miércoles, 6 de enero de 2016

EN CASA


"Me encontré con mi propia mirada en el espejo; era una mirada tremendamente oscura,
 dentro de una cara congelada en una frustración tan grande que casi me estremecí al verla".
Karl Ove Knausgard


Rompiendo la costumbre de los últimos años, pasamos estos días en casa. Este año la cosa vino así y, así como vino, nos hicimos a ella.  El viernes dispusimos el mantel y las servilletas de hilo reservados para las grandes ocasiones. Sacamos brillo a las copas, a los cubiertos  y con la caída de las primeras horas de la noche, mientras esperábamos a que el apetito se abriera paso al ritmo del chup chup de la cocina, escuchamos unos cuantos discos de Oscar Peterson, que no terminaban de apagar el rumor del viento  que aun hoy se cuela por la ventana. 
Deberíamos arreglar la ventana, aunque tal vez deberíamos cambiarnos de casa, o marcharnos al extranjero y probar suerte.  Entre discusiones mininas, una cosa llevó a la otra, al pasado, al presente y a esa especie de "ay, ay ay”  que aún tiene que llegar. Conversaciones que nacieron con la salida de la luna y se prolongaron sin punto y final. Sobre las siete llamaron los suyos, sobre las ocho los míos, y sobre las nueve, con el frío y las primeras volvas de nieve, un par de amigos que allá por primavera  desertaron de la familia (o la familia de ellos), que llegaron buscando el cobijo de esta casa que siempre anda abierta. Una verdadera fortuna.  Así pasamos las horas, entre tenedores y platos llanos, copas y charla reposada; espoleados por la tontuna que ha invadido la ciudad y por la sensación irremediable de perdida que vamos sumando con los años. Las sonrisas ligeras llegaron hacia la medianoche, obedeciendo a un mal disimulado cansancio o a un ligero achispamiento, casi siempre es así. Aunque puede que sonriamos porque ya solo nos queda el pulcro sentido del humor con el que nos vadeamos para sobrevivir a determinados estados carenciales. Fue una velada de un ligero tinte rojizo, de borgoña viejo, de madera ennegrecida, de manos encallecidas, de sonrisas interrumpidas, silencios minúsculos y pensamientos prodigiosos. Cada cierto tiempo la nostalgia llama a nuestra puerta, aunque ahora se presente vestida de IKEA,  es inevitable.


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