lunes, 11 de marzo de 2013

HALLAZGO



 "No te busco
porque sé que es imposible
encontrarte así, buscándote"

La química de la piedra, el olor que desprende el asfalto mojado, el azul del cielo que se esconde tras la espesa bruma que lo envuelve y que roba al forastero la posibilidad de disfrutar de una de las mejores luces urbanas. Sin embargo, todo ese attrezzo no es más que eso, el decorado que disimula algo que va más allá de la admiración por una ciudad cualquiera. 


Llego más libre que en otras ocasiones. Atravesar la ciudad, un viernes de lluvia intermitente, puede convertirse en un infierno y, sin embargo, aún sabiendo que llego extremadamente tarde, agradezco el atasco y el riesgo de quedarme colgada de la idea delirante de un posible traslado. Los cambios empiezan a ser bienvenidos. 


Cruzo Colón y sé que me equivoqué. En los dos últimos días, he pensado mucho en el motivo por el que nos aferramos a la idea imaginada que de otro nos hacemos, de cómo intentamos asirnos a cuatro palabras dichas e interpretadas ajustándola a la propia necesidad, a planes trazados sobre un mantel de papel; y de lo absurdo que es sujetarse a la idea de lo imperecedero de algunas relaciones. Nada sobrevive a las contingencias  de la rutina.

Algunas urgencias vitales son la antesala del desastre, de la desazón, de alguna clase de ruina personal que te deja a la deriva en un figurado Mar de los Sargazos en el que los botes salvavidas no existen.


Pero todo eso ya queda lejos y frente a mí, sin apenas sentir que la lluvia lleva calándome hasta los huesos desde que me baje del taxi, recojo este momento perfecto en el que pasado y futuro se entrecruzan, y que desaparecerá, arrastrado por el aguacero que empieza a caer, en cuanto cruce el portal.