jueves, 28 de julio de 2011

EL ÚLTIMO QUE CIERRE LA PUERTA.

He decidido no dedicarle más de cuarenta minutos a colgar el cartel de cerrado. Tengo el tiempo milimetrado, tan justo que sólo así puedo dejarlo todo como debe estar. Mañana a estas horas estaré volando. Esta vez el equipaje personal es pequeño, lo necesario para sobrevivir y nada más. 
 Me llevo muy pocas cosas, sólo lo imprescindible. Entre ellas un par de libros, un bloc de notas y mi cámara. Así que he cerrado la maleta, guardado la documentación y he respirado profundamente. Ya están contados y empaquetados los cuadernos, lapiceros, sacapuntas, plastilinas, pelotas de goma, muñecotes de trapo, tizas y borradores que van a cruzar el mundo. Todo está dentro de un contenedor que excede de peso y por el que pagaré unas tasas descomunales. Todo está preparado, todo incluso yo.
He terminado de hacer las llamadas de rigor a la familia y amigos. Buena gente que se queda más preocupada que de costumbre. Entre ellos se rumorea que “mis cosas” empiezan a rozar la locura. No terminan de encajar que la falta de noticias será una buena noticia, pero así va a ser.
Llega la hora de los “hasta pronto” que cada vez pronuncio con la voz más baja. Y es que cuando uno cree que está de vuelta de algunas cosas, le entran algunas manías, algunas rareza, y a mi me ocurre una como esta, mis "hasta pronto", "hasta luego" son cada vez  menos rotundos, menos sonoros.
Sin embargo, pese a eso, no puedo evitar que me ocurra como al jefe de los piratas del cuento de Peter Pan. Temo que el "hasta pronto" sea demasiado optimista y en realidad se convierta en un "adiós". Ya se sabe que un cambio inesperado puede dejar en el limbo de la nada muchas cosas, entre ellas las que uno quiere que los demás sepan o no olviden. Por eso, antes de estos cuarenta minutos finales, he estado escribiendo notas y correos electrónicos que quedarán en la bandeja de salida de mi cuenta de correo electrónico programados por si el destino decide torcerse, nunca se sabe.
Dicho lo anterior, poco más puedo decir, sólo que espero que tengan un buen verano, que lo disfruten y que sean felices.
Cuídense.
“Corteza, agua y piedra.
En las mejillas ligeros surcos
¡qué simple belleza!
No tardarán en caer y desvanecerse
Con esa leve y fugaz fuerza
Arañamos apenas la tierra”.
-Árbol thanaka-

The Communards - Never Can Say Goodbye


miércoles, 27 de julio de 2011

SORPRESAS


¿Cuántas veces hacemos cosas porque tenemos un compromiso que no podemos eludir? Más de las que creemos y ese compromiso lo convertimos en una losa. Eso pensé yo cuando, hace algún tiempo, me llamaron para pedirme que durante noventa días “amadrinara” a una “recomendada”. 
Se me torció el gesto, resoplé y, conté en el calendario los días que tendría que “soportar” esa compañía semi-impuesta.


Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula desde un inicio. Quien venía lo hacía libre de toda afectación, con la humildad del que sabe que no sabe nada y en unas condiciones laborales casi vergonzosas. Acudió día sí y día también, trabajó y estudió sin poner un pero.

Congeniamos profesionalmente hablando. Le enseñé lo que pude y ella lo aprendió todo y más. Tras los noventa días pactados, yo quedaba libre y ella también. Quiso continuar y le dije que no. Era un mirlo blanco, de los de verdad, y como tal tenía que volar. Y lo que empezó como mi compromiso ineludible para con un tercero, se convirtió en mi compromiso personal para con ella.  Toqué donde tocaba tocar y, así, en unas semanas, marchó a trabajar a la City. No dejamos de estar en contacto durante todo este tiempo.

Esta tarde ha venido a verme, vuelve a estar de nuevo en Barcelona,  ha conseguido un buen lugar en el que trabajar. Quería contarme su nuevo proyecto y, de paso, pedirme un favor. Debo decir que ha sido una sopresa, tanto la visita como el "favor" solicitado. Quiere que la acompañe en su juramento profesional. He tenido que aclararle que eso no es un favor, que eso es un honor. Y es que lo es de verdad. Hoy mis felicitaciones son para ella.


