lunes, 17 de junio de 2019

QUERIDA GRACE (III)




“Creo que en el amor no somos más que principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y también vosotros os amáis. Ya sabéis a qué tipo de amor me refiero ahora. Al amor físico, ese impulso que te arrastra hacia alguien concreto, y al amor que inspira el ser de la otra persona”.
De qué hablamos cuando hablamos de amor. Raymond Carver





Querida Grace:

Acabo de recibir tu última carta. La veo fechada hace ya algunos meses. No sé por dónde andarás en este momento, si seguirás cruzando el mundo de esquina a esquina o si, por fin, habrás decidido detenerte en esta carrera que parece no acabar nunca. Yo sigo aquí. Me anclé a esta ciudad y desde entonces, desde que soy consciente que respiro para vivir, me es difícil moverme. A veces me pregunto si hacerse viejo es haber encontrado el rincón en el que tomas asiento y ya nada es capaz de hacer que te muevas. Me falta todo y me sobra todo lo demás. Algún día, querida Grace, lo entenderás porque, como yo, envejecerás y las renuncias se habrán terminado porque ya no habrá nada a lo que renunciar, salvo que te conviertas en una chalada añosa con pretensiones de querer vender al resto una experiencia que al final nadie quiere para nada.

Mientras te escribo sigo las noticias en el televisor. Donald Trump está inconsciente y dudan que vuelva a recuperar la conciencia. Parece un chiste de mal gusto, perder lo que no se tiene, ni conciencia, ni consciencia. Las imágenes se repiten como en un carrusel, una y otra vez. No sé cuánto habrá de verdad en lo que quieren contarnos. Quién sabe, igual morirse de una manera tan estúpida como lo es el hacerlo después de atragantarse puede que sea una especie de venganza del cosmos. ¿Qué nos deja? Poco más que la sensación de que cualquier, por muy necio que sea, puede dirigir el mundo. ¿Qué dejaremos cualquiera de nosotros?
Imagino que en estos momentos, allí donde estés, las noticias deben ser las mismas. Ya no hay nada nuevo bajo el sol y la globalización extiende sus tentáculos por todas partes convirtiendo el mundo en un vertedero. Y da lo mismo que estés en una granja de Alberta que sobre el puente de Brooklyn. 

Querida Grace. Me duele el alma, me duele lo que no tengo, y me duele lo que se va a quedar sobre la tierra el día que me vaya. He dejado dispuestas algunas cosas. A mi edad no cabe la improvisación y el tiempo, rígido como el acero, no tiene compasión de nadie. Ni de mí, ni de Trum. Ni tan siquiera de ti, ni  de todas esta cartas que cruzan el mundo arriba y abajo y parecen un desatino fuera de nosotros mismo.

En un rato bajaré a dar un paseo, antes de que empiece a llover. Caminaré hasta la 4th con Bestesta y allí, si aún sigue abierto el Café Allen, compraré un poco de aquel té que le gustaba tanto a Helen. Hoy habría cumplido años, tantos como los míos, tantos como los que solo un viejo como yo está empeñado en cumplir. La echo de menos. Después, volveré caminando a casa, colocaré un disco antiguo y me sentaré a esperar. Esperar, a mi edad, es solo un vicio que al final te acaba matando. Una ocurrencia del destino que hace sobrevivir al más inútil, al más indeciso, al más necio. Puede que por eso, porque los necios sobreviven, Trump despierte mañana mientras yo me voy apagando frente al televisor, echándote de menos a ti también.

Me despido, Grace. El mundo es grande y el tiempo escaso. Siempre tuyo, John. 



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