miércoles, 21 de agosto de 2013

VETUS


Un buen arrepentimiento es la mejor medicina que tienen las enfermedades del alma.


“Una noche llama a una puerta. Está haciendo penitencia, intenta arreglar las cosas. Sara le abre y se le queda mirando un momento; al fin le deja pasar y se dan un abrazo. Una vez en su cuartito, sentados en la cama, que hace las veces de sofá, le dice: no sé si esto es una buena idea, pero estoy seguro de que si me limito a hacer como si no existieras me arrepentiré el resto de mi vida”.

Releo el fragmento en el vuelo EI0868. Vuelvo a casa para volver a irme un poco más tarde, retornar y marcharme de nuevo. Este verano está siendo extraño, tranquilo pero extraño. La niebla solo es atmosférica y la calma chicha se bambolea. He bajado la mesilla para apoyar el libro y el Ipod. Vuelvo al párrafo. Pido un café a la azafata, sé que es recalentado, y posiblemente me descomponga el intestino, una purga llegando a casa como si de ese modo el cuerpo se deshiciera de momentos que parecen extraídos de una película de arte y ensayo, conversaciones mínimas que no resisten una traducción completa, búsquedas a través de un objetivo que por primera vez en años no se empaña por el exceso de humedad.

¿Arrepentimiento? Sólo cabe el arrepentimiento cuando tenemos capacidad de hacer algo y no lo hacemos o al hacerlo lo hacemos contra nosotros mismos, pero poco arrepentimiento cabe cuando no existe la posibilidad de hacer absolutamente nada, cuando segaron la hierba bajo tus pies y solo dejaron gravilla seca, muerta, para que te entretengas con el ruido que hacen las suelas de tus zapatos al arrastrar los pies para marcharte sin molestar demasiado.


Me entra sueño, no es raro. Estoy convencida de que a través de los conductos del aire de los aviones nos inducen el sueño y así, en esa vigilia provocada, soñamos con tierras frías, arrepentimientos imposibles, perros guía y groelandeses que pierden el oremus.