domingo, 28 de abril de 2013

A DIEZ MIL KILÓMETROS DE AQUÍ




El diez es un número circular. Una cifra demasiado próxima a lo escaso, a lo pequeño, demasiado lejana aún para lo que se convertirá en enorme. Las primeras dos cifras para cualquier cosa.

Me veo las puntas de los dedos de los pies mientras balanceo la pierna. Empiezo a pensar que debería cambiar esta mesa de cristal. Me pinto las uñas de color visón, abanico el aire con la mano para que se sequen y así, casi de inmediato, con el esmalte aún blando, mojo un poco de algodón en acetona y hago desaparece pinceladas de vanidad.


Ayer murió mi padre, ayer pero de hace diez años. Fue un sábado, también. 

   —¿Háblame de los muertos? —Dice Dalhman desde su almohadón, pero yo no quiero hablar de muertos, no quiero hablar de nada. Pienso en que aquel sábado hacía un sol radiante y que hoy, diez años más tarde, el cielo ha reventado en cascada y el agua se acumula sobre el asfalto. 

A más de mil kilómetros de aquí, el mar bate unas olas gigantes. Sus manos reposan sobre la mesa después de remover una taza de café que sabe a veneno y que, sin embargo, bebe para no sentirse un completo idiota. 


Nadie nos avisó del mal que produce la nostalgia, de la tristeza de las palabras engullidas y no dichas, de la transformación que sufre el rojo muscular hasta convertirse en gris ceniza, del poder del mar y de la sal, del paso del tiempo y de que nada permanece intacto para siempre, ni siquiera el recuerdo. Cuando no tienes nada que dar, nada debes ofrecer. El consuelo del momento se vuelve amargo con el tiempo.


Pero la vida continúa. Pese a todo, pese a todos.