miércoles, 19 de febrero de 2014

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (I)


«La complejidad de las cosas, las cosas dentro de las cosas, parece sencillamente inagotable. 
Quiero decir que nada es fácil, nada es simple».


Nadie te avisa de algunas cosas, pero la intuición a veces vale tanto como una realidad estampada en mitad de la cara. Así que, sin tener la certeza clara, sabía que en algún momento tendría que llegar, que bajaría la guardia y que con la mayor naturalidad del mundo me colaría un gol por toda la escuadra.  Lo sabía desde que le incorporé a mi vida como un activo sentimentalmente tóxico con dos divorcios a cuestas, un hijo ya adolescente y una abultada nómina que se escurría cada mes en obligaciones vencidas de antemano.

Tal vez precisamente por eso, porque aunque no sabía cuándo, sí sabía cual iba a ser el próximo capítulo de la película. Una historia tan poco original como cualquier culebrón televisivo que se precie de serlo,  de ahí que no me impresionara en absoluto el día que le vi aparecer por la puerta, con el semblante serio, las manos en el bolsillo y desprendiendo un ligero tufo a alcohol. Sabía que para poder pronunciar su decisión (una decisión rubia, menuda, con una talla cien de contorno y una docena de años menos que los que señalan mi carnet de identidad), precisaba de un par de gin-tónics, de un semblante atormentado y de la suficiente estupidez como para llegar a casa en ese estado. Si no era así, su decisión, esa que le tenía todas las tardes ocupadísimo hasta media noche porque los plazos vencían, quedaría, una vez más, sepultada entre los pliegues de la manta de nuestro sofá, entre las sábanas ordinarias de una vida monótona y acomodaticia.

Debo agradecerle que el discurso fuera corto y que tuviera el coche aparcado en doble fila. Desde el sofá le vi guardar en la bolsa, un traje, una camisa, una muda, un libro y cuatro tonterías más. Mientras salía le dije que dejara las llaves sobre la consola de la entrada. Cerró la puerta y en ese momento vi mi imagen reflejada en el cristal del balcón. Debería haberme peinado, aunque pensándolo bien, no hay nada más fantástico que una mujer despeinada.