domingo, 17 de abril de 2011

BCN 02:00 A.M.

BCN 02:00. Una noche en la Gran Ciudad.  Vuelvo a casa después de una deliciosa cena, una copa y un regreso un tanto aventurero. Si fuera Cenicienta no habría salvado ni el zapato, pero la ventaja de no pertenecer al mundo de los cuentos está en  que la calabaza la he podido cambiar por un gin-tonic en buena compañía; los compases de un vals principesco por los acordes de Suzanne Vega; y un cuartucho oscuro, humedo y terrible, por el salón de mi casa nada oscuro, nada húmedo y en absoluto terrible.

Dejo las llaves sobre la mesa, me quito los zapatos y, porque sé que hoy nadie va a protestar, los dejo en medio del salón.
Doy una vuelta, pequeña. El espacio es reducido pero más que suficiente. Miro las fotografías que hay encima de la estantería, las que hay encima de la librería, y me recreo en la que yo misma enmarqué.  Una fotografía en blanco y negro, finales de los sesenta, la cabeza de un niño que, en estilo crawl, intenta avanzar contra corriente. Un instante rescatado de una caja de zapatos olvidada que hoy preside mi casa.
Ni una pizca de sueño. El silencio roto por las notas apagadas que se escuchan a través de la pared. Un edificio de insomnes perpetuos.
La noche va a ser larga, lo sé. Creo que voy a poner, de nuevo, a Suzanne Vega en el CD,  a transformar esta mesa en un collage de fotos rescatadas y a preparar su próximo regalo. Después, sin demora, voy a escribir una carta que debo y en la que llevo pensado desde hace semanas. Ya va siendo hora.  
Voy a empezar por conectar la cafetera, a preparar la taza de loza azul y a esperar a que se caliente el agua. Sin duda, un buen comienzo. 
Click.