domingo, 5 de mayo de 2013

CUANDO LOS GATOS CALZAN BOTAS


Aprendió que la mejor manera de sortear lo que le costaba digerir era no prestarle atención. Mirar sin ver, oir sin escuchar.  De esa manera descubrió que, más allá de su ventana, el mundo era pardo, que las palabras se las lleva el viento, que a veces hay tres sin dos, que los adioses no dichos tienen la consistencia del latón pero el peso de la forja, y que a veces, los días de lluvia, los gatos calzan botas.

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"La paradoja de la fraudulencia consistía en que cuanto más tiempo y esfuerzo invertías en resultar impresionante o atractivo a los demás, menos impresionante o atractivo te sentías por dentro: eras un fraude. Y cuanto más fraude te sentías, más te esforzabas en transmitir una imagen impresionante o agradable de ti mismo para que los demás no descubrieran a la persona vacía y fraudulenta que realmente eras. Por lógica, lo normal sería pensar que en cuanto una persona supuestamente inteligente de diecinueve años fuera consciente de esta paradoja, dejaría de ser un fraude y se conformaría con ser él mismo (fuera lo que fuese) porque se daría cuenta de que ser un fraude era una regresión infinita y viciosa que al final solo conducía a estar asustado, solitario, alienado, etcétera. Pero esta era la otra paradoja, de orden superior, que ni siquiera tenía forma o nombre: yo no lo hacía, no podía hacerlo".

David Foster Wallace