domingo, 24 de julio de 2011

KEITH JARRETT, AMY WINEHOUSE Y UN DESASTRE PERSONAL


Tenía en la cabeza dejar cuatro notas sobre el concierto de ayer noche. Sobre lo estupendo que es escuchar buen jazz, del mejor, en el incomparable marco de Anfiteatro del Teatre Grec de Montjuic. De lo estupendamente bien que estuvieron  Keith Jarrett, Gary Peacock y Jack DeJohnette y de la velocidad cósmica que alcanzan los momentos más deliciosos de nuestra vida, de lo geniales que son las noches de verano y de lo lejos que están algunas cosas. Pero, después, mientras pensaba en todo ello, cruzó por mi cabeza la idea recurrente de que, por lo general, el mundo se ha vuelto un estercolero, que la muerte de Amy Winehouse nos muestra la locura en la que vivimos, y que lo malo no es que una persona decida autodestruirse,  sino que los que están a su lado, vivan a costa de eso, de la exhibición de esa destrucción.
Pero he sufrido un percance feroz. El disco duro donde guardaba más de 3.200 fotografías, sin que aún comprenda cómo ha podido pasar, se ha precipitado desde la estantería en la que reposaba hasta el suelo. Metro y medio de distancia que ha puesto fin a una infinidad de recuerdos.  Así que no tengo el cuerpo para nada. Se me ha quedado temblón después de que la mala fortuna me haya arrancado, con un golpe seco, la mitad de las geografías de mi vida.
Por eso, ni Keith Jarrett, ni las noches de verano, ni la muerte de Amy Winehouse, nada de todo eso, va a conseguir borrarme la cara de aturdimiento con la que me paseo por casa desde hace casi tres horas.
Ahora, tras el desastre, sólo me queda acudir a la memoria para reconstruir las miles de imágenes perdidas y esperar, si algo que hay que esperar, que mi memoria sea fiel, que no deforme más allá de lo imprescindible y que Amy Winehouse encontrara lo que buscara, si algo buscó.
Un auténtico disloque.
© Fotografía naq