miércoles, 13 de julio de 2011

COSAS VEREDES


A finales de la semana pasada recibí una llamada del que durante años consideré el "hombre de mi vida". Y he dicho “consideré” porque, al cabo de otros tantos, me di cuenta que “el hombre de tu vida” no es uno, sino que, como la Santísima Trinidad, puede ser uno, dos, tres, casi siempre todos ellos a la vez.

El hombre en cuestión, al que llamaré Alfa, me llamaba para invitarme a comer, charlar de algunas cosas y que, de paso, le pusiera al día de las novedades de mi vida que, según dijo, le constaban a través de otro.

Debo confesar que, como el que tuvo retuvo, Alfa provocó en mí una alegría que excedía lo discreto, retrocedí en el discurso y me dije que tal vez sí que existía el "único hombre de tu vida". Hacía algún tiempo había visto un reportaje en el que aparecía con el mismo porte de antaño, con un poco menos de pelo, pero igual de “cañón” que entonces.  

Acepté la invitación, no de inmediato, tarde dos minutos y medio, no fuera a ser que se me notara el ansia. Así que el día X, a la hora H, con más nervios que un chuleton de Minessota me presenté en la dirección que Alfa me había indicado.

Una villa en las afueras de la ciudad, un lugar discreto, delicioso. Ideal. Eso sólo podía ser una señal. El retorno de Alfa a mi vida no podría ser una casualidad. Finalmente, los años me daban la razón y aquel que consideré “El hombre de mi vida”, volvía al redil con la calma, la serenidad y el buen gusto que una segunda parte demanda.

Mientras esperaba sentada en unos confortables silloncitos de cuero, repasé el rouge de mis labios. No pasaron más de un par de minutos cuando un camarero, vestido con librea, me acompañó al comedor. Unos metros de tensa alegría, de mariposas en caída libre en mi delicado estómago (no en vano llevaba tres días sin comer para poder embutirme en el maravilloso vestido que había llevado en nuestra última cita. Lo vintage no muere nunca). Crucé el comedor con un ligero contoneo de caderas, haciendo bailar la melena cuando, sin anestesia, descubrí que junto a Alfa, cogido de la mano, como un perfecto enamorado, se encontraba el que en su día fue el segundo “hombre de mi vida”. 

Debo decir que sobrellevé la comida con mucha dignidad. Sólo en los postres flaqueé, pero es que a ver quien tiene tino parar beber sin atragantarse que los “dos hombres de tu vida” te pidan, como dos dulces princesas, que les amadrines pues, a fin de cuentas, sin tí nunca se habrían conocido.