sábado, 23 de marzo de 2013

"ADREÇA DESCONEGUDA" -UNA NOCHE EN EL TEATRO-




 "Querido Martin:
 ¡De vuelta en Alemania!¡Cómo te envidio! Aunque no la he visto desde que era un niño de escuela, escribir Unter den Linden todavía me conmueve... La amplitud de horizontes de la libertad intelectual, las discusiones, la música, el desenfado de la camaradería. Y ahora el viejo espíritu aristócrata, la arrogancia prusiana y el militarismo han desaparecido. Llegas a una Alemania democrática, a una tierra profundamente culta, donde la preciosa libertad política está en sus comienzos. Será una vida maravillosa. Tu nueva dirección no puede ser más sugestiva. Me alegro de que la travesía haya sido tan agradable para Elysa y los pequeños".
 

Así empieza la primera carta que Max Eisenstein, alemán, judío, afincado en San Francisco (Estados Unidos), escribe a su amigo, socio en un negocio de arte, y casi hermano, Martin Schulsen, alemán, casado, con hijos, que en el año 1932 decide regresar a Alemania. Un país desolado, que sufre las penurias que para ella trajo el final de la primera Guerra Mundial, y que se verá renacer de un modo enfermizo a través de la exaltación mesiánica de un loco, Adolf Hitler, de la sociedad alemana, ansiosa de dejar atrás la derrota.

La relación entre Max y Martin, durante meses, se mantendrá a través de las cartas que, uno y otro, se remiten. En cada una de ellas, la evolución de estos dos amigos se irá haciendo evidente. Modificarán su pensamiento, su ideología, su manera de entender la vida; dejando en evidencia el deterioro de la estrecha amistad que les unió durante años, hasta el punto de enfrentarlos de un modo espantosamente destructivo para ambos.



“Paradero desconocido” es una novela epistolar escrita por Kathrine Kressmann Taylor en el año 1938 que llegó a mediados de enero de este año, a la escena barcelonesa, bajo el nombre de “Adreça desconeguda”, de la mano de Lluís Homar como director y actor protagonista.

Los dos únicos personajes que aparecen en esta obra, Max y Martín, son interpretados magistral e intensamente por Eduard Fernández y Lluís Homar. En el escenario (bordeado por las butacas de los espectadores que se mantienen a la misma altura y plano que los actores), apenas dos sillas, una alfombra y un juego de luces que desciende hasta quedar a un palmo del suelo, al ritmo que la intensidad narrativa va creciendo.

La interpretación de estos dos actores no puede ser calificada más que de espectacular pues son con las inflexiones de su voz, su posición sobre el escenario, con lo que consiguen transmitir al espectador la intensidad del drama por el que atraviesan los dos.

El movimiento y la posición en cada momento del escaso atrezzo -apenas dos sillas, como ya se ha dicho, unas cartas que cruzan de un lado al otro del escenario de la mano de los mismos personajes que irán leyendo de viva voz como si las estuvieran escribiendo en el mismo momento que la lee su receptor, dos copas y una cubitera que terminará por convertirse en la imagen de la angustia de Max por el destino de su hermana Griselle en un Berlín que escupe a los judíos-, es fundamental en el acompañamiento del derrumbe humano de los dos personajes que pasan de la soberbia del bienpensante liberal, del hombre que triunfa, a quedar vencidos, de un modo u otro, por la fascinación que Adolf Hitler provoca en  Martin que acaba abrazando el nazismo y sus perversas y enfermizas tesis,  hasta convertirse en un desconocido para Max quien, a su vez, se transformará en la antitesis del hombre que hasta entonces fue. 
Y ese tránsito por el que pasan ambos personajes (y también el espectador), que es difícil de poner en escena, es bordado por ambos actores que consiguen sumir al público en el pesar por el que ambos atravesarán a lo largo de la hora escasa que dura la obra. El derrotado caminar de Martin (Homar) sobre una imaginaria cuerda floja que se acorta a cada palabra de Max (Fernández); el retraimiento, incluso físico, de Max, vencido por el horror y la venganza, son de una fuerza espectacular, muestra de lo que son capaces estos dos grandes actores.



Cuando la maestría se encuentra no sólo en el texto, sino en la interpretación que de él se hace, el escenario no necesita de artificios y eso es lo que ocurre precisamente con “Adreça desconeguda”, y en esta obra, los dos actores, Lluís Homar y Eduard Fernández se comen la escena a cada palabra que pronuncian, a cada paso que dan.



Quedan pocas funciones en Barcelona, en la sala "La Villaroel". Ignoro si la llevarán de bolos pero, si así fuera, y tienen la enorme suerte de que aterriza en su ciudad, en su pueblo, no dejen pasar la oportunidad de ver esta magnífica producción. en la que el horror termina por entregarnos una última carta con un desasosegador “Paradero desconocido”.