martes, 26 de abril de 2011

CUESTIÓN DE HONOR

 

Escribo desde la cama, llevo un viaje en coche de más de diez horas y mi espalda lo lleva mal. Ojeo las noticias de los últimos días, la desconexión ha sido total.  La primera noticia que me asalta es la del archivo del procedimiento penal abierto contra la deportista Marta Domínguez.

La Sra. Domínguez se vio envuelta en una operación nacional contra el dopaje deportivo y no sólo se le imputó el consumo de sustancias prohibidas sino que además se llegó a especular con su participación en una red de distribución de todo aquello.

Los medios de comunicación, la propia Secretaria de Estado para el Deporte, la crucificaron sin el menor rubor, sin el freno de la prudencia y ni siquiera se le aplicó la tan manida presunción de inocencia.  Todo aquello quedado en agua de borrajas, borrón y cuenta nueva, pensarán algunos, pero la realidad es que el daño a la reputación, a la imagen y el honor de la Sra. Domínguez ha quedado pulverizado.

¿Y ahora qué? ¿Qué pasa con el mal causado?


Marta Domínguez es sólo un ejemplo. En estos momentos las cuestiones de honor parecen relegadas a los cuentos del medievo, o a los del S. XIX. Y es que vivimos en la sociedad de la memoria colectiva limitada, tan pequeña y corta como la de un pez, todo vale. Por eso se puede agraviar que no pasa nada, mañana nadie se acordará, salvo el que lo ha sufrido en sus carnes y que, desde entonces, escucha a su espalda los rumores del “sí, pero…”

Las cuestiones de honor no interesan. El honor como tal se ha convertido en “algo” de quita y pon, algo tan desvalorizado que no hay problema en machacarlo cuando queremos la muerte civil de alguien, de algo.

Calumniar, injuriar a nuestro vecino hasta decir basta es sencillo, fácil y, aparentemente, nada costoso, basta con hacer correr un rumor malintencionado, dejar que se expanda como el veneno y esperar. Si no es cierto lo extendido, ya vendrá alguien a decir que no es cierto y el resto si lo tiene a bien pues recompondrá la imagen que de esa persona tiene, o no.

Por lo general, son pocas las rectificaciones, pocas veces las que escuchamos a alguien pedir disculpas en estas cuestiones. Y es que la difamación, la calumnia no es un trayecto de doble sentido, no se desanda cuando se pone en evidencia la falsedad o la mentira desatada.

Los duelos ya no están de moda, pero los correveidiles, los mentirosos, los chapuceros, los que buscan su momento de gloria están en lo alto de la cresta de la ola y el honor, el de los demás, convertido en una bola de plastilina.

Mala cosa. Sin honor, al final, nos terminamos convirtiendo en menos que cero.

Pd.: Espero que Marta Domínguez haga algo con el suyo.