domingo, 3 de marzo de 2013

LA PARTICULARIDAD


Sam Shepard en mitad de la pantalla y yo, que ya no necesito excusas, ni cuestionarme nada porque ya nada tengo, recuerdo un futuro aventurado que sabía que no llegaría nunca aunque a ratos jugásemos a ser como Willem Schouten, a aventurar que llegado el momento de las tormentas nos sujetaríamos al palo mayor y sortearíamos el Cabo de Hornos sin que la silueta de la isla Hoste nos engañara y nos mantuviera a la deriva. Nos entretuvimos imaginando que al cruzar Kaap Hoorn, casi desfallecidos, prenderíamos de nuestros lóbulos dos aros bien dorados que nos recordarían para siempre que, pese a todo, a los avatares que pretendían destruirnos, conseguimos atravesarlo y que el dolor en los músculos de uno siempre sería el bálsamo del otro.



Nos cruzamos de nuevo, lejos de archipiélagos imaginados. Llevo dos diminutos pendientes, escondidos por el cabello, que poco tienen que ver con aquella quincalla imaginada. 
  
No veo al dramaturgo de Illinois, veo lo que un día quise. Una cabaña, un proyecto entre manos, una cámara fotográfica, tiempo y una manta gigante tejida de lana.  Pero ese futuro, que se amarraba con cabos más que frágiles, se hundió en las frías aguas atlánticas sin que la tensa línea de vida con la que nos  habíamos amarrado, con aparente fuerza, sirviera para nada.

Así son las cosas. Y ahora, después del tiempo, sé que me lucen mejor los pendientes sujetos a la carne, la misma que un día tuvo jugando entre sus dedos. 
Puede que empiece a pensar que los mejores ojos siempre han sido los que se pierden por los recovecos de los recuerdos inexistentes, aunque, pensándolo bien, en este caso, ésta es una buena fotografía de Sam Shepard y quizá vale la pena entretenerse solo en lo que el ojo físico ve, aunque al final se despiste y vea un futuro inexistente, caduco y abocado al olvido.

Vemos lo que queremos ver. Es el ojo despistado, imaginativo, adulterado y hambriento.