martes, 12 de julio de 2011

FILIAS QUE REPUNTAN


Entiendo de muy pocas cosas. Cada vez de menos. He cruzado la frontera de la vanidad juvenil que me empujaba a poner de manifiesto mi conocimiento sobre algunas cosas. Por eso, ahora campo a mis anchas sabiendo que cada vez sé menos, que nunca comprenderé algunas cosas y que otros son infinitamente más sabios que yo. No es modestia, no lo soy. Simplemente sé que es así. 

A estas alturas sólo puedo decir lo que me gusta, me apasiona, lo que me disgusta o incluso lo que detesto. En ocasiones, ni siquiera puedo precisar cuáles son las razones, los motivos por los que algo me agrada o me desagrada. Sólo sé que es así, precisamente así, de esa manera sin necesidad de convencer a nadie.
Lo mismo me ocurre con las charlas. Con el tiempo me gusta más escuchar que hablar. Disfruto escuchando a los que sin altanería ni petulancia comparten conmigo aquellas cosas de las que saben. Con eso me basta. 

Hace muchos años, un encuentro absolutamente casual, sin trascendencia para otros, pero sí para mí, hizo que cayera en el embrujo de la pintura de Antonio López. El romance dura ya muchos años. Sin embargo, no puedo precisar donde reside la excelencia del pintor. Y sé, porque he leído mucho sobre él, lo que los demás opinan, y podría hacerme la interesante y calcar, plagiar, la opinión de otros y hacer que pareciera mía, pero no me interesa. 
Así, que me resigno a no poder explicar el porqué de esta incondicional adhesión. Simplemente es.

En los próximos días tengo una cita con Antonio López, él no lo sabe, pero yo sí. Así, sin más. Es lo que tienen los años, le permiten a una hacer lo que se la envaine, sin más motivo que el gusto de darse un gusto y sin necesidad de explicaciones pretenciosas; admirando a los que saben, porque no puede ser de otra manera; aunque para ello haya que recorrer cientos de kilómetros.


No dejen de ver "El sol del membrillo", un documental rodado por Victor Erice sobre el proceso creativo de Antonio López García. No les defraudará. Disfrútenlo.