domingo, 10 de enero de 2016

SALMON FALLS


“Las cosas que no se dicen, suelen ser las más importantes. Pero, ¿acaso no es siempre así?” 
-Cosas que nunca te dije-



La tarde comenzó con una lluvia densa. En las noticias lo anunciaban desde hacía días, pero no había sido hasta entones que el cielo empezó a derrumbarse. El suelo, cubierto de las hojas, se transformó en una alfombra acuosa. Había pasado las primeras horas del día mano sobre mano, intentando poner orden a la habitación que ocupaba en esta ciudad, nueva para mí. No tenía nada que hacer. Un domingo nunca hay nada que hacer, salvo esperar que pase pronto y que llegue el lunes. Pero el domingo siempre espera que lo agotes de alguna manera, sobre todo cuando los días que van a seguir van a estar tan vacíos y huecos como el que ahora intentaba apurar. El trimestre no empezaría hasta dentro de un par de semanas, entonces mi tiempo estaría ocupado, pero mientras tanto algo habría que hacer. Puede que me acercara a conocer Salmon falls o a Portland, o que me decidiera por encerrarme para preparar las clases a las que me habían invitado. Pero era domingo, el día en que incluso aquél, más grande que yo, descansó. Escuché las noticias, se vaticinaba nieve para los próximos días, como antes lo habían hecho con la lluvia que ahora caía. Conecté el ordenador y automáticamente se abrió Skype. Mis contactos (tecnológicamente así llamados los amigos, la familia y demás), debían estar durmiendo. La videoconferencia tendría que esperar a mañana, a horas más normales, al menos más normales allí, al otro lado del océano. Así que salí a caminar antes de que oscureciera del todo. Dar una vuelta alrededor de la manzana era la opción, la mejor opción entre las escasas que barajaba en aquel momento. La otra, localizar la lavandería y pasar allí las próximas dos horas con la colada de mi primera semana en Maine, viendo girar el tambor y escudriñando la secadora por si en el girar hipnótico de sus tambores se encontrara la solución a los problemas del mundo, era la otra. En las películas siempre ocurren cosas maravillosas en las lavanderías de autoservicio, pero aquí, en esta ciudad tan alejada de todo, ni siquiera el escenario era el correcto. No había nadie. Los estudiantes y los invitados a la universidad habían vuelto a casa para las fiestas, así que tampoco la lavandería, como remedio al autismo autoimpuesto por las circunstancias, era la panacea. Aquella semana parecía la antesala del purgatorio, pero lo había escogido yo al adelantar mi llegada. Así que no quedaba otra que fajarse con lo que había elegido, con el frío, la soledad y con los sándwiches de pavo y mostaza. Me puse el abrigo, cogí el paraguas y salí a caminar mientras mentalmente recitaba la que iba a ser mi exposición en las próximas semanas aunque, en realidad, en aquel monólogo interior solo estuviera pariendo las cuatro líneas que pensaba dejar escritas a modo de diario, a fin de cuentas la aventura americana solo iba a vivirla una vez y esperaba poder contárselas algún día, aunque ahora supiera que no podía ser, y que su bolita permanecía gris para mí.







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