domingo, 17 de abril de 2011

ENSIMISMAMIENTOS


Cuando llevábamos más de tres horas descendiendo por el rio, me di cuenta que no había atado ni uno sólo de los cabos que, al subir, me habían entregado para que, a modo de línea de vida, me sujetara a las argollas que un chico, apenas un niño, me había señalado con grandes gestos. Eran nuestro salvoconducto, en caso de volcar, evitarían que la corriente nos arrastrara hasta alejarnos de la barca. No até nada, aún no sé qué es lo que me llevó a ser tan imprudente. Ni até las cuerdas, ni las fije a mi chaleco, ni las sujeté a ninguna argolla. Me dejé llevar. 
Me senté en una silla de madera clavada a un tablón y esperé aún no sé a qué. Me ensimismé.
La capacidad para abstraerse es infinita. Olvidé donde estaba y olvidé que por mor del ensimismamiento había sido muy imprudente. 

Puedo trasladar esa experiencia a la vida cotidiana. Pienso en la necesidad de ir con “líneas de vida” que nos sujeten  a la realidad para evitar que los revolcones que  inevitablemente nos da el destino, la mala suerte, o la propia imprudencia, nos arrastren hasta el fondo del cauce.  
Pero, también en seco,  la capacidad de abstraerse es infinita y olvidamos, por mor del ensimismamiento, escoger un par de argollas a las que sujetarnos. Y así nos va, tragando, en ocasiones,  más agua de la que debíeramos sin comprender que es lo que hizo que no sujetaramos la cuerda cuando debimos.
©Fotografía naq