martes, 26 de julio de 2011

SIGLO XXXV



Me apetecía tomar un poco el aire y alejarme, por un par de horas, de las montañas de papel, de las obligaciones que no terminan nunca y me apetecía, sobre todo, que dejara de jugar, que se sentara conmigo para compartir los dos únicos vicios confesables que conservamos en estos momentos (el café y el tabaco) y charláramos de lo suyo y de lo mío, de cómo le va, de cómo me va. Pero para ese encuentro intergaláctico deberíamos esperar hasta el siglo XXXV por lo menos. La falta de tiempo. Pero catorce siglos son demasiados siglos para esperar incluso para lo que parece eterno. Nada resiste tanto tiempo. Por eso, porque la evidencia me mata, me escapo en busca de alivios más mundanos.


Me acerco al Palau Robert donde hay una exposición sobre Sándor Márai. Parada frente a la verja pienso que Márai es suyo. Pero aún así entro, sabiendo que Márai no es mío y que siendo suyo, hacerlo mío, así, a traición, es jugar a hacer trampas una vez más. 

Me paseo por las salas vacías  mientras escucho a los Cowboy Junkies. Una combinación extraña, como muchas otras, como mezclar el agua con el aceite, los perros con los gatos. Lo suyo es así, lo mío también. Puede que en el siglo XXXV todo sea más sencillo. Puede que entonces llueva azul, que podamos hablar de lo suyo, de lo mío y de cómo nos va. Que Márai siga siendo suyo mientras los Cowboy Junkies siguen siendo míos y que nos los prestemos, que los intercambiemos así, sin más.


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"Siempre quería otra cosa. Siempre quería ir a otro sitio. Yo pensaba que esa perenne insatisfacción era su reacción al miedo y la confusión. Pero poco a poco fui comprendiendo que lo dulce nunca era bastante dulce para ella ni lo salado lo bastante salado, y que de pronto podí apartar bruscamente un exquisito plato de pollo que el chef del excelente restaurante había asado a la parrilla con maestría y decir en voz muy baja, pero con decisión: “no está bueno. Quiero otra cosa.” Y la nata no estaba bien montada, y el café no era lo bastante fuerte nunca, en ningún sitio.
Yo creía que simplemente era caprichosa. Miralá, me dije. Y la observaba. Incluso me divertía con sus caprichos.

Pero luego comprendí que su capricho brotaba de un pozo tan profundo que yo no podía llegar a ver el fondo. Era el pozo de la pobreza. Judit estaba luchando contra sus recuerdos. A veces me conmovía ver cuánto se esforzaba por ser más fuerte que sus recuerdos y reprimirlos con una disciplina ferréa. Pero algo se había desbordado en su alma al derrumabrse las presas que se alzaban entre su pobreza y el mundo.

Ella no quería algo mejor o más brillante de lo que yo le ofrecía: ella quería “otra” cosa…¿Entiendes? Como el enfermo grave, que piensa que en la otra habitación se sentirá mejor o que en algún lado hay un médico que sabe más que el que lo trata, o un medicamento más eficaz que los que ha tomado hasta el momento. Quería otra cosa, algo diferente. Y a veces se disculpaba por ello.. No decía nada, sólo me miraba, y ésos eran los momentos en que yo de verdad sentía más cerca de mi su orgullosa y ofendida alma: me miraba casi con impotencia, como si supiera que no podía hacer nada porque su pobreza y sus recuerdos eran más fuertes que ella. Y luego sonaba con fuerza un grito en su interior que superaba la muda súplica que se leía en su cara. Aquella voz interior pedía otra cosa. Y desde la primera noche.

¿Que quería? La venganza. Todo. ¿Como quería conseguirlo? Ni ella misma lo sabía".


-La Mujer justa- Sándor Márai