jueves, 28 de abril de 2011

EL DESCENSO

Posiblemente todos tengamos circunstancias improbables que nos lleven a lugares en los que seamos incapaces de reconocernos a nosotros mismos. Pierdo horas, y más horas, sentada en la sala de espera de esta Terminal. Los minutos se estiran tanto en el tiempo que las horas empiezan a ser eternas.
¿Me pregunto qué es lo que le ha llevado a ser quién es? Me corrijo a mi misma y lo cambio por un “ser como es”. Paso una mano imaginaria sobre este estrambótico pensamiento para intentar volver a un estado de adormecimiento mental. Pero el pensamiento es recurrente y pierdo el hilo del sueño hipnótico que pretendo.
¿Cuándo comenzó su descenso? ¿Cuándo comenzará el mío, si no ha comenzado ya? El descenso se construye a base de desesperanza, desesperación y de la certeza del desencuentro, incluso con uno mismo. Tocar fondo y resurgir.

 “El descenso
hecho de desesperanzas
y sin consumación
nos revela un nuevo despertar:
que es el otro lado
de la desesperación.
Por lo que no pudimos llegar a consumar,
por aquello
negado al amor,
por lo que perdimos en la expectativa
el descenso continúa
sin fin e indestructible”
William Carlos William

miércoles, 27 de abril de 2011

NOSTALGIA


A las 23 horas de un 27 de abril de hace ocho años falleció mi padre. Pasan los años y uno aprende a sobrellevar las ausencias. Creo que no ha pasado un momento del día  de hoy que no lo haya tenido presente. 
Podría escribir muchas cosas, pero no se me ocurre nada mejor que dejar uno de los chistes más tontos que he escuchado en mi vida pero que a él le hacían desternillarse de la risa.
Pues eso.

ULLS CLUCS

 
Des de la finestra vaig veure com pujava per la vora del camí. El pes feixuc del temps que no s’oblida l’havia tornat un home esquerp, segons deien. No vaig creuar ni una sola paraula amb aquell vell que veia cada dia a la mateixa hora, amb el mateix caminar esmorteït del que li queden poques coses per perseguir. Els somnis del passat transformats en escorça que es converteix en un mur impossible d’esquinçar. Uns ulls vuits. El vaig veure creuar i parar davant del bedoll infinitat de vegades. Mirava l’escorça tan de prop que per un moment vaig pensar que repenjaria la cara per a deixar-la impresa sobre aquella pell de suro que podria ser la seva.
L’endemà, a l’hora de sempre, vaig recolzar-me davant la finestra i vaig esperar a veure’l pujar. Començava a fer-se fosc i no va aparèixer. Vaig apropar-me sota una pluja intermitent fins l’arbre que dia a dia havia estat la seva parada obligada. Fou llavors quan vaig veure que en aquella escorça hi havia mig esborrada com pel transcurs del temps, de la pluja i el sol, un nom escrit. Vaig passar els dits de la mateixa manera que durant setmanes havia vist fer a l’home dels ulls que no veien. M’estava acomiadant, sense saber-ho, d’un home que mai vaig conèixer però que durant tot l’hivern havia estat el meu únic company. 
Vaig tancar la porta i deixar la clau sota l’estora. Un últim cop d’ull a unes branques que semblaven embolicar-se buscant en si mateixes el seu propi consol. Va ser  llavors quan em va semblar sentir un adéu només interromput pel ronroneig d’un vent que, finalment, tot s’ho endú.
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Desde la ventana vi como subía por el borde del camino. El peso pesado del tiempo que no se olvida lo había vuelto un hombre tosco, según decían. No crucé ni una sola palabra con aquel viejo que veía cada día a la misma hora, con el mismo andar amortiguado de al que le quedan pocas cosas por perseguir. Los sueños del pasado transformados en corteza que se convierte en un muro imposible de rasgar. Unos ojos vacios. Le vi cruzar y parar ante el abedul infinidad a veces. Miraba la corteza tan de cerca que, por un momento, pensé que  apoyaría la cara para dejarla impresa sobre aquella piel de corcho que podría ser la suya.

