domingo, 13 de abril de 2014

DIARIO DE UNA MUJER DESPEINADA (V)



“Tienes que divertirte. En el fondo no ha cambiado nada. Ahora no tienes ningún compromiso con nada, ni con nadie. Es la felicidad completa”. Frases por el estilo que te repiten una y otra vez, como si fueran un salmo, esperando que te entren en la cabeza y te transformen en algo que los demás creen que no eres, o que eres pero que ahora no eres. Respondo que sí, que lo sé, aunque me da igual lo que digan, llevan semanas sermoneando con discursos que ni ellos se creen. 

Sé lo que no quiero pero aun así aquí estoy, sin saber demasiado bien si la que está soy yo o la que otros quieren que sea. Esperan que mañana les confirme que por una noche me he transformado en una zorra absoluta. Porque la libertad y el divertimento cuando te han dado la patada se transforma en algo que debe de convertirte en una desinhibida del que todo el mundo se enorgullezca. Como si acostarte con cualquier cosa fuera una muestra de la superación de la ruptura, de la apatía.

Se ha hecho tarde casi sin querer, pero no ha está mal, al menos ha sido agradable, el vino bueno y la conversación interesante. Ahora su mano se desliza entre mis muslos y le dejo que juegue un rato, que se entretenga, que sus dedos devuelvan un poco de gracia y humedad a mi entrepierna. Pero no siento nada. Debe notarlo porque su lengua se vuelve cada vez más ávida, como si espera encontrar en mi boca el resorte que no encuentra dentro de mi vagina; y yo, un poco ida por la maría del cigarrillo que me fume al terminar la última copa, peleo con los botones de su vaquero con la torpeza de una primeriza y el desinterés de saber lo que me voy a encontrar. El que se lo está pasando en grande es el taxista que sube el volumen de la radio para disimular los ecos de un mal revolcón. Lamentable a su edad, a la mía y a la del mismo conductor.

Alguien va a pagar la carrera y voy a ser yo. Dejaré un par de billetes sobre el asiento en cuanto me baje, que va a ser en el próximo semáforo, que el coche siga y se lleve a mi compañía a aliviarse como pueda.


Mañana tengo que ponerme una mascarilla, no solo para el pelo; vaciar el buzón de voz y pasar por la farmacia a por una caja de preservativos y unos antidepresivos.


jueves, 10 de abril de 2014

¿HAY ALGUIEN AHÍ FUERA?


- ¿Houston podría estar malinterpretando los datos?
- Bueno, no estamos recibiendo ningún dato.


No soy ni la primera ni la última persona a la que le roban nada. Así que no debería lamentarme en exceso porque mi teléfono haya abandonado el bolsillo de mi chaqueta y esté ahora entre las manos del tipo al que de un modo nada violento, todo muy sutil metió su mano en mi bolsillo y se lo llevó. Sólo  un levísimo roce en el costado que no he interpretado más que como el desliz del que sin querer, con las apreturas del lleno, acaricia el tejido de otro exento de toda libido. Y sí, sin libido habrá sido, pero con un evidente ánimo de lucro y de jodienda personal. Ha sido rápido, casi evanescente como un suspiro, pero terriblemente gravoso como un tiro certero. He perdido toda la agenda personal, profesional, anotaciones, próximos eventos y compromisos de trabajo que viajaban con él.

Solo me queda el consuelo de a estas horas el autor de ese hurto, que me ha dejado desconsolada, no tiene más que una carcasa y una tarjeta muerta. A veces hay que ser tan rápido como ellos, o al menos, intentarlo.


Ahora vago por el universo más ligera de equipaje aunque, debo reconocer, se hace francamente raro. Si alguien quiere algo, ahora de verdad, va a tener que silbar o enviarme una paloma mensajera.


martes, 8 de abril de 2014

KELSHAN


“No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están”.


Nada me desagrada más que el frío de Kelshan. Aun no sé qué hacemos aquí, en realidad, que hago yo aquí. Debo haberlo murmurado un punto más alto que lo que mi consciencia reconoce porque de inmediato intentas explicarme que es por la crisis, estamos aquí por la crisis. Tiene gracia que precisamente tú me hables de crisis, de debacle internacional, y aún tiene más gracia cuando lo haces mirando por la ventana de este lujosísimo hotel que alguien pagará por ti, por mí y por los cinco más que venimos por esas cosas de la crisis. El tono irónico de tus palabras te convierte, sin lugar a dudas, en alguien absolutamente aborrecible.

