martes, 7 de mayo de 2013

BLANDITOS & THE HORREUR




Me repelen las cosas blandas, las excesivamente blandas sobre todo. Podría ilustrarlo con una cita pedante y así, como el que no quiere la cosa, esa manía que arrastro desde que casi muero atragantada por un flan, quedar como algo de alguien extravagante. Pero no, la realidad es así de sencilla, un blandengue pastiche de vainilla y huevo casi acaba conmigo cuando apenas levantaba un palmo del suelo.


Aun no sé en que momento esa manía pasó de ser una aversión a los flanes y de ahí, como si de una especie de salto mortal con tirabuzón se tratara, a una completa imposibilidad para tratar con personas “blanditas”. Y cuando hablo de blanditas no me refiero a esa lorcita que nos sobresale a todos por encima de la cinturilla del pantalón (sí, a mí también ¡Válgame Dios! un mito que se defenestra él sólo), sino a esa espécimen de ser humano que da la mano y parece que se va a quedar desmayada en la tuya de lo lacia que te la da. No, los “blanditos” no me gustan y no son de fiar, como tampoco lo son esos flanes traicioneros que a la que descuidas se te atragantan para dejarte de un estridente azul eléctrico y eso sí que no. Otra manía, la aversión definitiva al azul eléctrico.

Y es que una es más de galletas y de azul marino. Cosas mías, ya saben. 




Fotografía: La receta de la felicidad