miércoles, 5 de febrero de 2014

¡QUÉ ALEGRÍA! ¡QUÉ ALBOROTO!


Tengo una azarosa alegría que se me enturbia con cierta inquietud. Me explicaré, hace un par de días, tres a lo sumo, se hizo público que el Rey ha decidido atribuir a la Reina y a la Princesa de Asturias un sueldo a cada una de ellas por el trabajo que desarrollan para la Corona. Por lo visto y hasta la fecha, los ingresos directos de tan majestuosas damas por el servicio prestado a este país (según la reina) o trabajo público (según Doña Letizia), eran menos que cero y por tanto, desde un punto de vista económico, al menos formalmente, dependían de los monederos de sus augustos esposos.

Si tengo que ser sincera, y con independencia de la particular opinión que tengo sobre la anacrónica institución que es la monarquía en los tiempos que corren, lo que es cierto es que, lo mucho o poco que ambas señoras hagan representando a este país merece tanta retribución como la representación que del mismo Estado realice el Rey o el Príncipe de Asturias, en su caso.

De ahí que me alegre de que finalmente se les reconozca el derecho a percibir un salario por el trabajo que sea que hagan. Y digo que me alegra porque esta cuestión  tan absolutamente discriminatoria dentro de la Casa del Rey no es nada absurda, sino que tiene un calado mucho más importante de lo que parece. Hasta la fecha, la discriminación “laboral” y retributiva de las féminas de la Casa Real es un hecho consumado, baste ver como una primogénita real queda relegada en la sucesión por su condición femenina. A esta flagrante y discriminatoria postura se suma, la que ahora se manifiesta, que ni la Reina ni la Princesa de Asturias (sucesora de la institución si no se va al garete antes de que llegue su momento), a igual trabajo o similar que el Rey o el Príncipe de Asturias, no hayan contado,hasta ahora, con ninguna asignación económica directa por el “trabajo desarrollado”.   

En realidad, el papel de la mujer en la Monarquía, en la nuestra (y me refiero a la de los últimos tiempos) es de verdaderas segundonas, mujeres florero que lucen y poco más. Papel que se ha venido consolidando con el tiempo a fuerza de relegarlas a los actos benéficos, artísticos,  y similares; y, lo más gordo, a negarles el pan y la sal.

Pero este país es así, y al anacronismo de la institución debemos sumarles el inconstitucional mantenimiento de las rémoras de una Ley Sálica ("Nulla portio hæreditatis de terra salica mullieri venial, sed ad virilem sexum tota hæredita"), que a fecha de hoy es absolutamente inaceptable por el atentado que supone al derecho de igualdad entre el hombre y la mujer en el acceso a la titularidad de la Corona

Aun así, a pesar de mi alegría contenida, mi zozobra no es menor, mi inquietud esa que empaña mi agrado y gusto, está en la cuestión impositiva. Y es que ya puestos, y por una cuestión de igualdad, no sólo entre hombres y mujeres (como la que predicaba en las anteriores líneas), sino con la de la totalidad de ciudadanos, espero que ambas damas, la Reina y la Princesa, puesto que en este ejercicio fiscal van a recibir sus correspondientes salario, es decir, sus propios rendimientos por el trabajo, tengan a bien pagar sus cuotas a la seguridad social, se les practiquen las correspondientes retenciones y paguen, como todo español de bien y con ingresos, lo que les corresponda en la próxima declaración del impuesto sobre la renta de las personas físicas. Eso sí que me haría verdaderamente feliz mientras espero la desaparición de la institución de la Corona.