© Jean Michel Basquiat

martes, 26 de julio de 2011

SIGLO XXXV



Me apetecía tomar un poco el aire y alejarme, por un par de horas, de las montañas de papel, de las obligaciones que no terminan nunca y me apetecía, sobre todo, que dejara de jugar, que se sentara conmigo para compartir los dos únicos vicios confesables que conservamos en estos momentos (el café y el tabaco) y charláramos de lo suyo y de lo mío, de cómo le va, de cómo me va. Pero para ese encuentro intergaláctico deberíamos esperar hasta el siglo XXXV por lo menos. La falta de tiempo. Pero catorce siglos son demasiados siglos para esperar incluso para lo que parece eterno. Nada resiste tanto tiempo. Por eso, porque la evidencia me mata, me escapo en busca de alivios más mundanos.


Me acerco al Palau Robert donde hay una exposición sobre Sándor Márai. Parada frente a la verja pienso que Márai es suyo. Pero aún así entro, sabiendo que Márai no es mío y que siendo suyo, hacerlo mío, así, a traición, es jugar a hacer trampas una vez más. 

Me paseo por las salas vacías  mientras escucho a los Cowboy Junkies. Una combinación extraña, como muchas otras, como mezclar el agua con el aceite, los perros con los gatos. Lo suyo es así, lo mío también. Puede que en el siglo XXXV todo sea más sencillo. Puede que entonces llueva azul, que podamos hablar de lo suyo, de lo mío y de cómo nos va. Que Márai siga siendo suyo mientras los Cowboy Junkies siguen siendo míos y que nos los prestemos, que los intercambiemos así, sin más.


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"Siempre quería otra cosa. Siempre quería ir a otro sitio. Yo pensaba que esa perenne insatisfacción era su reacción al miedo y la confusión. Pero poco a poco fui comprendiendo que lo dulce nunca era bastante dulce para ella ni lo salado lo bastante salado, y que de pronto podí apartar bruscamente un exquisito plato de pollo que el chef del excelente restaurante había asado a la parrilla con maestría y decir en voz muy baja, pero con decisión: “no está bueno. Quiero otra cosa.” Y la nata no estaba bien montada, y el café no era lo bastante fuerte nunca, en ningún sitio.
Yo creía que simplemente era caprichosa. Miralá, me dije. Y la observaba. Incluso me divertía con sus caprichos.

Pero luego comprendí que su capricho brotaba de un pozo tan profundo que yo no podía llegar a ver el fondo. Era el pozo de la pobreza. Judit estaba luchando contra sus recuerdos. A veces me conmovía ver cuánto se esforzaba por ser más fuerte que sus recuerdos y reprimirlos con una disciplina ferréa. Pero algo se había desbordado en su alma al derrumabrse las presas que se alzaban entre su pobreza y el mundo.

Ella no quería algo mejor o más brillante de lo que yo le ofrecía: ella quería “otra” cosa…¿Entiendes? Como el enfermo grave, que piensa que en la otra habitación se sentirá mejor o que en algún lado hay un médico que sabe más que el que lo trata, o un medicamento más eficaz que los que ha tomado hasta el momento. Quería otra cosa, algo diferente. Y a veces se disculpaba por ello.. No decía nada, sólo me miraba, y ésos eran los momentos en que yo de verdad sentía más cerca de mi su orgullosa y ofendida alma: me miraba casi con impotencia, como si supiera que no podía hacer nada porque su pobreza y sus recuerdos eran más fuertes que ella. Y luego sonaba con fuerza un grito en su interior que superaba la muda súplica que se leía en su cara. Aquella voz interior pedía otra cosa. Y desde la primera noche.

¿Que quería? La venganza. Todo. ¿Como quería conseguirlo? Ni ella misma lo sabía".