Al día siguiente, a la hora de siempre, me apoyé en la ventana y esperé para verle subir. Empezaba a hacerse oscuro y no apareció. Me acerqué bajo una lluvia intermitente hasta el árbol que día a día había sido su parada obligada. Fue entonces cuando vi que, en aquella corteza, había medio borrada cómo por el transcurso del tiempo, de la lluvia y el sol, un nombre escrito. Pasé los dedos del mismo modo que durante semanas había visto hacerlo al hombre de los ojos que no veían. Me estaba despidiendo, sin saberlo, de un hombre al que nunca conocí pero que durante todo el invierno había sido mi único compañero.

Cerré la puerta y dejé la llave bajo la estera. Un último vistazo a unas ramas que parecían envolverse buscando en sí mismas su propio consuelo. Fue entonces cuando me pareció oir un adiós sólo interrumpido por el ronroneo de un viento que, finalmente, todo se lo lleva.

© Fotografía Carlos Luria
 

martes, 26 de abril de 2011

CUESTIÓN DE HONOR

 

Escribo desde la cama, llevo un viaje en coche de más de diez horas y mi espalda lo lleva mal. Ojeo las noticias de los últimos días, la desconexión ha sido total.  La primera noticia que me asalta es la del archivo del procedimiento penal abierto contra la deportista Marta Domínguez.

La Sra. Domínguez se vio envuelta en una operación nacional contra el dopaje deportivo y no sólo se le imputó el consumo de sustancias prohibidas sino que además se llegó a especular con su participación en una red de distribución de todo aquello.

Los medios de comunicación, la propia Secretaria de Estado para el Deporte, la crucificaron sin el menor rubor, sin el freno de la prudencia y ni siquiera se le aplicó la tan manida presunción de inocencia.  Todo aquello quedado en agua de borrajas, borrón y cuenta nueva, pensarán algunos, pero la realidad es que el daño a la reputación, a la imagen y el honor de la Sra. Domínguez ha quedado pulverizado.

¿Y ahora qué? ¿Qué pasa con el mal causado?


Marta Domínguez es sólo un ejemplo. En estos momentos las cuestiones de honor parecen relegadas a los cuentos del medievo, o a los del S. XIX. Y es que vivimos en la sociedad de la memoria colectiva limitada, tan pequeña y corta como la de un pez, todo vale. Por eso se puede agraviar que no pasa nada, mañana nadie se acordará, salvo el que lo ha sufrido en sus carnes y que, desde entonces, escucha a su espalda los rumores del “sí, pero…”

Las cuestiones de honor no interesan. El honor como tal se ha convertido en “algo” de quita y pon, algo tan desvalorizado que no hay problema en machacarlo cuando queremos la muerte civil de alguien, de algo.

Calumniar, injuriar a nuestro vecino hasta decir basta es sencillo, fácil y, aparentemente, nada costoso, basta con hacer correr un rumor malintencionado, dejar que se expanda como el veneno y esperar. Si no es cierto lo extendido, ya vendrá alguien a decir que no es cierto y el resto si lo tiene a bien pues recompondrá la imagen que de esa persona tiene, o no.

Por lo general, son pocas las rectificaciones, pocas veces las que escuchamos a alguien pedir disculpas en estas cuestiones. Y es que la difamación, la calumnia no es un trayecto de doble sentido, no se desanda cuando se pone en evidencia la falsedad o la mentira desatada.

Los duelos ya no están de moda, pero los correveidiles, los mentirosos, los chapuceros, los que buscan su momento de gloria están en lo alto de la cresta de la ola y el honor, el de los demás, convertido en una bola de plastilina.

Mala cosa. Sin honor, al final, nos terminamos convirtiendo en menos que cero.

Pd.: Espero que Marta Domínguez haga algo con el suyo.