Naturalmente, sonrío sin ganas, me va en el cargo, y lo hago esperando a que del cielo encapotado de esta ciudad del norte descienda un rayo y te parta por la mitad. Nada me gustaría más. Las tormentas secas, eléctricas, no entienden de crisis por eso, aunque sea de un modo ridículo, confío en ellas. Cuento los días que nos quedan para regresar, los días que aun tendré que cubrirme con tantas capas de ropa que ni yo misma no me encuentre debajo de ellas.

Me pides un café y que vaya a por tus cigarrillos, una impertinencia por tu parte. Pero tengo ganas de perderte de vista y tampoco tengo demasiada opción. Salgo a la calle para que tus deseos, que se convierten en órdenes en virtud del salario que me pagas, se hagan realidad. 
Es difícil caminar sobre la patina de hielo que deja este frío atroz, pero puede que tenga suerte y después de recorrer arriba y abajo este desolado bulevar, conserve mi cuerpo en buen estado, helado pero entero.

Debería aprovechar y llamarte, explicarte que esto no fue una buena idea. El norte siempre será el norte, y un imbécil, simplemente, será siempre un imbécil. Por eso te echo de menos, a ti, a tus tostadas, a tus caricias un tanto atolondradas y al sol de invierno.

Nunca creí que pudiera ver una aurora boreal en el mes de diciembre, simplemente porque durante ese mes nunca existen, ni pensar que con un simple mensaje de texto mi vida cobrara un sentido mediano entre tanta mundanidad rota.


domingo, 6 de abril de 2014

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR


Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones, se cierran igual que empiezan. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree. Julio Medem en su película “Los amantes del círculo polar” también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final



Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una Ópera clásica. La primera de ella nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, un juego intrascendente, unirá a los padres de los dos niños. En una segunda parte, el despertar sexual del amor adolescente, del amor prohibido de los que conviven como hermanos, sin serlo, haciendo creer al mundo que no se importan cuando la vida de uno pende de la del otro, ya en ese momento. Durante la tercera y última parte de la película, los Ana y Otto siguen ocultando su relación aunque la viven de una manera estable. Un acontecimiento dramático le alejará y como no puede ser de otro modo, el tiempo servirá para amortiguar pero no para olvidar. Ella se convertirá en maestra, trabajará en la misma escuela en que los dos se conocieron. Él se hará piloto. Cada uno por su lado mantendrán relaciones sentimentales ruinosas sin olvidarse jamás. Un mañana plagado de amantes que no se concretan en nada, parejas que doblan la edad y que postergan la felicidad para un mañana que no va a llegar.  

Pero la vida es circular y uno y otro, de manera inconsciente, seguirán buscándose, porque la necesidad no cesa aunque uno lo quiera. Ana escapará al círculo polar ártico y allí vivirá días en las que las noches no existen, esperando, lejos de todo, recuperarse a sí misma. Otto seguirá volando, trabajando para el servicio aéreo postal de la zona. Ambos sueñan con un reencuentro y un cúmulo de casualidades desastrosas, mientras la búsqueda interior y la de uno y otro espera, llevarán al dramático final de su historia, como no podía ser de otro modo.



Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser los amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. La dependencia de lo que no se controla adormece y al final mata de pura perplejidad. 

¿Quién no ha vivido una historia que por excesiva incluso ahoga? Los humano nos parecemos todos por eso somos capaces de llorar con Ana y sentir el abrazo invisible de Otto mientras esperamos frente a una laguna  que nos queda tan lejos y tan cerca a la vez.

¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine que es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que podemos sentir lo que ellos siente; vivir lo que ellos viven. Y es esa misma magia la que nos permite, cuando la pantalla se funde en negro, volver a ser un poco más nosotros a fuerza de haber sido otro durante no más de dos horas. 


“Los amantes del círculo polar” es una película fascinante, llena de silencios que lo dicen todo. El círculo perfecto.


miércoles, 2 de abril de 2014

POLVO


Mezclar lo tuyo con lo mío y que al final lo que resulte sea tan aburrido que no quede otra opción que lanzarlo a la hoguera o guardarlo en un cajón para que el polvo y las polillas acaben con ello. 


"Hay mucha poesía en los abandonos, vuelves a pensar mientras escuchas el hondo rumor guerrero del Pacífico. Y recuerdas unos versos de Philips Larkin, donde puede leerse que en el fondo detestemos nuestras habitaciones, con sus trastos especialmente elegidos por nosotros, con esa leve bondad de los libros y la felicidad de la almohada propia y nuestra vida tan perfectamente en orden."

-El mal de Montano-