-La Mujer justa- Sándor Márai






domingo, 24 de julio de 2011

KEITH JARRETT, AMY WINEHOUSE Y UN DESASTRE PERSONAL


Tenía en la cabeza dejar cuatro notas sobre el concierto de ayer noche. Sobre lo estupendo que es escuchar buen jazz, del mejor, en el incomparable marco de Anfiteatro del Teatre Grec de Montjuic. De lo estupendamente bien que estuvieron  Keith Jarrett, Gary Peacock y Jack DeJohnette y de la velocidad cósmica que alcanzan los momentos más deliciosos de nuestra vida, de lo geniales que son las noches de verano y de lo lejos que están algunas cosas. Pero, después, mientras pensaba en todo ello, cruzó por mi cabeza la idea recurrente de que, por lo general, el mundo se ha vuelto un estercolero, que la muerte de Amy Winehouse nos muestra la locura en la que vivimos, y que lo malo no es que una persona decida autodestruirse,  sino que los que están a su lado, vivan a costa de eso, de la exhibición de esa destrucción.
Pero he sufrido un percance feroz. El disco duro donde guardaba más de 3.200 fotografías, sin que aún comprenda cómo ha podido pasar, se ha precipitado desde la estantería en la que reposaba hasta el suelo. Metro y medio de distancia que ha puesto fin a una infinidad de recuerdos.  Así que no tengo el cuerpo para nada. Se me ha quedado temblón después de que la mala fortuna me haya arrancado, con un golpe seco, la mitad de las geografías de mi vida.
Por eso, ni Keith Jarrett, ni las noches de verano, ni la muerte de Amy Winehouse, nada de todo eso, va a conseguir borrarme la cara de aturdimiento con la que me paseo por casa desde hace casi tres horas.
Ahora, tras el desastre, sólo me queda acudir a la memoria para reconstruir las miles de imágenes perdidas y esperar, si algo que hay que esperar, que mi memoria sea fiel, que no deforme más allá de lo imprescindible y que Amy Winehouse encontrara lo que buscara, si algo buscó.
Un auténtico disloque.
© Fotografía naq

viernes, 22 de julio de 2011

COSAS Y ESO


Corría el año 1986 cuando Juan Antonio Samaranch, desde Laussane, pronunció el famoso “À la ville de Barcelona”. Durante unos minutos, mientras estábamos expectantes frente a las pantallas gigantes que se instalaron en la Plaça Catalunya, la ciudad entera contenía la respiración. Las palabras de Samaranch, proclamando a Barcelona ciudad olímpica, los saltos de Pascual Maragall, provocaron la catarsis colectiva y la alegría se expandió hasta el último rincón de la ciudad. Aquel día estábamos todos en el centro de la plaza. Aquel acontecimiento nos colocó en el ojo del huracán. Ese año conocí a Javier. 

Pascual Maragall, alcalde de Barcelona entre los años 1982 y 1997, fue muy querido en la ciudad. Puede que los acontecimientos le fueran favorables, posiblemente, pero lo cierto es que pese a todo, Maragall fue considerado un personaje político tocado por la gracia divina, al menos mientras estuvo en el consistorio. Por eso, cuando en el año 2007 hizo público padecer alzhéimer, la ciudadanía se conmocionó. Cuatro años antes había fallecido el padre de Javier.

Pocas veces alguien con una relevancia pública como la de Maragall reconoce tener una enfermedad tan incapacitante e invalidante  como lo es el alzhéimer. Y en muchas menos se presta para dejar testimonio de la vivencia y de la cruzada que emprende junto a sus familiares y amigos, para retrasar al máximo posible las brutales consecuencias de una de las enfermedades del S.XXI. 

Puede que Pascual Maragall no fuera santo de devoción de muchos. Puede que políticamente no fuera brillante. Se le pueden encontrar todos los peros del mundo, pero hay un hecho cierto y es que  protagonizando el documental de Carlos Bosch (que durante dos años se convirtió en la sombra de Maragall para reflejar en la pantalla la batalla emprendida por el ex – alcalde y su familia contra la enfermedad),  ha dado un paso al frente y nos lo coloca en la esfera de los que han hecho de la necesidad virtud. Un ejemplo positivo para muchos y la visibilización de una enfemedad terrible. El desvanecimiento del recuerdo, del conocimiento, de la esencia del ser.

Debo reconocer que me he resistido durante mucho tiempo a ver esta cinta. Aún me queman algunas cuestiones vividas, pero hoy, mientras buscaba algunos DVDs, no he podido resistirme más y he comprado una copia de “Bicicleta, cuchara, manzana”.  Mientras la colocaba entre los libros y películas que me llevaba a casa, me he acordado de Javier, de la cantidad de veces que tapamos los espejos de su casa, de la cantidad de veces que tuvimos que guardar bajo llave los frascos de gel del baño, de la de veces que sono el teléfono por pura desesperación y de las veces que le vi llorar mientras su padre le confundía con su propio padre.

Y debe ser que tengo el cuerpo jota, que ha sido verla y enmudecer. Algunos pensaran que no hay para tanto, ya digo yo que no, pero algunos días son así.