, hemos experimentado. Ensamblas piezas y trozos y logras finalmente un mundo coherente con todo eso".
Da una palmada con sus manos y empieza a llover. Al cabo de unos instantes, repite el gesto y deja de llover. Tiene la certeza de su grandeza. Es poderoso, un control absoluto sobre todo y sobre todos. Por eso, porque nada le puede parar, pasa por encima de cualquiera y de cualquier cosa. Camina con los hombros alzados, el pecho henchido y con el exceso de soberbia que sólo un necio es capaz de concentrar. Gira la esquina, pensándose, recreándose en su estúpida majestuosidad. Por eso, porque está ciego y sordo al mundo, no oye las pisadas que se le acercan. Un gemido. Un perro olisquea un bulto, una gabardina sucia con una nota arrugada sobresaliendo del bolsillo con un triste epitafio: “sólo los necios mueren solos”.