domingo, 4 de octubre de 2020

RESPIRAR

 



La única vez que coincidimos fue en una reunión de conocidos. Me habían invitado por puro compromiso y aun hoy no sé muy bien por qué acepté. Puede que fuera porque me acababa de separar y los amigos comunes, que hasta entonces se habían mantenido en una aparente neutralidad, fueron desapareciendo del tablero de juego. Supongo que por eso acepté y por convencerme de que cerrando una puerta se abren otras y que tras ellas siempre hay cosas interesantes. No lo sé. Llegué un poco justa, casi la hora de cenar. No hubo presentaciones solo nombres lanzados al aire aunque la anfitriona acompañó el suyo de una sonrisa y una inclinación de cabeza un tanto exagerada. Sabía quién era, le había escuchado en alguna ocasión, pero su cara, la verdad, me era desconocida. Tenía la piel cetrina, marcada por lo que supuse un acné juvenil bastante maltratado. Nos sentamos en los extremos más alejados de la mesa y, desde ahí, aburrida por la insulsa conversación de mis vecinos, pude observarle y encajar las piezas del puzle. Al hablar, arrastraba las erres esforzándose en pronunciarlas y movía las manos con extremada lentitud, como si le pesaran mucho. Eran unas manos pequeñas, casi diminutas, pese a su envergadura. Alguien puso música y hasta la terraza llegó la voz empalagosa de una cantante francesa. Cayó un chiste malo sobre el éxito, la cama y la erótica del poder y ese fue el único momento, en toda la noche, que le escuche reírse con ganas. Empezó a canturrear en voz baja, alejado ya de todo. Al instante sonaron doce campanadas como en fin de año. Septiembre queda un tanto extraño para celebrar la llegada del año nuevo pero, con el tiempo, las rarezas de los demás se vuelven tolerables si las de uno son toleradas por los otros. Y no iba a ser yo quien hiciera ascos al confeti, al espumillón, y a las copas de champan. Esa medianoche me colocaba, a mí también, en el inicio del otoño de mi vida. Corrió la voz que también yo cumplía años y alzó la copa en un brindis generoso y me guiño el ojo. Me deseó una feliz eternidad y un futuro aventurero y yo, a su vez, le deseé un adelante creativo y bajo en colesterol. Una simpleza que se me ocurrió en aquel momento en el que la velada se me empezaba a quedar larga aunque después se alargó muchísimo más. Ayer leí que había fallecido. Me acordé de su cara desajustada, de sus buenos deseos y del futuro aventurero que ha dejado paso a un futuro raro. He tenido la tentación de buscar aquella canción dulce y simplona con la que nos terminamos emborrachando, aunque solo un poco, un septiembre en el que, inocentemente, creímos que la normalidad consistía en salir a una ventana a respirar.



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